PRESENTARON EN MÉXICO
EL RESCATE DEL MURAL DE SIQUEIROS


Una delegación argentina dio detalles de la saga de la obra y su restauración.



Por Mercedes Pérez Bergliaffa - MÉXICO. ESPECIAL

Imponente y arqueológica, futurista y repleta, la Ciudad de México parece un gran pulpo extendido por el que circulan masas sin parar. Como microorganismos o bichitos, los 23 millones de personas van despacio (el calor y la altura impiden el apuro).
En medio de esta maraña cae la noche y, en un lugar coqueto, algo alejado del centro, una casa se ilumina. Es la “Sala de Arte Público Siqueiros”, que se llenó de público el martes, durante la presentación que hizo el gobierno argentino del proceso de rescate de Ejercicio plástico, el mural que David Alfaro Siqueiros pintó en nuestro país en 1933 y que ahora está restaurado, aunque todavía no accesible al público, en la ex Aduana Taylor, detrás de Casa de Gobierno.
El mural tiene una historia complicada, sufrida, que se debe tanto a su valor artístico como al de mercado. Y a un largo intríngulis de amores y sexo, que envolvía al pintor, al periodista Natalio Botana (en cuya casa se pintó el mural), a Blanca Luz Brum (pareja de Siqueiros y amante de Botana) y hasta al propio Pablo Neruda.
Mural fuera de serie, en 1991 fue extraído del sótano donde estaba, cortado en seis partes y guardado en containers. Una difícil trama judicial lo dejó ahí durante 17 años.
De todo esto se habló en la conferencia, donde estuvieron la directora de Asuntos Culturales de Cancillería, Magdalena Faillace –cabeza de la comisión creada para el rescate de la obra–; Miguel Díaz Reinoso –ex agregado cultural de México en Argentina–; la embajadora argentina en México Patricia Vaca Narvaja; la directora del Centro Nacional de Conservación del Patrimonio Artístico Mueble, Gabriela Gil y Cecilia Jaber Breceda, directora de Asuntos Culturales de la Cancillería mexicana.

CLIMA. OBRAS DE OTROS ARTISTAS CON MURALES DE SIQUEIROS EN LOS MUROS.

CLIMA. OBRAS DE OTROS ARTISTAS CON MURALES DE SIQUEIROS EN LOS MUROS.

La casa de Siqueiros estaba llena. Había especialistas, periodistas, estudiantes y “argenmex” como Noé Jitrik y Tununa Mercado. Estaban también Taiana Pimentel, directora de la Casa Siqueiros, y el artista Pedro Roth, quien presentaba fotos del mural, junto a obras sobre el tema de los fotógrafos Annemarie Heinrich y Aldo Sessa (quien, como Roth, donó las fotos para que queden en México). Todo tenía como telón de fondo los inmensos murales originales de Siqueiros, que abarcaban paredes, piso y suelo.
Mientras, la conferencia –intercalada con proyecciones de fotos y videos del rescate– mostraba el mural durante los años que pasó en containers, en San Justo –húmedo, fraccionado y con estalactitas–; los detalles técnicos de la restauración; la historia de colaboración intergubernamental y hasta la alegría de presentar este proceso en el mismo México, lugar de nacimiento del artista y corazón del muralismo político del Siglo XX.
La historia del mural, decía Díaz Reinoso, “fue una cruzada de funcionarios, expertos y periodistas”. Y también “una especie de leyenda para los mexicanos, quienes siempre escuchábamos decir que había un mural de Siqueiros en Argentina… Hasta que supimos que había un litigio y nos dijimos: ‘Finalmente sí, el mural existe’”.
“Durante muchos años –dijo Faillace– el mural era algo secreto, de lo que no se hablaba en los círculos culturales, dado que había gente que no quería que se supiera de él”. La embajadora aludía a supuestas intenciones de sus dueños de sacarlo del país, en los años 90. “Ahora el mural está expropiado”.
Siqueiros, quizás el más grande de los cuatro maestros del muralismo, ya puede descansar en paz. Su Blanca Brum gigante, pintada, erótica, reposa tranquila en Buenos Aires, en la misma Casa de Gobierno. “No hay más ruta que la nuestra”, decía Siqueiros, “la más alta, la más lógica, la más pura. Porque es para el pueblo”.

