Se exhiben en el Sívori más de 150 obras de un artista
húngaro que Picasso consideró un par. En la década del 50 vivió en
Tucumán, donde fue maestro De varios de los que más tarde se
convirtieron en grandes dibujantes argentinos.

GUERRERO. De la Serie Tragedia Húngara. Tinta sobre papel, 1956.
Por Mercedes Pérez Bergliaffa
De noche, mientras dormía y no lo podía ver, era cuando mi padre
hacía sus dibujos sobre la muerte, sobre la guerra y la ocupación de
Europa. Sobre su tierra natal, Hungría”. Claire, la hija del gran
dibujante Lajos Szalay –un artista hoy bastante olvidado en nuestro
país–, recuerda esto en voz baja, a medias en castellano, a medias en
inglés, en uno de los jardines que rodean al Museo Sívori. Los recuerdos
acuden en ráfagas a Claire –quien ahora vive en los Estados Unidos– el
día de la inauguración de la muestra de su padre en Buenos Aires. Lajos Szalay, la línea maestra es el título de la exposición, curada por Sergio Moscona.
La
componen más de 150 obras, casi todos dibujos creados por este gran
artista húngaro que pasó doce años de su vida en la Argentina: llegó a
Tucumán en 1949, huyendo del horror de un continente arrasado por las
guerras mundiales.
El ofrecimiento de un puesto en el Instituto
Superior de Artes de la Universidad de Tucumán –que se había inaugurado
en 1948– dio un giro impensado a la vida de Szalay, que decidió su
traslado y el de su esposa desde Buenos Aires a esa ciudad. Y así, un
artista que fue alumno de Picasso en París y sobre quien se cuenta que
el mismo Picasso dijo “si sólo dos nombres de artistas gráficos del
siglo XX pasan a la posteridad, yo seré uno de ellos, pero si es sólo
uno, será Lajos Szalay”, dio clases durante años en una provincia
argentina.
En ese momento Tucumán constituía un fuerte polo
artístico, con una universidad y un instituto de arte nuevos, y dotados
de un enorme presupuesto, que atraía a artistas excepcionales, ya
fueran inmigrantes huyendo de las cenizas europeas o argentinos
talentosos, expulsados de otras universidades. Al llegar a esa
provincia, Szalay se encontró con un refugio: Lino Enea Spilimbergo,
Ramón Gómez Cornet, Víctor Rebuffo, Eduardo Audivert, Lorenzo
Domínguez... Juntos fueron docentes en la universidad.

GUERRERAS NOCTURNAS. Tinta sobre papel, circa 1970
Fue el momento
en que nació en Tucumán una generación de dibujantes argentinos
considerados actualmente maestros: Carlos Alonso, Aurelio Salas,
Martínez Howard… Ellos pasaron por dos fuertes marcas: se llamaban
Szalay y Spilimbergo.
“Recuerdo esa época de mi familia como un
buen período”, comenta la hija de Szalay. “Nunca lo vi a mi padre tan
feliz. Cuando dejamos la Argentina para mudarnos a Nueva York, en el
año 60, las cosas no fueron lo mismo. El allí sentía mucha soledad. En
Tucumán, en cambio, tenía amigos, hablaba mucho, leía...
-¿Su padre nunca volvió a vivir a Hungría?
-Sí, en el 86. Y falleció allá en el 95, no en su ciudad natal, pero donde había crecido.
-¿Por qué decidió volver a su país a esa edad?
-Se
volvió a Hungría porque estaba enfermo y quería doctores húngaros.
Nunca aprendió bien el inglés y, a esa altura de su vida y en esas
circunstancias, quería hablar en húngaro.
