LLEGA AL PAÍS,
UNA EXPOSICIÓN CON OBRAS DE RAFAEL Y TIZIANO

Forman parte de una muestra que ahora se está exponiendo en el Vaticano.


Cristo resucitado. El cuadro de Tiziano que se verá.
Por Guido Carelli Lynch

Rafael (Sanzio) es junto con Miguel Angel Buonarroti y Leonardo Da Vinci uno de los tres pilares de la pintura italiana del Renacimiento. Por primera vez, una de sus obras visitará la Argentina. No lo hará sola, otras 46 piezas de artistas emblemáticos de los siglos XIV al XIX llegarán al país para exponerse desde 5 de julio hasta el 30 de septiembre, en el Museo Nacional de Arte Decorativo de Buenos Aires.
Tome nota: Tiziano, Carlo Crivelli, Lorenzo Lotto, Sebastiano del Piombo, Guido Reni, Guercino (Giovan Francesco Barbieri), y Rubens, entre otros, coincidirán en la muestra Meraviglie dalle Marche (Maravillas de Las Marcas), que desde el 4 de mayo y hasta este domingo se expone ni más ni menos que en El brazo de Carlo Magno, una sala en el Vaticano.
Pero volvamos a Rafael y su cuadro, la estrella de la muestra.
Santa Caterina di Alessandria proviene de la Galería Nacional de Las Marcas, ubicada en Urbino, el pueblo donde nació el genio renacentista. Es una obra chica, de apenas 49 x 15 centímetros. En el frente se aprecia la imagen de la santa y, en el reverso, una inscripción espejada en mármol. La obra data del 1502–1503, en los inicios del pintor, cuando apenas tenía 20 años y le faltaba 5 para radicarse en la ciudad papal y hacer su serie de frescos. Antonio Paolucci, actual director de los museos vaticanos y ex ministro de Cultura italiano fue quien la compró en un remate en Sotheby´s de Nueva York, en 1990, por “apenas” 600 mil dólares. “Es uno de los éxitos de mi carrera de los que estoy más orgulloso”, escribió Paolucci en el diario L’ Osservatore romano.
Angel Navarro, curador argentino de la muestra, subrayó el valor de Santa Caterina . “A pesar de ser obra de juventud, ya se ve una serie de características de Rafael, los rostros de sus figuras, las sombras suaves, y la arquitectura de la figura humana”, explicó en un diálogo con Clarín .Hay una versión más importante de la misma santa pintada por Rafael en 1508 en la National Gallery de Londres.

Santa Caterina. De Rafael. Frente y reverso.
Del mismo museo de Urbino donde se encuentra la obra de Rafael proviene el óleo sobre tela de Tiziano (1490-1576), la otra gran figura de la exposición. Este Cristo resucitado de 163 x 104 centímetros (pintado entre 1542 y 1544) fue encargado por una congregación religiosa de Las Marcas al pintor veneciano. Por estas cosas Navarro –que señala las obras de altar de casi 4 metros y otras, de seguidores de Caravaggio, que llegarán– no duda en calificar la muestra “como sin precedentes en la Argentina”.
Curiosamente las dos exposiciones –la del Vaticano y la de Buenos Aires– son posibles gracias al cierre de la Pinacoteca pública Francesco Podeti de Ancona, en la capital de la región de Las Marcas. De ese museo cerrado por refacciones proviene buena parte de las obras. La mayoría de las obras que se exhiben en la pinacoteca comunal –como casi todas las muestras en las que participó la productora italiana de Meraviglie dalle Marche , Artifex– son obras de arte sacro. Otros 15 museos de la región del centro-este de Italia aportaron obras para esta muestra itinerante auspiciada también por el fondo privado de inversiones argentino Hope Funds.
Todavía no trascendió el valor de las entradas, pero los organizadores adelantaron que será un precio accesible y habrá descuentos para jubiliados y estudiantes. Traer semejantes obras –aseguradas en 40 millones de euros– costó 600 mil euros, confirmaron, porque hay cosas que el dinero sí puede comprar: a Rafael en la Argentina, por ejemplo.