Fuente: Revista Ñ Clarín

LAS LUNETAS, OTRO GRAN RESCATE
PARA EL MURALISMO ARGENTINO


Pintadas por Lino Eneas Spilimbergo, Juan Carlos Castagnino, Demetrio Urruchúa y Manuel Colmeiro, “el equipo de Siqueiros”, las obras integraban el conjunto mural más importante del país. Ubicadas en las Galerías Pacífico, fueron extraídas y abandonadas en depósitos en 1990, cuando el edificio se convirtió en Shopping. El Centro TAREA del Instituto de Investigaciones sobre el Patrimonio Cultural de la UNSAM las restauró y las presenta en el Museo del libro y de la lengua.


Por Victoria Reale

Imponentes, y otra vez a la vista del público, La lunetas, el conjunto mural más importante que alguna vez se pintó en la Argentina, agrega un nuevo y fecundo capitulo a la saga de rescates que comenzó a escribirse con Ejercicio Plástico, el famoso mural de David Alfaro Siqueiros que hoy se ve en Casa de Gobierno. El mismo equipo de restauradores trabaja ahora en los detalles finales de Primavera, de Lino Eneas Spilimbergo; Verano, de Manuel Colmeiro; Otoño, de Juan Carlos Castagnino,  e Invierno  de Demetrio Urruchúa, Las lunetas, que fueron pintadas al óleo en 1946 y estuvieron abandonadas durante dos décadas en una historia insólita pero con final feliz.
Más de una década después de haber colaborado con David Alfaro Siqueiros en la realización de Ejercicio Plástico (1933), Antonio Berni, Spilimbergo y Castagnino decidieron formar junto a Urruchúa y Colmeiro el Taller Arte Mural (TAM), en 1944. El grupo estaba impregnado por los valores que sostenía el muralismo mexicano, que buscaba socializar el arte y retratar la realidad de su país. Influenciados por la figura de Siqueiros, el grupo TAM quería pintar en grandes superficies públicas para que el arte fuera accesible para todos.
En 1945, los arquitectos Jorge Aslan y Héctor Ezcurra iniciaron la remodelación del edificio Pacífico, separando la galería de comercios de las oficinas del Ferrocarril Buenos Aires al Pacífico. Las reformas incluyeron el techado con bóvedas de hormigón armado de sus calles internas, convergiendo en una gran cúpula en el espacio central del crucero. Y los arquitectos convocaron al TAM para pintar esta nueva cúpula de hormigón con murales al fresco. Los temas que eligieron los cinco pintores se basaron en valores esenciales del hombre y su medio.
De estas obras, Las lunetas se ubicaban en los accesos principales del edificio dedicadas a las cuatro estaciones del año. En cada luneta se representaba a dos personajes  relacionados con el trabajo rural. Fue el único trabajo que realizó el TAM, ya que por falta de espacios en donde pintar, el grupo se disolvió tiempo después.
Tras años de abandono, el edificio Pacífico fue reciclado en 1990 por el estudio del arquitecto Juan Carlos López, para convertirlo en el actual shopping Galerías Pacífico. Durante la remodelación,  fueron extraídos los cuatro murales y Las lunetas quedaron abandonadas sin ningún cuidado en distintos depósitos.
Hasta que en 2010, el Ministerio de Planificación Nacional convocó el Centro TAREA del Instituto de Investigaciones sobre el Patrimonio Cultural de la Universidad Nacional de San Martín, especializado en conservación y restauración de la producción pictórica, escultórica y bibliográfica, para rescatar los cuatro murales. El Centro TAREA ya contaba con antecedentes importantes: ese mismo año había finalizado la puesta en valor de Ejercicio Plástico, la famosa obra pintada en la década del 30 por el Equipo Poligráfico, compuesto por David Alfaro Siqueiros, Lino Enea Spilimbergo, Antonio Berni, Juan Carlos Castagnino y Enrique Lázaro.
Damasia Gallegos, directora del Centro TAREA, le contó a Revista Ñ cómo trabajaron con Las lunetas. Primero hicieron un relevamiento fotográfico de las obras. Después tomaron muestras de la capa pictórica, que fueron analizadas en la Universidad de Perugia, Italia. Así supieron que las obras habían sido pintadas al óleo. “Protegimos Las lunetas para que los especialistas de la Universidad Tecnológica Nacional pudieran cortar el hormigón y trasladar las obras al Museo del Libro y La Lengua”, cuenta Gallegos. Las mudaron rápido, cuando el edificio todavía no tenía el techo. “Las metieron con la ayuda de una pluma y se ubicaron según un diseño del arquitecto Clorindo Testa”, agrega.
Una vez inaugurado el Museo del Libro y La Lengua de la Biblioteca Nacional, en septiembre del año pasado, el equipo de restauradores pudo comenzar la tarea de limpieza de las obras, removiendo incluso algunos repintes que realizó Antonio Berni en los años 70. Durante ocho meses, los restauradores trabajaron simultáneamente en dos de las obras, llevando adelante la consolidación de la capa pictórica, la  nivelación de superficie y la  reintegración de faltantes y de las mermas de la pintura. Todo se hacía a la vista del público que visitaba el museo.
“Cuando se restaura una obra se usan técnicas para que se pueda distinguir la parte original de lo realizado por los restauradores. En nuestro caso, utilizamos la técnica italiana llamada Tratteggio, una combinación de pequeñas rayas y puntos. Así, si el espectador se aleja puede leer la imagen completa, pero si se acerca puede distinguir el trazo original del restaurado”, explica la directora del Centro TAREA. Y agrega que “en el caso de Otoño, de Castagnino, como se perdió un 70% de la obra en un incendio que sucedió en un depósito en Barracas, decidimos restaurarla con un tono de valor más alto, lo que significa que está un poco más claro. Por suerte había registro fotográfico, así que proyectamos la foto en el mural y dibujamos el faltante de la obra. Se ven todavía algunas líneas del dibujo, porque la idea es que el visitante pueda ver cómo era, pero no intentamos emular lo que fue”.
Mediante un abordaje interdisciplinario, que incluye la conservación, la química y la historia del arte, el Centro TAREA recuperó de manera estética y formal los murales perdidos de las Galerías Pacífico. “Uno de los principios básicos de la restauración es aplicar materiales que sean reversibles. Trabajamos con colores al agua que fácilmente se pueden retirar. Otra de las consignas es la mínima intervención, uno retoca donde hay faltante, no se trabaja dentro del original”, destaca Gallego.