Si uno observa la
exhibición, no sorprende que Lajos Szalay haya vuelto a su país a vivir
sus últimos años, para expresarse ya no sólo con dibujos, sino también
en la lengua materna. La presencia de Hungría en la obra de Szalay es
fundamental. Y aunque son varios los núcleos temáticos a los que el
artista volvió una y otra vez a lo largo de su vida –en la muestra se
ven el eje erótico, el mitológico, el religioso, el literario–, es en
el que se refiere a la historia de su país que la composición se torna
infinitamente compleja, se hace densa, forma bloques compactos, negros,
y la línea se enreda hasta no saberse bien dónde comienza y donde
termina. Y aquí se vuelve evidente una de las características más
personales de la obra de Szalay: sus líneas en tramas, nunca
solitarias. Ellas nunca delimitan, nunca designan, sino que abren
espacios, crean situaciones, ideas. Muchas veces, son enredaderas
tiernas. O, por el contrario, matas de llantos crudos, ásperos.
“Los
dibujos no son obras sino redes de alambres aptas para encausar la
tensión acumulada –decía Szalay–, esta es la razón por la que no se
pueden desarrollar. Están bien o mal tal como están. No se pueden
modificar o corregir porque son la fijación de un estado único.”
Muchos
hablan de la línea tortuosa y desgarrada del artista; y tienen razón.
Pero lo más interesante de ellas es que –tal como establece Luis
Felipe Noé en sus reflexiones sobre el dibujo– marcan el ritmo de una
respiración: en este caso, la de Szalay. Y no hay respiración que se
repita, que sea igual a otra. Líneas, entonces, tampoco.

LA CONDENA. De la Serie Kafka. Tinta sobre papel, 1980.
Frente a
los dibujos de Szalay uno puede percibir algo más: el enorme placer que
él iba sintiendo al probar hasta dónde lo podía llevar una línea, a
medida que avanzaba sobre el papel. A diferencia de otros artistas,
Szalay dejaba este proceso al descubierto. La línea es, entonces, la
avanzada, una primera fila del impulso, de la idea: quizás el elemento
más abstracto y conceptual de todas las artes plásticas. Una nada que
puede convertirse en todo: un grito, una cópula, una siesta.
Hay
otro elemento importante en sus obras: se trata de la densidad de la
tinta y de cómo él la utiliza sobre el papel. Cómo raspa la superficie,
hiriéndola. Cómo, otras veces, la acaricia. Cómo en algunos casos
baila sobre ella, suave, ligero como un vals. En algunos casos, trazo,
tinta y papel revientan, como en la serie de la Tragedia húngara.
“Nunca
me voy a olvidar del día de octubre de 1956 en el cual Szalay entró en
mi oficina del diario con los ojos rojos y muy excitado –contó cierta
vez Janos Fercsei, editor del periódico húngaro de Buenos Aires– y me
dijo: hace tres días que estoy sin dormir dibujando al lado de la
radio. Y me mostró unos sesenta dibujos.” Eran acerca de la sangrienta
revolución húngara del 56. En la exposición están, pueden verse: son los
pertenecientes a esta serie de la Tragedia…
“Rescate”, “Pánico”, “Después del alerta”, “Fusilamiento”, “Partir a la
muerte”, “La guerra”. Aunque algunos son posteriores, se relacionan.
Dejan constancia de que Szalay sintió siempre a su tierra como una
extensión carnal. Como un cordón umbilical que necesitaba, del que se
nutría.
Por eso no hay dos, ni tres, ni más Lajos Szalay. Ni
siquiera hay artistas parecidos. Sí, claro, Szalay hizo escuela; pero
sus discípulos van por otro lado. Porque ¿acaso se puede enseñar la
experiencia, la línea…? No. No se pueden enseñar. Son marcas tan
personales como la misma biografía. Como este testimonio de
sobrevivencia, inmigración, nervio y amor que son los trabajos del gran
Lajos Szalay. Un simple dibujante húngaro.
FICHA
Lajos Szalay. La Línea Maestra
Lugar: Museo Eduardo Sivori, Av. Infanta Isabel 555 (frente al Rosedal de Palermo)
Fecha: hasta el 15 de julio
Horario: martes a viernes, 12 a 20. Sab, dom y feriados, 10 a 20.
