EL GUERNICA CUMPLE 75 AÑOS EN MEDIO DE UNA DISPUTA:
LO QUIEREN EL PRADO Y LOS VASCOS


Pintado por Pablo Picasso a pedido de la República Española, relata el bombardeo alemán, en apoyo de Franco durante la Guerra Civil Española, sobre un pueblo del norte de España. Hoy se lo considera uno de los íconos universales del dolor y el sinsentido de la guerra.


“¿Usted hizo ésto?”, le preguntó, ante una fotografía del Guernica, un oficial alemán a Picasso, en la París ocupada de 1940. “No, fueron ustedes”, le contestó el pintor ícono del arte español del siglo XX.
Es que el cuadro “relata” el bombardeo de la Legión Cóndor alemana sobre el pequeño pueblo vasco que le da el nombre, durante la Guerra Civil Española, el 26 de abril de 1937. Poco después, el 12 de julio de ese año, hace 75, Pablo Picasso mostró la obra, en la apertura de la Exposición Internacional que se hacía en París. Y el Guernica se transformó en uno de los símbolos de la guerra. Hoy es objeto de disputa: lo tiene, y lo quiere conservar, el Museo Reina Sofía. Lo quiere el otro gran museo público madrileño, el Museo del Prado. Y lo reclaman los nacionalistas vascos.
Picasso lo pintó en 1937, a pedido de la República española, que quería mostrarlo en París para atraer la atención y el favor del público hacia la causa republicana. El pintor dio el sí –era tan republicano como la mayor parte de sus colegas– y lo pintó en 33 días en su atelier parisino.
La recepción de la obra no fue muy entusiasta en París: pasaron años hasta que esas figuras recortadas golpearan en las mentes y en los corazones. El Guernica viajó para ayudar a juntar fondos para los republicanos españoles. Y más tarde, con España ya dominada por Franco, estuvo exiliado: Picasso decidió dejarlo en el Museo de Arte Moderno (MOMA) de Nueva York, hasta que volviera la democracia.
Tardó. Las décadas que se pasó en Manhattan, se las pasó con un cartel que decía: “Bajo préstamo del pueblo de España”. El cuadro volvió a España en 1981. Y siguió viajando, aunque ya no en avión sino en flete. En los primeros años se mostró en el Casón del Buen Retiro, dependiente del Museo del Prado. Luego, con el nacimiento del Museo Reina Sofía, que tiene una colección de arte del siglo XX y contemporáneo, fue trasladado allí.
A Miguel Zugaza, el director del Prado, le gustaría tener algún día el Guernica , a pesar de que su colección llega hasta el Siglo XIX. Se apoya en declaraciones del pintor, que alguna vez manifestó su deseo de que su obra se midiera allí con las obras de grandes maestros como Velázquez o Goya.
Los nacionalistas vascos también lo quieren. Aducen que la tragedia ocurrió en su territorio y que tienen un lindo museo para cuidarlo, el espectacular Guggenheim de Bilbao. Y el pueblo que sufrió el bombardeo, Guernica, también cree tener argumentos para erigirse en residencia del cuadro: después de todo, la obra narra el peor episodio de su historia y más de uno habrá perdido entonces algún bisabuelo.
Para el 70° aniversario del bombardeo, en 2006, el gobierno regional lo pidió en préstamo, pero el Ministerio de Cultura se negó, alegando el delicado estado del cuadro, deteriorado por los viajes que hizo por el mundo cuando lo custodiaba el MOMA: cada vez que era trasladado había que enrollarlo porque su tamaño no permitía otra cosa, lo que le ocasionó daños varios. En 1998, un estudio determinó que la tela presentaba numerosas rasgaduras y rayones y que trasladarla podría ocasionarle daños irreparables.
“No nos rendimos. Seguiremos batallando para que el Guernica esté donde corresponde, aprovechando que tenemos una de las instituciones más importantes de arte contemporáneo del Estado como es el Guggenheim”, dijo hace poco el diputado del Partido Nacionalista Vasco (PNV) Aitor Esteban.
Fuerte, enorme –7,76 por 3,49 metros– y símbolo del dolor de la guerra sin discusión, atrae a un millón de visitantes por año al Reina Sofía, donde se exhibe desde 1992 como joya de la colección. Pero llega a los 75 como eje de una disputa.

Fuente:Revista Ñ Clarín

NUEVAS HISTORIAS DE UNA ARGAMASA MILENARIA

Un recorrido por “Cambiando paradigmas en la cerámica contemporánea: la colección de Garth Clark & Mark del Vecchio” en el Museo de Bellas Artes de Houston, Estados Unidos.
Por Mercedes Pérez Bergliaffa