LA RELACIÓN ENTRE TRES GENIOS

Cuando Rafael nació el 6 de abril de 1483, Leonardo ya tenía 30 años. Sin embargo, el genio de Da Vinci fue una de las razones por las que Sanzio decidió radicarse en Florencia. El “esfumado” de Leonardo aparece en la obra de Rafael, igual que la geometría de sus personajes. Posiblemente se hayan conocido durante la estadía de Leonardo en Roma, entre 1514 y 16, cuando Rafael ya era el pintor más destacado de la corte papal. Con Miguel Angel sólo lo separaban 5 años y conoció algunas de sus máximas obras. De la admiración pasaron a una competencia feroz por los favores y los cargos del Vaticano y la corte de Florencia.

Fuente: clarin.com

DESDE EL ARTE, PIDEN QUE VOTEN LOS PERROS



CHRISTOV-BAKARGIEV. "La producción cultural de la planta de tomate es el tomate", dijo. 

El sábado empieza Documenta, la exposición de arte alemana que marca las últimas tendencias. Como para que nadie olvide la cita, la comisaria de esta edición, Carolyn Christov-Bakargiev, tocó la campana con unas declaraciones: los perros y las plantas deberían votar, dijo. En la idea de que se los discrimina como alguna vez se discriminó a las mujeres. Y de que una colmena también es una obra artística.
Documenta se hace en la ciudad de Kassel desde 1955, cuando arrancó con una muestra de lo que Hitler había llamado “arte degenerado”. Arnold Bode, su fundador, quería llevar el arte a los obreros. Mostró obras de Picasso, de Kandinsky. En 1982, Joseph Beuys plantó 7.000 robles. En 2007, Ai Weiwei llevó 1.001 chinos, como obra. No votaron los perros.
“No hay ninguna diferencia de fondo entre mujeres y perros o entre hombres y perros”, dijo Christov-Bakargiev al diario alemán Süddeutsche Zeitung. “¿El mundo les pertenece menos a los perros que a las mujeres?”.
En un esfuerzo por encarnar el espíritu de ruptura de Documenta, la comisaria dijo que “no es si damos a los perros o a las frutillas el permiso para votar, sino cómo una frutilla puede expresar su voluntad política”. La curadora fue jefa del Museo de Arte Contemporáneo Castello di Rivoli, en Turín, directora artística de la Bienal de Sydney en 2008.
Debemos ampliar nuestra idea de qué es arte, dice. Y apuesta fuerte: “La producción cultural de la planta de tomate es el tomate”. ¿Hay entonces alguna diferencia entre el arte humano y la producción natural de plantas o animales? Christov-Bakargiev no duda: “¡No, absolutamente no!”.


Fuente: clarin.com

LA ACEPTACIÓN O LA RUPTURA DE LA ESCALA

 

La dimensión no es un asunto menor en el arte. De eso se trata una muestra en la que una docena de artistas juega con los sentidos de sus obras, enormes o diminutas, en el espacio.

EN EL LOUVRE,
POLÉMICA POR UNA OBRA QUE DEFECA



El artista belga Wim Delvoye da que hablar con obras como “Cloaca”, una máquina que muestra el mecanismo del aparato digestivo y produce heces.

En el Louvre, entre estucos dorados y obras griegas, acaban de instalar una treintena de trabajos del artista belga Delvoye, quien da que hablar con obras como “Cloaca”, una máquina que muestra el mecanismo del aparato digestivo y produce heces. Claro, se armó la polémica.
Delvoye no sólo expone neumáticos esculpidos a mano, radiografías de fellatios amorosas estampadas en vidrios y cerditos de poliestireno. Además, una flecha de acero de 13 metros de altura, cortada al láser con forma fálica y llamada “Supositorio”, ocupa la célebre pirámide de vidrio del museo.
"¿El museo más grande del mundo”, dice el diario Le Parisien, olvidando la existencia del Smithsonian de Washington, y sigue preguntando: “se cansó de su belleza clásica, de las hordas de visitantes que no tienen ojos más que para la Gioconda, al punto de querer sorprender a los turistas?”.
El público está dividido: para los que cuestionan la muestra, el Louvre debe “seguir dedicado al pasado”. En tanto, otros se entusiasman con las novedades.
Henri Loyrette, presidente del Louvre, precisó que el arte contemporáneo en realidad entró a formar parte del museo parisino en 1989, con la construcción de la pirámide de vidrio del arquitecto chino Ieoh Ming Pei. Para la curadora de esta muestra, Marie-Laure Bernadac, “la idea es hacer dialogar pasado y presente”.
“Hoy el arte antiguo se pone de rodillas frente al contemporáneo. Es el mundo que funciona al revés. Hay una desproporción increíble –dijo Delvoye– entre el interés por el arte antiguo y el contemporáneo. Una bella pintura del siglo XVII a menudo cuesta menos que una obra contemporánea”.
Según el artista “ya no se puede esculpir un David como Miguel Angel, porque se volvió naif. “Cloaca” es lo que más se aproxima a un David de nuestro tiempo”.

