CARAS DE LA ESTACIÓN CONSTITUCIÓN


Una parte del gran edificio remite a la Francia renacentista. La otra es más moderna.


Hall central. Con su bóveda y sus clásicos ventanales; los arquitectos se habrían inspirado en las salas de baños termales de la antigua Roma.
Por Eduardo Parise

Si uno lo mira desde la plaza, en el frente que da a la calle Brasil, se parece al castillo de Maisons Laffitte, de Francia. Y algo de eso hay porque se dice que, para su diseño, los arquitectos ingleses Samuel Parr, James Strong y John Edweston Parr (hijo de Samuel) se inspiraron en aquel edificio neo renacentista. Pero si uno hace unos metros y lo ve desde la calle Hornos, todo es diferente. Allí la imagen que pensaron el inglés Paul Bell Chambers y el estadounidense Louis Newbery Thomas tiene una propuesta mucho más moderna. El edificio con esas dos caras es el de la imponente estación Constitución, uno de los centros ferroviarios clave de la Ciudad y pieza histórica de una Buenos Aires que entonces tenía y mostraba riqueza, al menos para construir esas obras.
En 1865 hubo una primera estación. La habían diseñado los ingenieros Petto y Betts y se había construido con materiales traídos de Inglaterra por la empresa dueña del Ferrocarril del Sud. Estaba frente al viejo Mercado del Sur, ése que cada año recibía a miles de carretas que llevaban al puerto la lana y los cueros que llegaban en los trenes y se despachaban hacia Europa.
Pero como pronto quedó chica, aquella construcción se cambió en 1885 por la que pensaron los Parr junto con Strong. El resultado es ese edificio de estilo académico francés (es decir: que guarda simetrías) con cúpulas y mansardas cubiertas con tejas de pizarra, de gran resistencia.
Apenas cuatro años más tarde hubo reformas. Pero el continuo crecimiento del volumen de cargas y pasajeros llevó a que hacia principios del siglo XX la estación volviera a resultar insuficiente. Así es que antes del final de la primera década se genera un nuevo proyecto, el de Bell Chambers y Newbery Thomas. La idea era un gran rectángulo, con un imponente hall central cubierto por una importante bóveda de cañón corrido con más de 90 metros de largo y casi 40 de altura, sostenida por arcos de acero unidos con losas de cemento.
Para aprovechar la luz natural, en cada extremo (sobre Hornos y sobre Lima) y en los laterales tendría grandes ventanales. Cuentan que la idea se tomó de las antiguas salas de los baños termales de la vieja Roma. Hoy, ese hall y esa bóveda son uno de los espacios públicos más grandes de Buenos Aires.
En septiembre de 1925 se puso la piedra fundamental y se empezó la construcción. Pero el crack financiero mundial de 1929 dejó trunca la obra. Sólo se hizo el gran hall y los laterales. Y la parte del viejo edificio que sería demolida quedó sobre la calle Brasil. Por eso la estación muestra esas dos caras mencionadas al principio. Allí, en la construcción que conserva un gran reloj, aún se mantiene un símbolo de lo que significaba el ferrocarril a finales del siglo XIX: una gran rueda con dos alas; la conjunción de velocidad y movimiento.
La estación Constitución es buen reflejo de un Buenos Aires diferente y ostentoso, de los tiempos en que era “La París de América”. Claro que no sólo tiene edificios para mostrar. También hay monumentos como los que evocan a dos figuras importantes de nuestro pasado. Ambos están en la vecina plaza que lleva el mismo nombre de la estación. Se trata de Juan Bautista Alberdi (un tucumano que fue inspirador de la Constitución Nacional y uno de los más grandes pensadores de la Argentina) y de Juan José Castelli, aquel abogado conocido como “el orador de la Revolución de Mayo” que no sólo lideró ejércitos libertadores sino que también reclutó militantes para la causa patriota. A él lo abatió un cáncer de lengua en octubre de 1812.
Alberdi y Castelli tienen sus monumentos allí. Pero esa es otra historia.

Fuente: clarin.com

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