A la izquierda, tras la puerta principal del imponente pero simple Museo de Bellas Artes de Houston (MFAH), aquí, al sur de los Estados Unidos, impacta la entrada hacia una sala roja: hay algo que destella. Podrían ser piezas de orfebrería, doradas: quizás bronces reales. Pero lo que se ve de cerca sorprende, se trata de cerámicas, de obras realizadas en un precioso e inusual barro domesticado. Más de un centenar de trabajos hechos con diferentes tipos de arcillas y métodos conforman la extraordinaria muestra “Cambiando paradigmas en la cerámica contemporánea”. Pura evidencia de todo lo que un artista puede hacer hoy con un simple montoncito de arcilla, un poco de agua y un horno. Pero a no engañarse, acá, en esta disciplina –siempre tan anclada en la tradición y el folclore-, lo imprescindible  es lo que adelanta el título: no solamente el material, sino su desobediencia. Es decir, las posibilidades que brinda la arcilla y que –quizá debido a una enseñanza ortodoxa, estructurada y tendiente a la repetición-,  no se aprovechan.
Son cinco salas enormes las que hay que atravesar para ver la exposición, una muestra integrada por la colección de cerámica de Garth Clark  y Mark Del Vecchio, una de las más importantes del mundo. Compuesta por 400 obras creadas después de 1940, el conjunto fue adquirido en 2007 por el MFAH. Y es un grupo especial de obras: se debe a que Clark y Del Vecchio - reconocidos especialistas y académicos de la disciplina-, fueron forjando durante cincuenta años una nueva postura en torno a la cerámica. Recorrieron los cinco continentes visitando talleres de ceramistas y escultores, museos y coleccionistas; escribieron libros, organizaron simposios; llevaron a cabo más de seiscientas exposiciones de cerámica moderna y contemporánea. En su juventud, Clark hasta decidió vender todo lo que tenía en su vida de Johannesburgo, Sudáfrica, para largarse a recorrer junto a su mujer ceramista en una vieja van Renault toda  Europa, desde Gran Bretaña hasta Turquía. La van era una especie de taller de cerámica móvil. Así viajaron, conociendo artistas y creando, también, nuevas piezas de cerámica. Además, Clark y su socio, Del Vecchio, tienen desde hace 27 años una galería especializada con sus sedes principales en Nueva York y Los Angeles.
La muestra que presentan ahora en el MFAH está dividida en cuatro secciones: “Implicaciones: el pote moderno”, “Algunas otras funciones del pote: sonidos de la risa y sombras de la Tierra”, “El pote posmoderno” y “Nacido de arcilla”. Y no llama la atención que una gran parte de la exposición se base en esa forma primera, tan mínima y humana de la cerámica, una forma que acompaña desde siempre a la humanidad y que siempre se reinventa: el pote. Nacido del intento de imitar nuestras dos manos juntas al guardar agua, comida, calor  u otra mano. Nacido del intento de cobijar.
La estrella de esta muestra es la joven artista japonesa Aoki Katsuyo. Sin dudas. Ella trabaja con porcelana, esa forma tan refinada de amar, cocinar y esmaltar la tierra, a medio camino entre el barro y el vidrio. Sus obras ocupan una sala exclusiva. “Sueño predecible” es el título de esa pieza clave que es una calavera con innumerables caminos, salidas, huecos, entradas y ornamentos. Llena de elementos decorativos, la calavera tiene influencias de los antiguos movimientos artísticos Rococó, Barroco y Manierista, aunque Katsuyo también incorporó en ella elementos del Western, el lejano oeste americano: un punteado, un lazo, una vuelta… y siempre esos dos agujeros donde tendrían que ir los ojos (señal inequívoca de drama, agujeros del infinito).
Y resulta extraño pensar en el chiste oculto que Katsuyo nos cuenta a través de la elección de la técnica: la porcelana es un invento japonés, que recién llego a Occidente en el s XVIII. Por eso, que la use recreando ornamentos del Rococó y lacitos de vaqueros del oeste produce sorpresa; o  quizás, escalofríos.
“Laberinto”, obra que va adosada a la pared, con dos patas de caballo sobresaliendo, de las que cuelgan unos collares, también es de la misma artista y  de porcelana. Más allá hay un ciervo: Y no es ninguna imitación. Es una cabeza de ciervo momificada, envuelta en resina, adosada a un cuerpo de cerámica. El animalito reposa serenamente, mira desde su base de flores y avellanas gigantes. Y aunque parezca una feliz recreación de un día de bosque, en el fondo es una escena bastante terrible (siempre que en las obras contemporáneas los artistas adosan cuerpos muertos a las obras, me otorga una sensación de oscuridad). Su autor, John Byrd, es un norteamericano que se caracteriza por realizar este tipo de cruce en sus cerámicas, mezclas de taxidermia con tierra cocida y pintada. En el caso de “Cervatillo sin titulo”, Byrd utilizó gres, un tipo de barro más bien rústico y de alta resistencia una vez horneado.