Fuente: Revista Ñ Clarín

LAS TORRES DE MIHANOVICH



SECRETA BUENOS AIRES

Mirador. La Torre Mihanovich de Arroyo al 800, hoy Hotel Sofitel.
Por Eduardo Parise 

Por la fuerza que tuvieron las corrientes de inmigrantes en el país y en la Ciudad, alguna vez se dijo que los argentinos “descendemos de los barcos”. Sin olvidar el gran aporte de los pueblos originarios, se puede decir que eso tiene mucho de real. Recorrer la lista de apellidos en cualquier lugar de la Argentina sirve de muestra. Claro que algunos que resaltan más que otros porque salieron del anonimato. Entre ellos, el de un hombre que había nacido en el entonces Imperio Austrohúngaro (actual Croacia) en 1828 y murió en Buenos Aires en 1929. Se llamó Nikola Mihanovic, pero se lo conoce como Nicolás Mihanovich.
Y si de barcos se trata, se puede decir que Mihanovich fue un pionero. Había llegado al Río de la Plata en 1860 como tripulante de un navío inglés. Una década más tarde, y cuando como todo inmigrante ya pensaba en volver a su tierra (había hecho fortuna con el transporte fluvial en el Litoral argentino), un compatriota lo convenció para que se quedara en Buenos Aires. No sólo se convirtió en un importante empresario naviero (hacia 1910 su empresa llegó a tener 350 naves, entre barcos de pasajeros, remolcadores, lanchas y cargueros), sino que también su nombre dejaría impronta en la arquitectura de la Ciudad.
La primera construcción que llevó su nombre está en Juan Domingo Perón, en la vereda sur que abarca desde la avenida Leandro Alem hasta la calle 25 de Mayo, en el Bajo. La parte que más se destaca es la que mira hacia Puerto Madero, donde una torre-faro todavía llama la atención en ese paisaje urbano tan rico. Con un estilo ecléctico, el edificio tiene diez pisos y una superficie de 9.000 metros cuadrados. Fue terminado en 1912 y su diseño estuvo a cargo del arquitecto José Marcovich. La construcción la realizó la empresa Bonneu Ibero, Parodi y Figini. Allí estuvo la sede de la Compañía Argentina de Navegación “Nicolás Mihanovich” Limitada.
La otra obra que soñó Mihanovich fue inaugurada en 1929, cuando el empresario ya había muerto. Está en Retiro (Arroyo 841) y desde 2002 allí funciona el Hotel Sofitel de Buenos Aires. Mihanovich encargó su construcción en 1925. Su intención era tener un rascacielos que sirviera como edificio de renta. Aspiraba a que fuera el más alto del Buenos Aires de entonces, para superar al Barolo de la Avenida de Mayo. Y aunque la torre principal tiene 80 metros, quedó como segundo, porque no lo autorizaron a superar esa altura.
El imponente edificio tiene tres sectores: dos torres de siete plantas y la gran torre de 20 pisos, rematada con un mirador y un faro. Dicen que el empresario lo había pensado así, como un símbolo y para que fuera lo primero que vieran los pasajeros que llegaban en sus barcos. Cuentan que su diseño se asemeja al del histórico Mausoleo de Halicarnaso, una monumental tumba hecha en mármol blanco, que fue una de las Siete Maravillas del Mundo Antiguo.
El diseño de la construcción en Retiro estuvo a cargo del estudio de arquitectura formado por Héctor Calvo (1890-1936), Arnold Jacobs (1892-1974) y Rafael Giménez (1891-1947), que tuvo una importante producción entre las décadas de 1920 y 1940. Sus trabajos, en especial los realizados en Buenos Aires, todavía se lucen en distintos barrios porteños. Entre ellos se destaca su colaboración en el diseño de la impactante sede central del Automóvil Club Argentino (en Del Libertador y Tagle) o en el magnífico Edificio Comega, (en Leandro Alem y Corrientes), el primer rascacielos de la ciudad construido totalmente en hormigón. Mide 88 metros y también fue el primero en tener aquí ascensores rápidos.
Pero esa es otra historia.

