BEETHOVEN,
O EL CORAJE DE COMBATIR EL SUFRIMIENTO CON VIDA Y OBRA

Desde su profundo conocimiento, el director de la Opera de Berlín hace accesible para todos al gran compositor.








En acción. El 1 de enero de 2014 durante el concierto de año nuevo, en el que dirigió a la Orquesta Filarmónica de Viena. / AFP.

Por Daniel Baremboim

Siempre es interesante –y, en ocasiones, hasta importante– tener un profundo conocimiento de la vida de un compositor, pero no es esencial para entender sus trabajos. En el caso de Beethoven, no hay que olvidar que en 1802, el año en que contempló suicidarse –como escribió en una carta que no envió a sus hermanos y que llegó a conocerse como el “Testamento de Heiligenstadt”, también compuso la Segunda Sinfonía, uno de sus trabajos de espíritu más positivo, lo que nos demuestra que es vital separar su música de su biografía personal y no mezclar ambas cosas.
Por lo tanto, no apuntaré aquí a proporcionar un elaborado estudio psicológico de Beethoven el hombre a través de un análisis de sus obras o viceversa. En realidad, si bien el centro de este ensayo será la música de Beethoven, debe entenderse que no se puede explicar la naturaleza del mensaje de la música por medio de palabras. La música significa cosas diferentes para diferentes personas, y a veces hasta cosas diferentes para la misma persona en diferentes momentos de su vida. Podría ser poética, filosófica, sensorial o matemática, pero en todos los casos debe, en mi opinión, relacionarse con el alma del ser humano. De ahí que sea metafísica; pero el medio de expresión es pura y exclusivamente físico: el sonido. Pienso que es precisamente en esa coexistencia permanente del mensaje metafísico a través de medios físicos donde reside la fuerza de la música. Es también la razón por la cual, cuando tratamos de describir música con palabras, todo lo que podemos hacer es articular nuestras reacciones, pero no plasmar la música en sí.
La importancia musical de Beethoven es algo que ha definido sobre todo el carácter revolucionario de sus composiciones. Beethoven liberó la música de las convenciones de armonía y estructura que habían prevalecido hasta ese momento. A veces siento en sus últimos trabajos la voluntad de romper con todos los signos de continuidad. La música es abrupta y aparentemente inconexa, como en el caso de la última sonata para piano (Op. 111). En cuanto a expresión musical, no se sintió limitado por el peso de la convención. Era un librepensador en todo sentido, y un librepensador valiente, y el coraje me resulta una cualidad esencial para la comprensión –y la interpretación– de sus obras.
Esa actitud valiente, de hecho, se convierte en una exigencia para los intérpretes de la música de Beethoven. Sus composiciones exigen al intérprete dar muestras de valor, por ejemplo en el uso de la dinámica. El hábito de Beethoven de subir el volumen con un intenso crescendo y luego seguir de forma abrupta con un pasaje suave (un “súbito piano”) era algo que rara vez habían usado los compositores que lo precedieron. En otras palabras, Beethoven le pide al intérprete que muestre valor, que no tema llegar al borde del precipicio, y lo obliga, por lo tanto, a encontrar la “línea de mayor resistencia”, una frase que acuñó el gran pianista Artur Schnabel.
Beethoven era un hombre profundamente político en el más amplio sentido de la palabra. No le interesaba la política cotidiana, sino las cuestiones de conducta moral y las preguntas mayores sobre cómo el bien y el mal afectan a la sociedad en su conjunto. Especial importancia revestía su opinión sobre la libertad, la cual se relacionaba para él con los derechos y responsabilidades del individuo: defendía las libertades de pensamiento y de expresión.
Beethoven no habría comulgado con el punto de vista tan difundido en la actualidad de la libertad como algo esencialmente económico, necesario para el funcionamiento de la economía de mercado. Un ejemplo bastante reciente de la definición económica de la libertad puede hallarse en “La estrategia de seguridad nacional de los Estados Unidos de América”, un documento que dio a conocer el presidente George W. Bush el 17 de septiembre de 2002, que define la relación de los Estados Unidos con el resto del mundo. Establece que el objetivo de los Estados Unidos, en su condición de país más poderoso del planeta, es “extender los beneficios de la libertad a todo el mundo. Si se puede hacer algo que otros valoran, hay que poder vendérselo. Si otros hacen algo que nosotros valoramos, debemos poder comprárselo. Esa es la verdadera libertad, la libertad de una persona –o de un país– de ganarse la vida.” Con demasiada frecuencia suele considerarse que la música de Beethoven es exclusivamente dramática, que expresa una lucha titánica. En ese sentido, las sinfonías Heroica y Quinta representan sólo un plano de su trabajo. También hay que apreciar, por ejemplo, su Sinfonía Pastoral. Su música es tanto introvertida como extrovertida, y una y otra vez yuxtapone esas cualidades.
La única característica humana que no está presente en su música es la superficialidad. Tampoco puede caracterizársela de tímida o bonita. Al contrario, incluso cuando es íntima, como en el Concierto para Piano Nº 4 y la Sinfonía Pastoral, tiene un elemento de grandeza; y cuando es grande es, al mismo tiempo, intensamente personal. Un ejemplo evidente de ello es la Novena Sinfonía.
En mi opinión, Beethoven pudo alcanzar en su música un perfecto equilibrio entre presión vertical –la presión del dominio de la forma musical del compositor– y el flujo horizontal: siempre combina factores verticales, como armonía, tono, acentos o tempo, todo lo cual se relaciona con un sentido del rigor, con un gran sentido de libertad y fluidez. La cuestión de los extremos y del equilibrio, supongo, debe haber sido en él una preocupación consciente.
Se encuentra una expresión de eso en Fidelio, por ejemplo. La composición contiene un movimiento constante entre polos opuestos: de la luz a la oscuridad, de lo negativo a lo positivo, entre lo que se desarrolla arriba, en la superficie, y lo que transcurre bajo tierra. Así como era incapaz de escribir algo superficial –o sólo lindo– era también incapaz de –o no estaba dispuesto a– escribir nada que representara lo que fuera fundamental y exclusivamente malo. Hasta un personaje como Pizarro, el gobernador de la cárcel en Fidelio, puede entenderse como una personificación de la corrupción y la opresión, pero no de la maldad.
La música de Beethoven tiende a pasar del caos al orden (como en la introducción de la Cuarta Sinfonía), como si el orden fuera un imperativo de la existencia humana. El orden no deriva para él del olvido o la ignorancia de los problemas que acosan nuestra existencia. El orden es un acontecimiento necesario, una mejora que podría llevar al ideal griego de la catarsis. No es casual que la Marcha Fúnebre no sea el último movimiento de la Sinfonía Heroica sino el segundo, de modo tal que el sufrimiento no tenga la última palabra. Podría resumirse buena parte de la obra de Beethoven diciendo que el sufrimiento es inevitable, pero que el coraje de combatirlo hace que la vida valga la pena.