Próxima al cervatillo, ladeada y descansando, aparece una cabeza gigante. “Soñador rosado desnudo”, de Michael Lucero. Desde done se la mire, siempre es distinta. De un lado tiene la faz, del otro, un plano pleno con una mano esgrafiada (grabada a presión, si uno pasara el dedo por sobre ella, podría sentir los caminos, las incrustaciones de las líneas del dibujo). En otro de los costados tiene formas poliédricas, levemente  irregulares, que sobresalen y entran; y atrás, en la nuca, paisajes. Porque toda esta cabeza tiene pintada y grabada sobre ella ríos, bosques, cielos y nubes con colores brillantes, característicos de la obra de Lucero. Son los paisajes internos de un hombre de barro que sueña.
“¡Oh, por favor, ¿podríamos quedárnosla, mamá?”, le dicen los niños a su madre, señalando una vaca; y ése es el título de la obra del muy joven inglés Barnaby Barford (anda por los escasos 30). Hay una familia Mac Donalds alrededor del animal, mirándolo con simpatía; y los niños piden, piden…. Están hechos con nuestra amiga, la porcelana. Y eso seduce, además de su escala pequeña, su terminación perfecta- parecerían de plástico-, su brillantez... Y su ironía.
“Tallas de baldosas styroformes”, “Botella china de  peregrinos” y “Tetera arquitectónica” son, definitivamente, obras de quiebre, dentro del lenguaje específico de la cerámica aplicada a los  utensilios. Su autora, la norteamericana Anne Kraus –quien falleció hace algunos años con sólo cuarenta y tantos -, era una ceramista con pasado de pintora. Por eso el color en estas obras es un elemento tan importante como las texturas, las formas y el peso, el volumen que presenta cada pieza. “Mis sentimientos hacia la historia de la cerámica, hacia la tradiciones de la cerámica, son  de un gran amor”; explicó en cierta ocasión la artista. “Veo en ella algo que encuentro tan hermoso, que sólo quiero hacer mi propia versión de eso. Es como un tributo que le hago.” Y Kraus recordaba entonces la temprana relación que estableció con la cerámica, cuando de niña miraba las vasijas prusianas que decoraban el living de la granja de su abuela, en el norte de Dakota.
Teteras, vasos, tazas, jarrones: utensilios tradicionales que aquí son distintos, porque ninguno se puede usar. Presentan textos y narrativas en clave de cómic. ¿De dónde salieron estas palabras, estas imágenes…?  Kraus mantuvo durante mucho tiempo un diario en el que iba anotando sus sueños, bocetándolos y escribiendo los diálogos que de ellos recordaba. Llenó docenas.  Por eso   - como pasa en todos los sueños-, tampoco sus teteras, jarrones y copas pueden terminar de comprenderse siguiendo un solo sentido.  Por eso, como en los sueños, es mejor entrever y recibir sus mensajes de manera oblicua, y aceptarlos así.
”Vos, sueño, que estuviste sentenciado a dos años pero te escapaste…”, dice un tetera. Kraus mantiene con sus obras una relación totalmente personal, en la que el público muchas veces está excluido.
Muy cerca hay una piedra preciosa en una vitrina: una pequeña pieza abstracta, parecida a una roca de fuertes colores, de fuertes texturas. Una simple cerámica pintada que mantiene una forma y energías totalmente originales, pregnantes. Y están las direcciones que marca cada una de las caras de este objeto… sobre todo, su superficie dura, ruda, a veces áspera, producto, probablemente, del raspado y extracción de arcilla durante los diferentes estadios de secado del barro (esos en los que la masa ya no era aceitada ni babosa pero tampoco dura ni seca).
“Chino”, se llama, y es del norteamericano Ken Price. “Inventiva, enigmática, obsesiva, preciosa”: así describen en los Estados Unidos a la cerámica de este reconocido artista, considerado un guía innovador dentro de las nuevas corrientes de la disciplina. “Chino”: el título se debe a su particular gama de colores, influenciados por los de la dinastía Song de ese país (960- 1279).
“La cerámica no es un solo medio homogéneo”, sostiene el especialista Clark, “no es un mundo de una sola voz parecida, uniforme, sino que es una actividad compleja que combina una tecnología sutil, muy desarrollada, con un oficio, arte y diseño. Es una historia de trece mil años que enriqueció a otras disciplinas, en especial a la escultura. Una historia que se puede dividir en varias escuelas”. George Bernard Shaw decía: piensen en la cerámica como en muchas actividades distintas, unidas por un solo material común: la arcilla.  
Entonces,  ¿qué es la tradición en este campo, después de todo...?  Es todo eso hecho con un mismo material y con lo que hay que romper, arrastrando su uso al límite. Pero  a un  límite conceptual.