Fuente: clarin.com

"DIVERTIRSE ES LA PASIÓN UNIVERSAL",
SOSTUVO MARIO VARGAS LLOSA



¿Internet nos arrastra hacia una decadencia cultural? En su más reciente libro, el Premio Nobel de Literatura reflexiona sobre las paradojas de la libertad, el enfriamiento del sexo, la corrupción política, las novelas y el periodismo light.

"Divertirse es la pasión universal", sostuvo Mario Vargas Llosa
Foto Nicolás Stulberg



Por José Loschi / jloschi@infobae.com

Luego de haber recibido el premio nobel de literatura en 2010, Mario Vargas Llosa está de vuelta en las librerías con un nuevo libro de ensayos. La civilización del espectáculo es el resultado de años de reflexión acerca de los acontecimientos culturales de las últimas décadas y fue tomando forma en sus columnas para el diario El País de España, probablemente renovando su interés por publicarlo para conjurar la repentina fama mundial que lo puso, al menos por unos momentos, en el mismo nivel que las figuras de la farándula.
Sin temor a enfrentar las opiniones políticamente correctas, Vargas Llosa examina la pérdida de formas en los diferentes ámbitos de la cultura y se anima a dar sus propias impresiones: el fútbol y las barras bravas, el consumo de drogas, los juegos sexuales, la proliferación de iglesias y sectas, el fundamentalismo religioso, la desaparición de la crítica intelectual y su relevo por la publicidad y la moda, las estrellas de cine y del rock como agentes de la opinión pública, la banalización de la política, el periodismo sensacionalista, el cine de efectos especiales, el mercado del arte y la piratería, etc.
¿Cuál es la civilización del espectáculo?, se pregunta el lector. “La de un mundo donde el primer lugar en la tabla de valores vigente lo ocupa el entretenimiento, y donde divertirse, escapar del aburrimiento, es la pasión universal”, responde el autor de La ciudad y los perros. Esta nace con la pantalla y para entretenerse no es necesaria formación ni especialización alguna. “Ahora todos somos cultos de alguna manera, aunque no hayamos leído nunca un libro, ni visitado una exposición de pintura, escuchado un concierto, ni adquirido algunas nociones básicas de los conocimientos humanísticos, científicos y tecnológicos del mundo en que vivimos”, ironiza Vargas Llosa. 
Como el mismo escritor reconoce, el tema de La civilización del espectáculo no es tan novedoso. Ya hace más de medio siglo Umberto Eco popularizó la reflexión sobre el nuevo fenómeno de la cultura de masas con la publicación de su libro Apocalípticos e integrados (1964). Desde entonces las transformaciones culturales y tecnológicas dieron un salto importante en nuestra vida moderna. Sin embargo, el consagrado novelista no investiga tanto dichos fenómenos sino que se detiene a pensar en el significado moral de este cambio y en las consecuencias que la nueva cultura global tiene para el hombre ilustrado o para quien aspira a serlo, así como para una sociedad que aún privilegia los valores humanos.
El libro remite en su título a la desencantada obra del situacionista francés Guy Debord, La sociedad del espectáculo, plasmada en celuloide y papel a fines de los 60. Aunque el análisis del pensador galo partía desde un ángulo muy distinto, llegando a conclusiones también distintas, ambos autores extienden una mirada apocalíptica, en el sentido en que definió Eco a quienes no ven con tan buenos ojos los alcances de la cultura de masas. A lo largo de sus páginas, Vargas Llosa no oculta el lamento por el borramiento de los límites entre la alta cultura y la llamada cultura popular, que él prefiere entender como incultura.
Ante una sociedad en la cual “lo que se espera de los artistas no es el talento ni la destreza sino la pose y el escándalo”, el premio nobel se plantea una pregunta que hoy es difícil responder (en realidad, hoy y en cualquier tiempo): ¿cómo distinguir el talento artístico? Ya no hay un sistema de valores claro que nos permita juzgar qué es bueno y qué es malo, “todo arte puede ser bello o feo, pero no hay manera de saberlo. Hoy todo puede ser excelente o execrable según el gusto del cliente”. El mercado es en la actualidad el que dicta su valor de acuerdo al precio. La cultura tradicional pretendía trascender el tiempo presente, durar, mientras que los productos culturales de hoy son fabricados para ser consumidos al instante.
Rastreando los orígenes de esta civilización del espectáculo, el autor tropieza con una paradoja que da que pensar. El bienestar posterior a la Segunda Guerra Mundial trajo consigo libertades sociales, económicas y sexuales que parecen haber asestado un golpe final a la tradición humanística cuyo producto máximo era justamente la libertad. La democratización de la cultura resultó en una trivialización de sus contenidos; la permisividad en las escuelas, en una crisis de la enseñanza; la liberación sexual, en un enfriamiento del sexo. Al mismo tiempo, la especialización en todas las áreas del conocimiento ha llevado a una parcelación del saber, que ahora es custodiado por expertos y es de difícil acceso para el común de los mortales, por lo que, a pesar de los avances científicos y tecnológicos, hoy se ha hecho posible que la gente tenga una cultura menos sólida que ayer. La sociedad en que vivimos, lejos de ser individualista, es, según Vargas Llosa, un obstáculo para el desarrollo de individuos independientes y el cultivo de las formas que dan orientación y sentido al conocimiento.
De todas maneras, cabe preguntarse si necesariamente estamos ante una decadencia de la cultura. El oficio de novelista se encuentra desde ya ante una difícil situación.
“Nadie a mi alrededor cree ya que la literatura sirva de gran cosa, salvo para no aburrirse demasiado en el autobús o en el metro, y para que, adaptadas al cine o a la televisión, las ficciones literarias se vuelvan televisivas o cinematográficas. Para sobrevivir, la literatura se ha tornado light”, confiesa el hombre de letras. Pero, ¿qué pasa con fenómenos como las nuevas series norteamericanas, entre cuyos productos se cuenta The Wire, a la cual el escritor peruano comparó recientemente con las grandes novelas decimonónicas (que, por cierto, eran leídas como entretenimiento o género popular)?
La noción de cultura va cambiando a lo largo del tiempo, y en tanto parece definitivo que ya no es posible escribir hoy una gran novela como los clásicos del siglo XIX, quizás haya que esperar que las renovaciones provengan de otros lados. La obra mayor de nuestras letras, el Quijote, fue considerada en su aparición como perteneciente a un género secundario. Asimismo, recordemos que Vargas Llosa fue una de las figuras más importantes en nuestro continente en disolver, en novelas como Conversación en la catedral, los límites entre alta y baja cultura, integrando el lenguaje y las formas de la cultura popular dentro de la literatura, como también lo había hecho James Joyce en lengua inglesa hace casi un siglo.