Entrada: gratis
GUERRERO. De la Serie Tragedia Húngara. Tinta sobre papel, 1956. |
Por Mercedes Pérez Bergliaffa
De noche, mientras dormía y no lo podía ver, era cuando mi padre
hacía sus dibujos sobre la muerte, sobre la guerra y la ocupación de
Europa. Sobre su tierra natal, Hungría”. Claire, la hija del gran
dibujante Lajos Szalay –un artista hoy bastante olvidado en nuestro
país–, recuerda esto en voz baja, a medias en castellano, a medias en
inglés, en uno de los jardines que rodean al Museo Sívori. Los recuerdos
acuden en ráfagas a Claire –quien ahora vive en los Estados Unidos– el
día de la inauguración de la muestra de su padre en Buenos Aires. Lajos Szalay, la línea maestra es el título de la exposición, curada por Sergio Moscona.
La
componen más de 150 obras, casi todos dibujos creados por este gran
artista húngaro que pasó doce años de su vida en la Argentina: llegó a
Tucumán en 1949, huyendo del horror de un continente arrasado por las
guerras mundiales.
El ofrecimiento de un puesto en el Instituto
Superior de Artes de la Universidad de Tucumán –que se había inaugurado
en 1948– dio un giro impensado a la vida de Szalay, que decidió su
traslado y el de su esposa desde Buenos Aires a esa ciudad. Y así, un
artista que fue alumno de Picasso en París y sobre quien se cuenta que
el mismo Picasso dijo “si sólo dos nombres de artistas gráficos del
siglo XX pasan a la posteridad, yo seré uno de ellos, pero si es sólo
uno, será Lajos Szalay”, dio clases durante años en una provincia
argentina.
En ese momento Tucumán constituía un fuerte polo artístico, con una universidad y un instituto de arte nuevos, y dotados de un enorme presupuesto, que atraía a artistas excepcionales, ya fueran inmigrantes huyendo de las cenizas europeas o argentinos talentosos, expulsados de otras universidades. Al llegar a esa provincia, Szalay se encontró con un refugio: Lino Enea Spilimbergo, Ramón Gómez Cornet, Víctor Rebuffo, Eduardo Audivert, Lorenzo Domínguez... Juntos fueron docentes en la universidad.
En ese momento Tucumán constituía un fuerte polo artístico, con una universidad y un instituto de arte nuevos, y dotados de un enorme presupuesto, que atraía a artistas excepcionales, ya fueran inmigrantes huyendo de las cenizas europeas o argentinos talentosos, expulsados de otras universidades. Al llegar a esa provincia, Szalay se encontró con un refugio: Lino Enea Spilimbergo, Ramón Gómez Cornet, Víctor Rebuffo, Eduardo Audivert, Lorenzo Domínguez... Juntos fueron docentes en la universidad.
GUERRERAS NOCTURNAS. Tinta sobre papel, circa 1970 |
Fue el momento en que nació en Tucumán una generación de dibujantes argentinos considerados actualmente maestros: Carlos Alonso, Aurelio Salas, Martínez Howard… Ellos pasaron por dos fuertes marcas: se llamaban Szalay y Spilimbergo.
“Recuerdo esa época de mi familia como un
buen período”, comenta la hija de Szalay. “Nunca lo vi a mi padre tan
feliz. Cuando dejamos la Argentina para mudarnos a Nueva York, en el
año 60, las cosas no fueron lo mismo. El allí sentía mucha soledad. En
Tucumán, en cambio, tenía amigos, hablaba mucho, leía...
-¿Su padre nunca volvió a vivir a Hungría?
-Sí, en el 86. Y falleció allá en el 95, no en su ciudad natal, pero donde había crecido.
-Sí, en el 86. Y falleció allá en el 95, no en su ciudad natal, pero donde había crecido.
-¿Por qué decidió volver a su país a esa edad?
-Se volvió a Hungría porque estaba enfermo y quería doctores húngaros. Nunca aprendió bien el inglés y, a esa altura de su vida y en esas circunstancias, quería hablar en húngaro.
-Se volvió a Hungría porque estaba enfermo y quería doctores húngaros. Nunca aprendió bien el inglés y, a esa altura de su vida y en esas circunstancias, quería hablar en húngaro.