LISTADO DE OBRAS QUE APARECEN EN EL VIDEO
Por orden de aparición:

“Sueño predictivo”, Aoki Katsuyo
“Laberinto”, Aoki Katsuyo
“Cervatillo sin título”, John Byrd
“Soñador rosado desnudo”, Michael Lucero
“Oh, por favor, mamá, ¿podríamos quedárnosla?”, Barnaby Bradford
“Tallas de baldosas styroformes”, Anne Krauss
“Botella china de  peregrinos” Anne Krauss
“Tetera arquitectónica”, Anne Krauss
“Jarra sin título”, Ralph Bacerra
“Chino”, Ken Price
“Demonios del intelecto (profesando ser sabios, pueden devenir locos)”, Richard T. Notkin
“En la habitación del sueño”, Elise Siegel


Fuente: clarin.com

SINAN, EL GRAN ARQUITECTO DEL IMPERIO OTOMANO


Cinco siglos después de construidas las mezquitas más importantes de Estambul, la ciudad sigue perteneciéndole a este contemporáneo a Miguel Angel que cambió el paisaje de Belgrado a La Meca.


Por Andrew Ferren - The New York Times

El panorama del diseño y el arte contemporáneos de Turquía es muy abundante, pero anhelaba conocer más sobre el trabajo de Sinan (circa 1490-1588), el principal arquitecto e ingeniero civil del imperio otomano. Sus empleadores, el sultán Solimán el Magnífico y sus herederos, eran los hombres más poderosos del mundo.
Sinan construyó unas trescientas estructuras en Europa oriental y Oriente Medio. Las guías suelen compararlo con su contemporáneo Miguel Ángel, pero éste hizo espectaculares aportes a unas pocas construcciones de Roma y Florencia, mientras que Sinan tiene centenares de estructuras monumentales desde Belgrado a La Meca a las que se sigue dando un uso cotidiano.
"En San Pedro, en Roma, es la cúpula lo que atrae las miradas", dijo hace poco Dogan Kuban, autor de muchos libros sobre arquitectura islámica. "Las cúpulas bajas de Sinan, en cambio, con su decoración de pintura abstracta, parecen flotar de forma mágica sobre nuestras cabezas. En lugar de la estructura, se contempla el espacio".
Visité más de una decena de sus construcciones en Estambul, que tiene casi tres mil mezquitas, para ver cómo su experimentación con composiciones geométricas complejas transformó gruesas paredes de piedra en columnas, arcos y cúpulas ­y albanegas, y trompasmientras hacía la transición vertical de los pisos cuadrados a los techos redondos de las mezquitas.
La mezquita Sehzade de Edirnekapi se terminó en 1543, poco después de comenzada la carrera de Sinan. En las paredes laterales exteriores de la mezquita, Sinal organizó con inteligencia los contrafuertes de soporte de la cúpula a la manera de columnatas. Para crear simetría, colocó puertas en el centro. En el interior de la mezquita, sin embargo, las puertas hicieron que los fieles se desplazaran desde el centro y no desde la parte posterior. "Un espacio sagrado destinado a la oración y la contemplación se convirtió en un pasaje", me dijo el guía, "un error que nunca volvería a cometer".
Cerca de ahí se encuentra la mezquita más importante de Sinan en Estambul. La mezquita Suleymaniye, un encargo de Solimán para su propia tumba que se completó en 1588, es uno de los monumentos más visibles de la ciudad. Sinan moduló la altura de los cuatro minaretes, lo que aumentó la ilusión de que la mezquita flota sobre la ciudad.
La mezquita Rustem Pasha está ubicada en el activo mercado de especias de la ciudad. Sinan resolvió los problemas de este lugar poco tranquilo mediante el recurso de elevar todo el complejo por encima del nivel de la calle.
Una serena plaza flota sobre el bullicio. En el interior, un brillante trabajo realizado con mosaicos Iznik crea un jardín de tulipanes rojizos, turquesas y color cobalto.
La mezquita Mihrimah Sultan II de Edirnekapi fue un encargo de la hija de Solimán, Mihrimah. Las paredes, adornadas con ventanas de vitrales y vidrio transparente, son una maravilla de la construcción. Se decía que Sinan estaba enamorado de Mihrimah, pero como ella estaba casada con el gran visir de Solimán, se contentó con hacer la mezquita lo más luminosa posible para que reflejara su nombre, que significa "sol y luna". El guía me dijo también que el día en que se proclamaba un nuevo sultán, se daba muerte a sus hermanos para evitar luchas de poder.
La mezquita Sokollu Pasha también es famosa por sus magníficos mosaicos Iznik. Al acercarse a la construcción se aprecia el impresionante panorama del amplio techo que protege la fuente de abluciones y lo que parece una infinita repetición de cúpulas y arcadas.
Del otro lado del Bósforo, del lado asiático, se encuentra la mezquita Semsi Pasha, una versión en miniatura de enormes templos como la famosa mezquita azul. Se trata de una vocación contenida y elegante del paraíso en la tierra.
Tres horas al noroeste de Estambul se encuentra Edirne, una ex capital del imperio otomano cerca de la frontera turca con Bulgaria y Grecia y sede de la mezquita Selimiye de Sinan. La mezquita, que tiene cuatro elegantes minaretes estilizados, corona el centro de la ciudad. Sinan la consideraba su obra maestra. En 2011, la Unesco declaró todo el complejo Patrimonio de la Humanidad.
La mezquita, cuyas dimensiones son asombrosas ­la cúpula supera la de Hagia Sophia de Estambul- aparece primero como un laberinto de esferas, conos y cilindros revestidos de arenisca color miel o de plomo gris mate.
Pero la complejidad de las paredes exteriores, que parecen impenetrables, se disuelve en una serie de arcos y columnas de piedra que abrazan un único espacio vasto y armonioso. Mientras caía la noche volvimos a la ciudad que, 5 siglos después, sigue perteneciéndole a Sinan.

Fuente: clarin.com

LO QUE NACE DE UNA LÍNEA

Se exhiben en el Sívori más de 150 obras de un artista húngaro que Picasso consideró un par. En la década del 50 vivió en Tucumán, donde fue maestro De varios de los que más tarde se convirtieron en grandes dibujantes argentinos.
De noche, mientras dormía y no lo podía ver, era cuando mi padre hacía sus dibujos sobre la muerte, sobre la guerra y la ocupación de Europa. Sobre su tierra natal, Hungría”. Claire, la hija del gran dibujante Lajos Szalay –un artista hoy bastante olvidado en nuestro país–, recuerda esto en voz baja, a medias en castellano, a medias en inglés, en uno de los jardines que rodean al Museo Sívori. Los recuerdos acuden en ráfagas a Claire –quien ahora vive en los Estados Unidos– el día de la inauguración de la muestra de su padre en Buenos Aires. Lajos Szalay, la línea maestra es el título de la exposición, curada por Sergio Moscona.
La componen más de 150 obras, casi todos dibujos creados por este gran artista húngaro que pasó doce años de su vida en la Argentina: llegó a Tucumán en 1949, huyendo del horror de un continente arrasado por las guerras mundiales.
El ofrecimiento de un puesto en el Instituto Superior de Artes de la Universidad de Tucumán –que se había inaugurado en 1948– dio un giro impensado a la vida de Szalay, que decidió su traslado y el de su esposa desde Buenos Aires a esa ciudad. Y así, un artista que fue alumno de Picasso en París y sobre quien se cuenta que el mismo Picasso dijo “si sólo dos nombres de artistas gráficos del siglo XX pasan a la posteridad, yo seré uno de ellos, pero si es sólo uno, será Lajos Szalay”, dio clases durante años en una provincia argentina.
En ese momento Tucumán constituía un fuerte polo artístico, con una universidad y un instituto de arte nuevos, y dotados de un enorme presupuesto, que atraía a artistas excepcionales, ya fueran inmigrantes huyendo de las cenizas europeas o argentinos talentosos, expulsados de otras universidades. Al llegar a esa provincia, Szalay se encontró con un refugio: Lino Enea Spilimbergo, Ramón Gómez Cornet, Víctor Rebuffo, Eduardo Audivert, Lorenzo Domínguez... Juntos fueron docentes en la universidad.
GUERRERAS NOCTURNAS. Tinta sobre papel, circa 1970.
GUERRERAS NOCTURNAS. Tinta sobre papel, circa 1970