Fuente: infobae.com

HISTORIA DE LA PLAZA DE TOROS DEL RETIRO






La primera corrida que tuvo lugar en nuestra ciudad se realizó en 1609 en la Plaza Mayor, donde se siguieron levantando las construcciones para tal fin. Pero la envergadura y asiduidad de esos espectáculos determinó que se levantaran dos ruedos especiales para ello, en la Plaza de Montserrat y en la del Retiro, abarcando el período 1790-1819. Los días de funciones eran de excitación general y de mucho movimiento en la ciudad. La concurrencia era inmensa, populachera, distinguiéndose a los negros, chinos, zambos, mulatos, criollos y godos, civiles, curas y militares, todos juntos disfrutando de la fiesta.

Las corridas eran el espectáculo más popular de la ciudad de Buenos Aires junto a las riñas de gallos, los bailes o las carreras de caballos en los suburbios hasta que fueron prohibidas en 1819.
Las corridas de toros, como en toda la América española, estuvieron presentes en la mayor parte de las festividades públicas y para asistir a ellas se congregaba público entusiasta y de todas calidades. 
La primer corrida que se tenga noticias data del año 1609 en la Plaza Mayor, actualmente Plaza de Mayo. Se cerraba la Plaza a tales fines y, mientras se celebraban en la arena los combates, en los balcones del Cabildo y otros sitios preferidos pugnaban las autoridades por precederse en los lugares de honor. Se la vallaba con carretas y barreras de madera. Luego se pusieron andamios que los alquilaban al público. Generalmente los gobernadores o virreyes se acomodaban en balcones del Cabildo para ver los espectáculos. Allí se proyectó tener un lugar fijo para esos fines y se programó hacer esas corridas en un lugar establecido.