DÓNDE Y CUÁNDO:
El miércoles 22, a las 16, en el auditorio del Museo del Libro y la Lengua, situado en Avenida Las Heras 2555, habrá una primera presentación de la restauración de Las Lunetas. Pero ya anuncian que en los próximos días se hará la inauguración oficial.

Fuente: Revista Ñ Clarín

UN VIAJE QUE CAMBIÓ EL ARTE


¿Qué tienen en común Leonardo y Damien Hirst? se pregunta el autor de esta nota. Arte, mercado y obras que cambiaron el rumbo.


Por Eduardo Villar

“Este trabajo de Damien Hirst, el artista más marketinero de nuestro tiempo, es un emblema de aquello en que se ha convertido el arte (...) Lo que une a la Mona Lisa con esta burbuja de diamantes es que ambas obras iniciaron un gran cambio en el mundo del arte. Ese cambio es sobre el dinero (...) He visto con creciente asco la sobrevaloración del arte, la inflación de los precios y los efectos de todo esto sobre los artistas y museos. La asociación de grandes sumas con el arte se convirtió en una maldición sobre el trabajo de los artistas y, sobre todo, sobre la manera en que el arte se experimenta. Y ha infectado todo el mundo del arte”. Con estas palabras masculladas con desprecio mientras pasan ante los ojos imágenes de la obra icónica del Renacimiento y de “For the Love of God”, la calavera de diamantes incrustados de Hirst, la obra presuntamente más cara de la historia aunque nadie la haya comprado, comienza La maldición de la Mona Lisa , una película del crítico australiano Robert Hughes, a la que se puede acceder en YouTube, subtitulada en español y dividida en seis partes de unos 12 minutos cada una. En ella, Hughes establece el viaje en barco de la Mona Lisa desde París hasta Estados Unidos, en 1962, como el hecho que cambiaría para siempre la escena del arte. Recibido por el presidente Kennedy y su esposa Jackie como si fuera una estrella de cine, visto por más de un millón de estadounidenses en el Metropolitan Museum, el retrato de Leonardo –dice Hughes– dejó de ser una obra de arte para convertirse en un ícono del consumo de masas. La gente hacía cola para pasar frente a ella como en Disneylandia. No para tener una experiencia estética real sino para decir “yo vi a la Mona Lisa”. A partir de entonces, nada fue igual. Hoy el arte es, además de las drogas, el mercado mayor y menos regulado del mundo, con ventas de cientos de miles de millones de dólares por año. Robert Hughes murió el 6 de agosto en Nueva York, a los 74 años. El arte perdió a uno de sus críticos más lúcidos y feroces.