Fue el momento en que nació en Tucumán una generación de dibujantes argentinos considerados actualmente maestros: Carlos Alonso, Aurelio Salas, Martínez Howard… Ellos pasaron por dos fuertes marcas: se llamaban Szalay y Spilimbergo. 
 “Recuerdo esa época de mi familia como un buen período”, comenta la hija de Szalay. “Nunca lo vi a mi padre tan feliz. Cuando dejamos la Argentina para mudarnos a Nueva York, en el año 60, las cosas no fueron lo mismo. El allí sentía mucha soledad. En Tucumán, en cambio, tenía amigos, hablaba mucho, leía...
-¿Su padre nunca volvió a vivir a Hungría?
-Sí, en el 86. Y falleció allá en el 95, no en su ciudad natal, pero  donde había crecido.
-¿Por qué decidió volver a su país a esa edad?
-Se volvió a Hungría porque estaba enfermo y quería doctores húngaros. Nunca aprendió bien el inglés y, a esa altura de su vida y en esas circunstancias, quería hablar en húngaro.
Si uno observa la exhibición, no sorprende que Lajos Szalay haya vuelto a su país a vivir sus últimos años, para expresarse ya no sólo con dibujos, sino también en la lengua materna. La presencia de Hungría en la obra de Szalay es fundamental. Y aunque son varios los núcleos temáticos a los que el artista volvió una y otra vez a lo largo de su vida –en la muestra se ven el eje erótico, el mitológico, el religioso, el literario–, es en el que se refiere a la historia de su país que la composición se torna infinitamente compleja, se hace densa, forma bloques compactos, negros, y la línea se enreda hasta no saberse bien dónde comienza y donde termina. Y aquí se vuelve evidente una de las características más personales de la obra de Szalay: sus líneas en tramas, nunca solitarias. Ellas nunca delimitan, nunca designan, sino que abren espacios, crean situaciones, ideas. Muchas veces, son enredaderas tiernas. O, por el contrario, matas de llantos crudos, ásperos.
“Los dibujos no son obras sino redes de alambres aptas para encausar la tensión acumulada –decía Szalay–, esta es la razón por la que no se pueden desarrollar. Están bien o mal tal como están. No se pueden modificar o corregir porque son la fijación de un estado único.”
Muchos hablan de la línea tortuosa y desgarrada del artista; y tienen razón. Pero lo más interesante de ellas es que –tal como  establece Luis Felipe Noé en sus reflexiones sobre el dibujo– marcan el ritmo de una respiración: en este caso, la de Szalay. Y no hay respiración que se repita, que sea igual a otra. Líneas, entonces, tampoco.
LA CONDENA. De la Serie Kafka. Tinta sobre papel, 1980.
LA CONDENA. De la Serie Kafka. Tinta sobre papel, 1980.
Frente a los dibujos de Szalay uno puede percibir algo más: el enorme placer que él iba sintiendo al probar hasta dónde lo podía llevar una línea, a medida que avanzaba sobre el papel. A diferencia de otros artistas, Szalay dejaba este proceso al descubierto. La línea es, entonces, la avanzada, una primera fila del impulso, de la idea: quizás el elemento más abstracto y conceptual de todas las artes plásticas. Una nada que puede convertirse en todo: un grito, una cópula, una siesta.
Hay otro elemento importante en sus obras: se trata de la densidad de la tinta y de cómo él la utiliza sobre el papel. Cómo raspa la superficie, hiriéndola. Cómo, otras veces, la acaricia. Cómo en algunos casos baila sobre ella, suave, ligero como un vals. En algunos casos, trazo, tinta y papel revientan, como en la serie de la Tragedia húngara.
“Nunca me voy a olvidar del día de octubre de 1956 en el cual Szalay entró en mi oficina del diario con los ojos rojos y muy excitado –contó cierta vez Janos Fercsei, editor del periódico húngaro de Buenos Aires– y me dijo: hace tres días que estoy sin dormir dibujando al lado de la radio. Y me mostró unos sesenta dibujos.” Eran acerca de la sangrienta revolución húngara del 56. En la exposición están, pueden verse: son los pertenecientes a esta serie de la Tragedia… “Rescate”, “Pánico”, “Después del alerta”, “Fusilamiento”, “Partir a la muerte”, “La guerra”. Aunque algunos son posteriores, se relacionan. Dejan constancia de que Szalay sintió siempre a su tierra como una extensión carnal. Como un cordón umbilical que necesitaba, del que se nutría.
Por eso no hay dos, ni tres, ni más Lajos Szalay. Ni siquiera hay artistas parecidos. Sí, claro, Szalay hizo escuela; pero sus discípulos van por otro lado. Porque ¿acaso se puede enseñar la experiencia, la línea…? No. No se pueden enseñar. Son marcas tan personales como la misma biografía. Como este testimonio de sobrevivencia, inmigración, nervio y amor que son los trabajos del gran Lajos Szalay. Un simple dibujante húngaro.