HUECO DE MONTSERRAT O CIRCO DE MONTSERRAT

Con el propósito de levantar un circo aunque para corridas de menos jerarquía, de sólo novilladas, el maestro carpintero Raimundo Mariño presentó en 1790 el proyecto de construir una plaza de Toros en terrenos baldíos del  "Hueco de Montserrat" que posteriormente una parte de ellos formaron la plaza Moreno, en la actualidad absorbida por la Av. 9 de Julio. Huecos se llamaba a los predios sin edificación. Ese baldío había sido adquirido por varios vecinos en el año 1781 con el propósito que alli se estableciera una plaza que sirviera de Mercado.
Esa plaza contaba con capacidad para dos mil espectadores y comenzó a funcionar a principios de 1791. Se dispuso la construcción de burladeros para seguridad de los que bajaran a la arena y podían alquilarse palcos por dos reales y por la mitad, gradas y tendidos. Las reuniones se hacían los días lunes y feriados de un solo precepto, quedando vedados los meses de enero y febrero para no apartar a las gentes de los trabajos de la siega. Un callejón entre las casas de Lezica, Las Heras, Piñero y Lorea, de la calle Montserrat a la plaza, hacía de toril. La prosperidad que se prometían los vecinos al construir la plaza de toros, se había desvanecido por la desvalorización del barrio.

La primera corrida formal:

 Se realizó en 1793, mientras que las oficiales y las de los domingos se seguían haciendo en la Plaza Mayor. No todas las corridas ostentaban la necesaria fiereza, ni todos los toreros la valentía que requería aquella fiesta brava. 
Un informante de hace casi dos siglos nos recuerda una realizada el año 1794 que sólo fue prestigiada por la presencia del Virrey don Nicolás Arredondo, que fue quien autorizó la construcción del Circo.
El maderamen del circo crujía por las noches poblando de presagios agoreros el ánimo de los vecinos inmediatos. 
Ocultos en las galerías, infinidad de malhechores atacaban con piedras, para luego despojar a aquéllos que se aventuraban a pasar por allí desde la caída de la tarde. De día los toros y caballos muertos que permanecían en el sitio apestaban el ambiente y las reses bravas escapadas muchas veces provocaban la carrera y el alboroto de los enlazadores. Ya por entonces la calleja que hacía de toril recibía el merecido nombre de "calle del pecado". Pronto la picaresca se extendió también a las casitas fronteras a la plaza, con ventanas como gateras y puertas macizas que se abrían directamente sobre los aposentos, propias para ser habitadas por gente pobre; la que pronto dejó el lugar a otros elementos que nunca pagaron alquiler, concediendo raras veces al dueño la gracia de devolver las llaves a la hora de partir. 
Los vecinos al verse tan perjudicados ofrecían además la suma de quinientos pesos para construir el mercado que pretendía Las Heras en 1781. La petición, formulada por don Matías de Chavarría como apoderado, estaba también firmada por Justo Pastor de Lezica, Martín Joseph de Altolaguirre, Juan Bautista de Mujica, doctor Domingo Antonio de Zapiola, doctor Mariano Medrano y otros vecinos de fuerte influencia. 
Esta precaria construcción subsistió hasta 1799 que el virrey Avilés motivado por las quejas de los vecinos la manda a demoler.
El Virrey dictó un auto el 27 de octubre de 1799, disponiendo que la demolición comenzara el miércoles de ceniza del año venidero. Con el nacimiento del siglo XIX el barrio vio con alivio la desaparición definitiva del circo levantado por Mariño. Se habían cumplido ya 114 corridas que dejaron 5.700 pesos para los contratistas y 7.296 para la obra del empedrado. 
Montserrat restañó dificultosamente las heridas infligidas por el circo en su tranquilidad y progreso, y se aplicó a la construcción de la plaza prevista para mercado mientras la gente de mal vivir se marchaba, sin ser lamentada, hacia el barrio del Retiro, donde se construyó un nuevo circo, escenario poco tiempo después, durante las invasiones inglesas, de hechos cruentos también, pero más gloriosos. 

