LA REBELDE DE LOS ANCHORENA



La rebelde de los Anchorena

Por LAURA RAMOS

Los niños llegaron al Plaza Hotel envueltos en pañoletas ajenas, sin medias, con zapatos desparejos y el pelo húmedo, pero los porteros de librea que los transportaron en brazos desde el taxímetro hasta el hall con artesonados de oro no los confundieron con los damnificados por catástrofes que a veces salían en los diarios. Al reconocer a su vecinita, el barman jamaiquino le dijo: “¡Vea, niñita, lo que les ha pasado!”. En la chacra de Merlo, cuando comenzó la inundación, la nodriza, una niñera y la sobrina del ama de llaves los habían cubierto con frazadas, iluminados por el farol que sostenía un peón. El agua subió un metro adentro de la casa, y a la de Buenos Aires no podían ir porque estaba en refacción.
Las memorias de María Rosa Oliver, para quien San Martín era el “tío Pepe, un ordinario que hablaba como gallego”, descendiente de los Escalada que comían en vajilla de oro y de Petrona Salcedo, sobrina del Virrey Vértiz, escriben una historia doméstica de la oligarquía argentina de comienzos del siglo XX. La descripción de las tres mesas tendidas en las Navidades en su chacra es una anatomía de las clases sociales: la mesa de la familia, cubierta con un mantel de hilo adamascado para catorce personas; la mesa con mantel a cuadros del comedor de los niños donde se sentaban la nurse, la fräulein y el ama de llaves y la mesa ruidosa de gritos, discusiones y risotadas de los peones y el resto del personal. En la mesa principal se comía pavo relleno de castañas o de marrón glasé, paté de perdiz y ostras, panes dulces italianos y unos alemanes, recortados en forma de corazón, de miel y jengibre.
La chacra de setenta hectáreas, cuya función era abastecer de comida a la familia, tenía árboles frutales, palomar, huerta de verdura, caballeriza, tambo, gallinero, invernáculo, un galpón que almacenaba grano y servía de vivienda de los peones. La familia llegaba en tren con niñera, lavandera, planchadora, cocinera, el pinche de cocina, un ama de llaves irlandesa, dos mucamas, un mucamo, la fräulein y la nodriza escocesa y protestante que hacía proselitismo entre los empleados regalándoles ejemplares del Viejo Testamento. Lizzie Caldwell y Lolo, otra de las niñeras, protagonizan, cada una, sendos capítulos de las memorias. Porque la saga de Mundo, mi casa opera como un tratado sobre el incesto y la inmovilidad social en las clases altas argentinas. Lolo descendía de un hijo ilegítimo del tatarabuelo Escalada y de “una negrita que servía en la casa”.
La otra mitad de la chacra era un parque europeo trazado en torno de un lago y rodeado de bosques de acacias, eucaliptos y paraísos donde jugaban los niños cuando no acompañaban a su padre a fumigar hormigas, a quemar nidos de avispas o a buscar escondites de comadrejas. Por la noche eran treinta para cenar cuando llegaban sus tíos tarambanas, unos despilfarradores que jugaban a la taba por 10.000 pesos la tirada o a los naipes con el comisario. Sin inocencia, con intencionalidad política, Oliver cuenta que uno de esos tíos, en una noche de hastío en una de las estancias familiares, hizo prender fuego a la casa pública del pueblo para ver a las pupilas salir desnudas y despavoridas. Ese mismo tío, que se levantaba a las cuatro de la tarde y mandaba buscar el almuerzo al Plaza, llegó a la chacra cierta noche a bordo de un automóvil eléctrico recién traído de Francia. El tío José Antonio la llevó una vez a la Exposición Rural, donde se encontró con un amigo que al verla comentó: “Qué distinta de la madre; es muy morochita”. El tío se rió, pero luego le dijo a ella: “Viste el degenerado ese, te llamó negra”.
En el año 1908 toda la familia hizo un viaje a Europa a bordo del transatlántico Mafalda. Viajaron doce personas en total, incluyendo al ama de leche que amamantaría al bebé de veintiún días que dejó a su bebé propio en Buenos Aires. María Rosa, de diez, se hizo amiga de una chica rubia, hija de un conde italiano, a la cual su padre y su institutriz le ocultaban que la gente muere (Rosita tenía prohibido revelarle la verdad). En París, a la comitiva se agregaron su Renault de siete asientos y un Mercedes, un chofer prusiano y otro criollo, una masajista sueca y dos parientes pobres a las que llamaban “las Clotas”, que desde París compraban los vestidos de Lanvin que las mujeres de la familia encargaban a Europa. En Madrid se alojaron en el mismo hotel que el Rey de España, en Venecia en el Danielis y en París en el Majestic, donde Mademoiselle Mourolin le daba lecciones de francés y de acuarela. El viaje duró dos años.
Unos años después la joven Oliver se convirtió en fundadora de la revista Sur y comunista, una especie de “rebelde de los Anchorena” amiga del Che Guevara que visitó a Mao Tse Tung en China. ( Nota: mi padre, lector devoto de estas memorias, polemiza desde los márgenes con la autora, discute datos, ironiza, dibuja signos de admiración. Cuando ella enumera sus lecturas anglófilas él le dispara: “¿Y no leía a Castelnuovo o a Arlt?” con la letra preciosa, elegante, nerviosa y marxista de su Parker azul.)

Fuente: clarin.com

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