FICHA

Lajos Szalay. La Línea Maestra
Lugar: Museo Eduardo Sivori, Av. Infanta Isabel 555 (frente al Rosedal de Palermo)
Fecha: hasta el 15 de julio
Horario: martes a viernes, 12 a 20. Sab, dom y feriados, 10 a 20.
Entrada: gratis


ABRAZO EN DEFENSA DE SANTA CATALINA DE SIENA


La polémica construcción de una torre.
Basta de Demoler pide proteger el predio.

La asociación de vecinos Basta de Demoler convocó para hoy, a las 18, a un abrazo simbólico al Monasterio Santa Catalina de Siena, en Viamonte y San Martín.
El llamado responde a las actividades que se realizan para evitar la construcción de una torre, en un terreno lindero al histórico convento, que podría afectar las estructuras del predio, que, entre otras cuestiones, ostenta la pared más antigua de Buenos Aires.
Esta disyuntiva llevó días atrás a un grupo de vecinos y representantes de la asociación a presentar un recurso de amparo ante la Justicia con el fin de desalentar la construcción de una torre de 60 metros de altura en el terreno lindero al monasterio, un emblema de la ciudad.
El mayor problema con la obra sería la excavación de entre 15 y 20 metros de profundidad, donde se planean construir seis subsuelos.
En principio, la torre estaría separada de la iglesia por una plaza de 45 metros de ancho.
El proyecto se aprobó antes de que la zona fuera declarada área de protección histórica, hace más de un año.
El lugar es el único convento porteño que mantiene su estructura intacta desde el siglo XVIII, según explicó la investigadora en historia Alejandra Jones.
Originalmente ocupaba toda la manzana y tenía un área para los servicios domésticos, cementerio y huerta.
Hoy se conserva el antiguo patio, rodeado por jacarandás, palos borrachos y ceibos, que propone aislarse por un momento del trajín cotidiano.
Muchos son los oficinistas que se acercan para almorzar o los estudiantes que eligen el aire libre para leer o conversar. En el verano, los pasillos se llenan de paseantes.
Actualmente, también hay misa a las 13 y a las 18.15, y posee un servicio de acompañamiento espiritual para gente de cualquier religión.
El malestar que se vive no sólo descansa en los aspectos históricos y edilicios del predio colonial construido en 1745 y habitado por religiosas dominicas hasta 1976, sino también tiene su costado espiritual.
Con la medida, arquitectos e historiadores buscan evitar que se pierda "el oasis" que representa Santa Catalina en medio del caos urbano.
Delimitado por las calles San Martín, Viamonte, Reconquista y Córdoba, el conjunto integrado por el monasterio y la iglesia, declarados monumento histórico nacional en 1942 y en 1975, respectivamente, constituye un espacio de reflexión, pero, por sobre todas las cosas, una muestra de lo que fue la ciudad en sus comienzos.

Fuente: lanacion.com

LA CIUDAD TENDRÁ UN NUEVO MUSEO DE ARTE


Buenos Aires sumará otro museo de arte, que estará enclavado en la mismísima peatonal Florida, en el microcentro porteño. El Banco Ciudad transformará su actual casa matriz, que en marzo próximo se mudará a un moderno edificio en Parque Patricios, en un centro cultural pensado para que todo el público que transita por la concurrida zona pueda visitarlo, ya que será con entrada libre y gratuita. Y donde también proyectan potenciar su reconocida sala de remates de venta de artes, la primera del país.
En este emblemático edificio con ladrillos de vidrio inaugurado en 1968, los dos subsuelos, la planta baja y el primer piso se readecuarán para darle forma a este centro cultural en el que funcionará una galería de arte, donde el banco expondrá su valiosa colección propia, cuyo valor supera los 13 millones de pesos, y también se instalarán muestras itinerantes. Habrá salas de convenciones y un auditorio para distintos eventos.
Según pudo saber LA NACION, la inversión total para remozar este edificio superará los 20 millones de pesos, y el mes próximo se lanzará la licitación. Las obras comenzarían en marzo venidero, una vez que las principales gerencias del Banco Ciudad se muden al edificio ecológico de Parque Patricios, cuya obra avanza en un predio de 20.000 m2 frente a la plaza homónima.
"Nuestra sucursal emblema, que se hizo en base a la idea de transparencia y horizontalidad, quedará imponente con las nuevas readecuaciones. Hasta la bóveda se podrá ver desde la vereda, como ocurrió en un principio, cuando este edificio fue estrenado, y la gente se acercaba a verlo. La bóveda se desactivará y también se podrá visitar como un atractivo turístico en un lugar premium. Y todo tendrá iluminación de LED", dijo a LA NACIóN Federico Sturzenegger, presidente de esta entidad bancaria.
En 1968, este edificio del microcentro, en cuyos pisos superiores seguirán funcionando otras áreas del banco -como Remates-, significó un diseño revolucionario para la época: los escritorios no tenían cajones, porque la intención de los visionarios era trabajar con menos papeles. "Al principio, no tuvo resultados y la sucursal debió readecuarse a los escritorios con cajones. Pero hoy, más de 40 años más tarde, la tecnología le dio la razón: ya es un hecho que vamos hacia un banco sin papeles", dijo Sturzenegger.
 