Fuente: Revista Ñ Clarín

"DIALOGO CON LA CIUDAD PARA ELEGIR EL LUGAR DE CADA OBRA": GYULA KOSICE

Cuenta que ese fue el proceso para montar Corazón Planetario, su megaescultura preferida. ¿Buenos Aires? “Yo gozo de esta Ciudad”.

Taller. Sus obras combinan agua, luz y movimiento. Su Ciudad Hidroespacial recorrió el mundo. / pepe mateos

Por Einat Rozenwasser


Agua. Afuera porque llueve, como corresponde a la nueva modalidad de los agostos porteños. Adentro porque su mundo tiene mucho de eso que fluye, entonces el gris se vuelve azul y hay un aire fresco que sobrevuela entre destellos y luces de colores. Gyula Kosice asoma desde el fondo de su taller. El delantal oscuro, papeles, teléfonos, ganas de conversar. “Me tengo que ir al mediodía, pero deciles que necesitás un ratito más”, trampea en voz baja mientras terminamos la recorrida por su museo, en Almagro.
Alrededor, su obra. Desde La gota de agua acunada , primera experimentación mundial con el hidrocinetismo (1948), hasta el Discontinuo de agua móvil , que terminó hace dos semanas. Están las esculturas iluminadas, las que tienen movimiento, sonido, las fotos de los grandes monumentos (hay en Buenos Aires y en La Plata, en Neuquén y en Uruguay, en Corea y en Israel), el arte que responde a su Manifiesto Madí (abstracto, no figurativo, sin melancolía) y, claro, su Ciudad Hidroespacial. “Hace poco me hicieron un homenaje por mis 70 años de trayectoria. Pero no me preguntes qué edad tengo porque no lo quiero decir, no lo quiero oír ni lo quiero pensar”, larga el hombre que cambió apellido por el nombre de su ciudad natal.
Llegó al país cuando tenía cuatro años. “Veníamos desde Hungría y la travesía por el Atlántico duró 36 días en los que lo único que veía era agua y cielo”, cuenta. Al recuerdo suma el dato de que tanto nuestro cuerpo como el planeta tienen un 75% de líquido y ... ¡Agua va!
Cursaba 6° grado y todas las semanas pasaba por la biblioteca, donde le prestaban un libro a cambio de “su palabra”. Como era cumplidor, un día lo sorprendieron con un ejemplar enorme: Leonardo Da Vinci. “Me influenció muchísimo por los inventos y la multiplicidad de cosas que había hecho”, sigue.
Más cerca de los 18 se empezó a juntar con los artistas de la época en los bares emblemáticos de la Ciudad. Allí gestarían la mítica revista Arturo, el manifiesto y esa idea de que “el hombre no ha de terminar en la tierra”. Lo explica como una necesidad biológica. “Tiene que ver con el crecimiento poblacional. Dentro de 30 años, ¿dónde vamos a vivir? El espacio es infinito y no lo hemos ocupado salvo por los aviones”, razona. Su Ciudad Hidroespacial recorrió el mundo. Con su lugar de recepción y emisión de ondas lúdicas, el de olvidar el olvido, el de la estrategia de excavación de espejismos (puramente aéreo), el lugar para destituir la angustia o para que la expansión aritmética no se adueñe de la cantidad, entre otros.
La idea de la luz apareció en una publicidad de relojes. “Empecé a trabajar con neón 20 años antes que los norteamericanos. La diferencia es que ellos se hicieron ricos”, bromea. También tuvo que ver con el plan de iluminar con led el Planetario. “Hermoso”, sonríe.
En 1968 –dicen que era agosto, sí– hizo llover sobre la calle Florida. “Eran 150 metros de lluvia, desde el Instituto Di Tella hasta Harrods”, recuerda entre risas. Y apunta: “Me tenés que preguntar qué es para mí la creación: el arte es la moneda de lo absoluto. Está mucho más allá de las superestructuras ideológicas del mundo. Por eso prevalecen las grandes escuelas de arte sobre las políticas”.
De sus megaesculturas prefiere Corazón Planetario, emplazada en la entrada de la Fundación Favaloro. ¿Cómo trabaja para montar una obra tan grande? “Primero entablo un diálogo de cinco a seis cuadras a la redonda para conocer como respira esa ciudad, por qué en ese lugar”, expone. De ahí a la maqueta, de la maqueta a la posteridad.
-¿Le gusta esta Ciudad?
-Cada vez más. No solamente por el bullicio normal de una ciudad cualquiera sino porque está plagada de una gran reminiscencia a París, donde viví siete años. A veces veo calles o cosas inesperadas. Vivo frente al zoológico desde hace 40 años y cuando vuelvo del taller en el auto siempre miro el tercer piso de una casa, no departamento, que en el frente tiene pintura abstracta. Yo gozo de la Ciudad.