La música como promesa


Por Federico Monjeau








Barenboim es un hombre engañosamente simple, que suele emplear imágenes sencillas para los temas más espinosos. Su señalamiento de que las ocurrencias de suicidio coincidieron en Beethoven con la composición de una obra relativamente placentera como la Segunda sinfonía busca separar de un solo golpe las esferas del hombre y de la obra; detrás de ese sencillo ejemplo está la idea de que la expresión de la música no coincide con la expresión de una psicología individual, de la psicología de tal o cual autor, y que en toda gran música hay una expresión supraindividual. Barenboim califica esa expresión de “metafísica” e intraducible. Nuestro músico está inmerso en una tradición estética que remonta a Schopenhauer, quien postulaba que la música (como la forma de objetivación más elevada de “la voluntad”) era una especie de mundo duplicado. Duplicado y un poco mejorado, agregó un siglo después el filósofo Th. W. Adorno, para quien la música era, en su extraordinaria forma de un lenguaje sin palabras y a la vez tan pleno de sentido, una promesa de felicidad. A esa idea de la música como promesa vuelve en Barenboim sobre el final de este artículo con otro ejemplo de sencillez acerca de la posición de la Marcha fúnebre en la Sinfonía Heroica de Beethoven, de modo que el sufrimiento no tenga la última palabra. La música no dice nada en particular sobre el mundo, pero sin embargo dice mucho en general y puede adquirir la forma de una máxima utopía. Algo de esto seguramente está en la base de esa otra gran utopía artística de Barenboim: su propia orquesta árabe-israelí. Como dijo en una ocasión: “Chinos, europeos, judíos, musulmanes, todos somos iguales frente a la Quinta sinfonía de Beethoven”.


Fuente: clarin.com


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