Detalle del óleo Psicosomatización, de Jorge De la Vega. Foto: Imágenes gentileza Banco Ciudad
El Banco Ciudad tiene importantes obras que hoy adornan distintas oficinas gerenciales y algunos salones de la casa matriz. Ahora, con el museo que por el momento no tiene nombre definido, según indicaron las autoridades del banco, las obras se exhibirán para todo el público.
El Banco Ciudad cuenta con más de 200 obras de arte propias; se apuntan pinturas como Psicomatización, de Jorge de la Vega, valuada en 2 millones de pesos; esculturas, como El anhelo de Berenice, de Martín Di Girolamo, o piezas de la serie Ejercicios espirituales, de Diego Bianchi, o fotografías del reconocido Marcelo Grossman.
Además, el banco está en un proceso de compra de un conjunto excepcional de 56 obras entre pinturas y esculturas de renombrados artistas -la gran mayoría argentinos- que hace más de dos décadas formaron parte de una colección privada en el exterior. Las obras abarcan tanto las primeras décadas del siglo pasado, así como artistas contemporáneos. En la lista, están Pettoruti (su primera obra cubista), Berni, Xul Solar, Victorica, Lacámera, Quinquela, Spilimbergo y Torres García, entre otros.
"El Banco Ciudad es el primer rematador de arte y somos los principales en el país. Con la creación de este centro cultural se verá reflejada toda la colección de arte que tiene el banco y también se potenciará el remate de obras, tanto propias como itinerantes", comentó Juan Carlos Alvarez, jefe de relaciones institucionales de la entidad.

La bóveda del banco se verá desde la vereda y se podrá visitar. Foto: Imágenes gentileza Banco Ciudad
Con la futura remodelación y puesta en valor, las autoridades del banco buscan restaurar una de las construcciones más significativas y representativas de la arquitectura vanguardista argentina. Planean volver a darles valor a los ladrillos de vidrio, los tesoros visibles desde el exterior, la interacción entre el interior y el exterior, y la actitud innovadora que caracterizó a este edificio. La obra comenzaría en marzo próximo y demandaría seis meses para ser estrenada, o sea, en septiembre de 2013.

A Parque Patricios

Mientras tanto, en Parque Patricios avanza la obra de la nueva sede del banco en la manzana delimitada por las calles Uspallata, Iguazú, Los Patos y Atuel. Los trabajos, que permitirán liberar el edificio del microcentro para el museo, demandarán otros ocho meses. El moderno y ecológico edificio vidriado, donde los gerentes no tendrán oficinas, sino boxes, albergará a unos 1500 empleados.
Esta es la obra edilicia más grande del llamado Distrito Tecnológico, donde se afincaron unas cien empresas de tecnología, pero donde todavía los vecinos reclaman mayor seguridad.

Fuente: lanacion.com

BARRIO PARQUE FESTEJA SU CENTENARIO

Patrimonio porteño / Vecinos ilustres y palacios de época

Es una de las zonas más caras y exclusivas de la ciudad; modelo de arquitec tura, lo caracterizan el silencio y sus calles empedradas.



Por Cynthia Palacios

Es sin dudas el rincón más selecto de la ciudad. Glamoroso, histórico, con vecinos ilustres... y multimillonarios. Lejos del ruido y, sin embargo, cerca del centro; con atmósfera propia, donde el tiempo parece detenerse, no tiene nombre oficial, pero nadie lo desconoce. Barrio Parque, Palermo Chico, Barrio Grand Bourg o Barrio Rufino de Elizalde, como se lo quiera llamar, está de cumpleaños.
El exclusivísimo punto aristocrático de Buenos Aires, que integra el barrio de Palermo, festeja su centenario, y vio crecer con los años su patrimonio paisajístico, arquitectónico, histórico, inmobiliario y económico. Delimitado por la Avenida del Libertador, entre Tagle y Cavia, y las vías del ferrocarril, es uno de los puntos más cotizados de la ciudad.
Silencioso y sin vecinos a la vista, se caracteriza por sus calles empedradas, angostas y curvas; sus mansiones y palacetes, y sus muchos árboles.
El valor de las propiedades en Barrio Parque figura entre los más altos de la ciudad. Sólo podría equipararse con algunos tramos de la Avenida del Libertador, como la plaza Alemania, con la avenida Alvear o algunas modernas construcciones en Puerto Madero. Sin embargo, la exquisitez de sus construcciones y el valor patrimonial de sus edificaciones lo hacen único.
El metro cuadrado en la zona cuesta entre 3600 y 7000 dólares, cuando en Barracas va de los 1700 a los 2300 dólares por m2; en Belgrano, entre 2300 y 3200, y en Caballito, de 2200 a 2800. Sólo se acerca Puerto Madero, con valores de entre US$ 5000 y 6800 el m2.
Si de impuestos municipales se trata, los vecinos de este exclusivo barrio tributan un promedio anual de 112 pesos por metro cuadrado, cuando los que viven en Caballito pagan unos 15,75 pesos y los que habitan en San Telmo abonan 12 pesos.