PLAZA DE TOROS DEL RETIRO

Ayer y hoy...Retiro superpuesto...la imagen redonda era la plaza de toros, hoy plaza San Martín.

Martin Boneo, intendente de policía, fue el proyectista y constructor de la plaza de toros del Retiro que se inaugura en 1801 y se mantuvo en pie 18 años y fue demolida por decisión oficial. En Retiro se efectuaban las corridas los domingos y días de fiesta. Fue situada en una parcela que hoy corresponde al extremo sudoeste de la plaza San Martín entre las calles Santa Fe, Marcelo T de Alvear y Maipú. El Ñato era uno de los picadores mas famosos.
La Plaza de Toros fue demolida en el año 1819 para construir en aquel terreno los Cuarteles del Retiro.


En 1819 fue demolida la Plaza de Toros y se construyeron los Cuarteles del Retiro
utilizando materiales de la antigua Plaza de Toros.  En 1812 el gobierno dispuso los cuarteles bajo el mando de José de San Martín para el asiento de sus Granaderos y para ubicar su despacho. La unión de la antigua Plaza de Toros con los cuarteles, hicieron del lugar un sitio donde abundaban vendedores ambulantes y chinas cuarteleras (prostitutas), de esta forma el barrio adquiere el nombre de “Barrio Recio”.

Por supuesto que el nuevo circo era mucho más importante que el de Monserrat. Poseía una capacidad de 10.000 espectadores. Era de forma octogonal en estilo morisco y construido enteramente de ladrillos a la vista unidos con cal. Tenía una doble galería de palcos y gradas anchas con asientos corridos. La barrera tenía varias puertas utilizadas como burladeros. Además, disponía de una capilla y, por supuesto, de varios palcos oficiales, los que eran ornamentados de acuerdo al gusto de las autoridades. José María Peña anota "que el palco de Virrey en 1809 fue forrado en brin". Estos palcos estaban separados unos de otros, eran cubiertos y sus puertas dotadas de cerraduras.  Como curiosidad anotaremos que las sillas se alquilaban en el mismo circo o bien las traían los concurrentes de sus propias casas.
La entrada estaba ubicada perpendicularmente a la calle del Empedrado, actual Florida, que tomó aquel nombre justamente del pavimento con el cual fue dotado para facilitar la llegada de los espectadores.
Gozaron de enorme popularidad por lo que provocaban que verdaderas multitudes se acercaran a El Retiro. Ya vimos cómo al construirse la plaza taurina se tuvo necesidad de empedrar ex profeso, la calle Florida dotándola inclusive de la construcción de un puente por el cual sortear el Zanjón de Matorras  a la altura de la actual calle Viamonte.
Era así que las señoras, tras las ventanas, y la servidumbre en las veredas tomaban parte de un espectáculo extra contemplando el paso de la muchedumbre, que entre risotadas y comentarios llegaba a la plaza. A fin de medir la concurrencia y lo extraordinario de ésta, tenemos que tener en cuenta que su capacidad era de 10.000 espectadores cuando la ciudad no superaba los 40.000 habitantes. Es decir, que un 10% se reunía a presenciar las faenas.
Si bien inicialmente se permitía la concurrencia femenina en el demolido Circo de Madera de Montserrat, en El Retiro la diversión fue exclusivamente cosa de hombres. La entrada era también popular ya que valía 15 centavos, el derecho de usar las graderías. Claro que había otros precios: los palcos salían 4 pesos y las filas de gradas a la sombra, 2 reales.
Uno de ellos fue "El Ñato", un popular picador del cual dice Wilde que: "murió al fin, después de repetidas proezas, en las astas del toro, quedando su caballo muerto a su lado. Según Robertson (seguramente se refiere a Juan, autor de las "Cartas de Sud América"), bien se merecía su trágico fin, pues había sido un asesino contumaz, y lo que hay de más particular es, que su oficio lo salvaba de la justicia". También gozaba de fama el picador José García, "El Viejo", que aún a los 60 años se desempeñaba con eficacia.
En la demolición del circo intervino el maestro Juan Bautista Segismundo, quien al parecer se ocupó de emplear los materiales rescatados para la construcción del cuartel conocido como de Artillería, erigido en la meseta en 1823.