Si uno observa la
exhibición, no sorprende que Lajos Szalay haya vuelto a su país a vivir
sus últimos años, para expresarse ya no sólo con dibujos, sino también
en la lengua materna. La presencia de Hungría en la obra de Szalay es
fundamental. Y aunque son varios los núcleos temáticos a los que el
artista volvió una y otra vez a lo largo de su vida –en la muestra se
ven el eje erótico, el mitológico, el religioso, el literario–, es en
el que se refiere a la historia de su país que la composición se torna
infinitamente compleja, se hace densa, forma bloques compactos, negros,
y la línea se enreda hasta no saberse bien dónde comienza y donde
termina. Y aquí se vuelve evidente una de las características más
personales de la obra de Szalay: sus líneas en tramas, nunca
solitarias. Ellas nunca delimitan, nunca designan, sino que abren
espacios, crean situaciones, ideas. Muchas veces, son enredaderas
tiernas. O, por el contrario, matas de llantos crudos, ásperos.
“Los
dibujos no son obras sino redes de alambres aptas para encausar la
tensión acumulada –decía Szalay–, esta es la razón por la que no se
pueden desarrollar. Están bien o mal tal como están. No se pueden
modificar o corregir porque son la fijación de un estado único.”
Muchos
hablan de la línea tortuosa y desgarrada del artista; y tienen razón.
Pero lo más interesante de ellas es que –tal como establece Luis
Felipe Noé en sus reflexiones sobre el dibujo– marcan el ritmo de una
respiración: en este caso, la de Szalay. Y no hay respiración que se
repita, que sea igual a otra. Líneas, entonces, tampoco.
LA CONDENA. De la Serie Kafka. Tinta sobre papel, 1980. |
Frente a
los dibujos de Szalay uno puede percibir algo más: el enorme placer que
él iba sintiendo al probar hasta dónde lo podía llevar una línea, a
medida que avanzaba sobre el papel. A diferencia de otros artistas,
Szalay dejaba este proceso al descubierto. La línea es, entonces, la
avanzada, una primera fila del impulso, de la idea: quizás el elemento
más abstracto y conceptual de todas las artes plásticas. Una nada que
puede convertirse en todo: un grito, una cópula, una siesta.
Hay
otro elemento importante en sus obras: se trata de la densidad de la
tinta y de cómo él la utiliza sobre el papel. Cómo raspa la superficie,
hiriéndola. Cómo, otras veces, la acaricia. Cómo en algunos casos
baila sobre ella, suave, ligero como un vals. En algunos casos, trazo,
tinta y papel revientan, como en la serie de la Tragedia húngara.
“Nunca
me voy a olvidar del día de octubre de 1956 en el cual Szalay entró en
mi oficina del diario con los ojos rojos y muy excitado –contó cierta
vez Janos Fercsei, editor del periódico húngaro de Buenos Aires– y me
dijo: hace tres días que estoy sin dormir dibujando al lado de la
radio. Y me mostró unos sesenta dibujos.” Eran acerca de la sangrienta
revolución húngara del 56. En la exposición están, pueden verse: son los
pertenecientes a esta serie de la Tragedia…
“Rescate”, “Pánico”, “Después del alerta”, “Fusilamiento”, “Partir a la
muerte”, “La guerra”. Aunque algunos son posteriores, se relacionan.
Dejan constancia de que Szalay sintió siempre a su tierra como una
extensión carnal. Como un cordón umbilical que necesitaba, del que se
nutría.
Por eso no hay dos, ni tres, ni más Lajos Szalay. Ni
siquiera hay artistas parecidos. Sí, claro, Szalay hizo escuela; pero
sus discípulos van por otro lado. Porque ¿acaso se puede enseñar la
experiencia, la línea…? No. No se pueden enseñar. Son marcas tan
personales como la misma biografía. Como este testimonio de
sobrevivencia, inmigración, nervio y amor que son los trabajos del gran
Lajos Szalay. Un simple dibujante húngaro.
FICHA
Lajos Szalay. La Línea Maestra
Lugar: Museo Eduardo Sivori, Av. Infanta Isabel 555 (frente al Rosedal de Palermo)
Fecha: hasta el 15 de julio
Horario: martes a viernes, 12 a 20. Sab, dom y feriados, 10 a 20.
Entrada: gratis
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