Exuberantes y vitales, los artistas retoman el hilo, la aguja y la porcelana para crear una obra en que lo culto y lo popular son uno. En la galería Ruth Benzacar, hasta el 10 de agosto.
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AUTORRETRATO. "Familia coyita", los dos artistas junto a su perro Piolín. |
Chiacchio & Giannone son dos artistas exuberantes como una
madraza italiana. Cualquiera de estas telas -¿cuadros bordados?- delatan
horas, días, meses de trabajo persistente y callado. Se escucha la
televisión de fondo, el cotorreo infinito de las conversaciones, las
carcajadas –trabajan con ayudantes y reciben amigos todo el tiempo, sin
por eso largar la aguja y el aro– pero más allá de estas estridencias,
que obviamente se traducen en la obra, la muestra en la galería Ruth
Benzacar trasmite tranquilidad hogareña. La pareja tiene un hijo-perro,
Piolín, un salchicha negro de ojitos brillosos. Se lo ve contento,
abrigadito y bien alimentado. Los tres aparecen retratados en distintas
secuencias de una vida fantaseada: en la cama con gorros de lana y
mitones, en la selva con flores, pájaros y monos, en un altar mexicano,
en medio de una ciudad en llamas rodeados por un ejército de bomberos
con los torsos desnudos. Hay en todas las escenas un exceso vital que
hasta el infierno más temido resulta optimista.
Leo Chiacchio
(Buenos Aires, 1969) y Daniel Giannone (Córdoba, 1964) se conocieron
hace diez años en el balcón de la casa de un amigo, durante una fiesta.
Cada uno por su lado, los dos bordaban. Fue el punto de encuentro.
Obviamente, esa misma noche se besaron. Desde entonces viven y trabajan
juntos. Su primera obra de a dos fue –en Estudio Abierto en Harrods,
2003– un viejo colchón matelaseado, con la imagen de los dos durmiendo
juntos, abrazados, rodeados de sapitos y vaquitas de San Antonio de
plástico. No habría mejor portada para este cuento de hadas queer y
tercermundista.
La tela más grande en la sala es un gobelino de
casi tres metros por cinco de largo. Técnicamente no es un tapiz porque
no fue tejido. Podría decirse que es una tela reprocesada. Sobre las
bases textiles, que pueden ser paños antiguos o estampados sintéticos,
se ejecutan distintas técnicas de bordado, algunas experimentales,
incluso superpuestas en capas, que terminan por configurar un nuevo tipo
género. Muchas de estas técnicas las aprendieron de Alicia, la
presidenta de la Asociación de Bordadoras Argentinas, una gran amiga que
murió el año pasado y con quien se pasaban tardes enteras bordando y
charlando. Ella solía decirles que habían llevado este arte menor a la
categoría de gran arte. Ellos le enseñaron que un error puede hacer
especial a un trabajo.
Ahí no queda la cosa. Porque si al rescatar
este artesanado típicamente femenino se pretendía poner en cuestión las
jerarquías estéticas y sociales, era necesario probar la tesis en otros
ámbitos. La muestra se completa con un conjunto de piezas de porcelana
que realizaron durante una temporada de trabajo en la fábrica Verbano,
en la localidad santafesina de Capitán Bermúdez. Durante dos meses, como
cualquier obrero, los artistas concurrieron a la planta de lunes a
sábado de siete de la mañana a seis de la tarde para experimentar con
los procesos industriales. La serie de los ekekos, con sus ropitas de
macramé, sus brazos altos en gesto dadivoso a lo Juan Domingo Perón y
sus cuerpos florecidos de hazas y picos de tetera, son el sumun de la
providencia; una suerte de matrimonio igualitario entre el rito pagano
sudamericano y la ceremonia arribista de abuela europea.
Las
estructuras y los conceptos, incluso en su altísimo grado de intensidad,
vienen a decir que nada está fijo, que no hay fronteras. Hibridación
total para el erotismo total, podría ser el primer mandamiento. Pasan
ante los ojos los cuadros modernos, los diseños precolombinos, las
películas de consumo global, los libros de antropología, los viajes por
el mundo y el folclore criollo. El mundo de Chiachio & Giannone está
en constante expansión como un manto vegetal que amenaza con
fagocitarse hasta el último producto de la cultura humana. Abajo quedará
sepultada la contraposición natural-artificial. La esencia, acá, es el
encuentro. Uno en dos. Dos en uno. En ese orden alternativo, estos
retratos de familia se leen como símbolo de una epopeya. Ya no importa
si se proyectan como guerreros aztecas, santos cristianos, samuráis,
marines, actores porno o próceres de mayo, de una u otra forma Chiachio
& Giannone y Piolín serán los embajadores de una épica
contemporánea.
Fuente: Revista Ñ Clarín
Fuente: Revista Ñ Clarín
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