 
Hasta aquí las principales corporizaciones del modelo español, que condicionó espacialmente el futuro desarrollo de la ciudad. Sobre esa estructura urbana hispana vino a establecerse el modelo francés, que transformó principalmente la resolución paisajística de acuerdo a pautas de uso y estética, acentuándose el cambio en lo visual y en lo social.

¿POR QUÉ SE PROHIBIÓ?

Por el amontonamiento de gente que producía disturbios, los vecinos de la Iglesia solicitaron al Virrey  el traslado de la plaza de toros a un lugar que estuviera fuera de la ciudad. Así es como se elige El Retiro para instalar la nueva plaza de toros, inaugurada el 14 de octubre de 1801.
Las corridas en el Retiro se prohibieron en 1819 porque el general Eustoquio Díaz Vélez las suprimió. Además ordena que la plaza fuera demolida.

En 1801 se construyó la del Retiro.

Estuvo ubicada en el extremo S.O. de la actual plaza San Martín, entre Santa Fe y Marcelo T. de Alvear y Maipú.
En la parte alta tenía palcos de madera y en la baja una gradería. En las primeras épocas sólo tomaba parte lo mejor de la sociedad de Buenos Aires, porque era un juego de caballeros. Pero cuando el juego cayó en desgracia, se lo dejó para los mulatos y mestizos. La ceremonia de presentación fue muy interesante, al toque de clarín aparecía el alguacil quien solicitaba la llave para abrir el toril y de este modo dar lugar a la salida al ruedo del toro.
La Plaza de Toros del Retiro era  donde hoy está la Plaza San Martín, zona brava conocida como "barrio recio". La construcción circular  era un edificio de ladrillo a la vista, con palcos de madera y gradas en la parte baja. Albergaba a 10.000 personas,  no era poco, en una ciudad de cuarenta y cuatro mil habitantes. Para facilitar el acceso se empedraron las calles Florida y Maipú. La élite y los desplazados se miraban frente a frente, como ahora, en las tribunas. Cuando todos iban a ver los toros. Hasta que fue prohibido, en 1819, éste fue el espectáculo deportivo que apasionaba a multitudes en Buenos Aires. La última corrida de toros se hizo en 1821.

En la Plaza de Monserrat se construyó el circo (Plaza de Toros) en 1791 con un contrato por cinco años, los beneficios que produciría eran para el empedrado de las calles. Tuvo capacidad para 200 espectadores. No concurría un público distinguido pues se encontraba distante y enclavada en medio de andurriales. Los vecinos comenzaron a quejarse al virrey Feliú exponiéndole todos los inconvenientes que traía al barrio: la poca seguridad del establecimiento permitía que escaparan animales bravíos; los malhechores aprovechando la oscuridad de la noche y la soledad del lugar para asaltar a los transeúntes; lo recaudado para el empedrado no era tan abundante como se había presumido. Así por decreto se demolió a principios del 1800.

¿SABÍAS QUE...?

En la prolongación de la Avenida Santa Fe y la calle Marcelo T. de Alvear se construye una Plaza de Toros donde se realizaban corridas los fines de semana. Hacia 1812 fue en ese lugar donde se dispusieron los cuarteles para el asiento de los Granaderos al mando de don José de San Martín. Esos años de coincidencia de la plaza de toros con los cuarteles hicieron de la zona un lugar de costumbres dudosas, con mujeres de mala vida, y personajes de actividades sospechadas, y fue el escenario perfecto para la marginalidad de los inicios del tango. Da marco a un conjunto urbano histórico de gran valor arquitectónico por la magnitud de los edificios emblemáticos que la rodean: el Kavanagh, el Hotel Sheraton, el Palacio Anchorena, donde hoy funciona el Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto, la embajada de Francia, entre otras, y el Palacio Paz, donde hoy funciona el Círculo Militar. 
Esta plaza fue declarada lugar histórico y pertenece a la Dirección General de Patrimonio.

Fuente:  www.arcondebuenosaires.com.ar