Es territorio de embajadas: entre sus límites se alojan más de una docena. Las sedes diplomáticas de Marruecos, República de Corea, Albania, Nigeria, Chile y los consulados de El Líbano, de Haití, de Irán, Eslovaquia, Arabia Saudita, Polonia, Indonesia y Canadá se sitúan en estas manzanas.
El Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (Malba), el Museo de Arte Popular José Hernández y el Metropolitano se alojan en sus cuadras. También la antes concesionaria Chrysler, transformada luego el exclusivo Museo Renault, que a principios de 2011 cerró sus puertas: Irsa lo vendió a la cadena de comida japonesa Dashi, uno de los proveedores de sushi más importante del país. Entre sus vecinos encumbrados se encuentran Mirtha Legrand, Susana Giménez, Mariano Grondona, Carlos Bianchi y empresarios como Eduardo Costantini y Franco Macri. Hasta no hace mucho era el barrio del jefe de gobierno, Mauricio Macri, pero se mudó a la zona de plaza Alemania.
Palermo Chico fue diseñado en 1912 por el arquitecto paisajista Carlos Thays, que imaginó un Buenos Aires distinto, con un diseño de curvas y diagonales, y mucho verde. Por sus reminiscencias francesas, en sus comienzos se lo conoció como Barrio Grand Bourg.
En los terrenos utilizados para los festejos del Centenario en 1910 para la Exposición Industrial, Thays proyectó dos sectores diferenciados por el diseño de sus calles, a un lado y al otro de la entonces avenida Centenario, hoy Figueroa Alcorta. El sector al Sur se organizaba alrededor de una plaza pública con una marcada simetría, mientras que el sector al Norte tenía un plano radial con el eje en una manzana redonda.
Allí se construyeron grandes residencias sobre amplios lotes, como el palacio Errázuriz, donde hoy funciona el Museo de Arte Decorativo, o la actual embajada de España, así como petit hotels y casas de estilo Tudor.
"El proyecto original firmado por Carlos Thays, denominado Barrio Parque, está fechado el 11 de diciembre de 1912 -cuenta la arquitecta y paisajista Sonia Berjman-. Abarca una superficie mucho menor que la actual."
Nacido como repercusión local de las ideas urbanísticas en vigor en la Europa del siglo XIX, sumó, sin embargo, otras influencias derivadas de la teoría de los grandes parques urbanos y surgió como empresa oficial del gobierno municipal. "Curiosamente, la creación de estos barrios parque estaba destinada a la vivienda de los empleados de la administración, diferenciándoselos de los barrios obreros", afirma Berjman.
Además de su reconocimiento histórico, Barrio Parque tiene un incalculable valor patrimonial: el conjunto de edificios que hoy ostenta lo convierten en uno de los más valiosos de la ciudad, por la calidad de su diseño y su factura, así como por las firmas de los profesionales involucrados, asegura la paisajista.
Es que cien años no son nada para un barrio tan lleno de glamour.


El escenario


No puede ser más lindo

Por Mariano Wullich / LA NACIÓN

Sólo quienes no las conocen, no saben que esas veinte y pico de manzanas son uno de los lugares más lindos del mundo: de Tagle a Salguero, no importa la avenida de por medio (Alcorta), Barrio Parque y Palermo Chico, que son la misma cosa, cantarían con Eladia Blázquez, "Ay, si te viera Garay, si te ve,/lo bonita que estás, hoy te funda otra vez". ¡Buenos Aires!, la que debe ser.
Es que no pueden ser más lindas la plaza Grand Bourg, la rotonda del ombú o el siempre floreciente lapacho de Ezcurra, que tanto nos recordaba Falucho Luna. Y, entre tantas flores, las flores. Esas que cuando uno era chico salían con polleras escocesas azules del colegio San Martín de Tours o, con un toque verde, desde un poco más allá, del instituto Bayard.
Pero la cosa venía de antes, porque cuando ATC (hoy TV Pública) era pasto frente al monumento a Artigas y allí se entrenaban las inferiores de rugby del colegio Champagnat, mucho antes, en esa esquina, se había ido "el Varón del Tango", Julio Sosa, al chocar su DKW contra una vieja baliza. Sí, justo frente a Rond Point, la confitería que sigue estando pero que por esos tiempos tenía unos "ojos de buey", bien art déco, al lado del edificio que después construyó el arquitecto Storni.
Un Rond Point imperdible, con su redonda boiserie y miles de anécdotas. Es que allí nomás, junto a la vía, corría la calle más adorada y querida: Juez Tedín, la que tenía el traqueteo del tren Mitre (y lo tiene) en las espaldas de sus jardines. Allí, en donde vivían los Obligado, los Ayerza y aquella pecosa que jamás se dignó a mirar a un chico que casi quedó tieso por dar vuelta el pescuezo.
Era el lugar en donde tenían una de sus casas los Cortejarena y en el que una suerte de mayordomo amigo, que andaba precisamente con mala suerte, se tiraba desde el primer piso a la pileta e inundaba hasta el riel del ferrocarril. Era el "Gordo" Tejerina, quien solía irse invitado de copas de Mau Mau, pero al llegar al bajo se tomaba el 130 para volver a "su pileta". Dicen que los choferes lo conocían tanto que ni siquiera le cobraban.
Por tratar de saber qué pensaban otros del querido Buenos Aires, en la época de la presidencia de Eduardo Duhalde, este cronista viajó en un tour por su ciudad. Pocos turistas se interesaron por San Telmo, La Boca o los lofts de Puerto Madero: sólo al llegar a ese lugar de Palermo sacaron sus cámaras asombrados y, luego, un matrimonio alemán preguntó: "¿Qué les pasó?".
Sólo atiné a decir: "Es el Buenos Aires que debió ser."

Fuente: lanacion.com