Fuente: clarin.com


ROBAN UN DIBUJO DEL MUSEO SÍVORI:
CREEN QUE EL LADRÓN LO TIRÓ AL INODORO


Los empleados atraparon a un sospechoso en el baño. Encontraron el marco y el paspartú, pero no el dibujo.



Juntos. Cortázar y Eduardo Jonquières. Un libro de 2010 reproduce las cartas de esta amistad./Alberto Jonquières


Por Julieta Roffo


"Misterio sin fuga: el martes a la tarde, después de las 18, el plantel casi completo del Museo de Artes Plásticas Eduardo Sívori colgaba las obras que saldrán a remate en la décimotercera edición de un evento que la institución organiza año a año. Simultáneamente y cuando la guardia de sala se había ausentado de la muestra Jonquières: 50 años después, de París a Buenos Aires , un hombre sustrajo el dibujo Retrato de muchacho .

“El joven entró y salió varias veces del museo y eso llamó la atención del personal, que cuando vio movimientos sospechosos lo siguió hasta el baño”, reconstruye María Isabel Larrañaga, directora del Museo, y agrega: “Cuando salió del cubículo, con los ojos inyectados en sangre, los dos trabajadores del museo encontraron el marco y el paspartú del dibujo, pero la obra no estaba”.
La obra, dice Larrañaga, no tiene valor de mercado. Si hay que tasarla, calcula que vale unos 300 pesos.
Desde el Sívori se comunicaron con la Policía y cuando los oficiales de la Comisaría 23 inspeccionaron al implicado, no encontraron el dibujo de Jonquières, que pertenece a la colección privada de su hijo , Alberto, que vive en París y viajó a Buenos Aires para presenciar la muestra que homenajea a su padre, Eduardo. “Desolado”, se autodefinió ante el robo de la obra, aunque se consoló pensando que “se trataba de algo chiquito”.
Para Larrañaga hay dos posibles destinos para el misterioso dibujo: el hombre que lo sustrajo se lo pasó a otra persona antes de ser encontrado –algunos miembros de la Asociación Amigos lo vieron recorriendo las salas en compañía de otro hombre– o descartó el dibujo por el inodoro.
La directora abona más la segunda teoría , pensando en que al hombre se le habría mojado el dibujo figurativo realizado durante los años 20, porque asegura que en el paspartú “había restos de tinta chorreada”.
Desde la Comisaría 23 confirmaron a Clarín que un hombre de 28 años fue demorado allí por la sustracción del dibujo y que se le abrió una causa por hurto. Ayer, el implicado ya no estaba en la dependencia policial por tratarse de un delito excarcelable. Pero la causa sigue abierta en el Juzgado Nacional Correccional N° 5, a cargo de Walter José Candela. Ni desde la comisaría ni desde el ministerio de Justicia y Seguridad de la Nación pudieron agregar información sobre el destino de la obra.
La desaparición cinematográfica del dibujo de Jonquières convive con la preocupación de las autoridades y trabajadores del Museo Sívori –entre otras instituciones porteñas– por la seguridad en sus edificios.
La primera medida que se tomó en la institución fue abrir un sumario administrativo a las dos personas que realizan guardia de sala y al responsable de ambas. Pero Larrañaga se manifiesta “muy preocupada”: “Pedí mejoras en la seguridad y no obtengo ninguna respuesta”, explica, y dice que es una inquietud de varios museos.
Para ella, la tecnología no siempre es suficiente: el Sívori es monitoreado por ocho cámaras, pero hay sectores que quedan ciegos , como la pared de la que se sustrajo el dibujo de Jonquières. “Luchamos para que se mantuviera la presencia humana durante las 24 horas, y aunque por ahora continúa, la última comunicación oficial que se dio ordenaba retirar a los encargados de la seguridad nocturna ”, explica. Sin ese sereno, dice, “habría muestras y artistas en los que ni siquiera hubiera pensado”.
“Parece un caso de Poirot” (el detective de Agatha Christie), dijo Larrañaga. Un poco bromeando, otro poco en serio.


Fuente: Revista Ñ Clarín

SARA FACIO: TESTIGO DE SU TIEMPO


Retrató el alma de los argentinos y el pulso de una época en sus fotos. Se puede ver en las 200 obras, algunas inéditas, exhibidas en su muestra antológica del Recoleta, por el Festival de la Luz.

TITA MERELLO. Tomada en Buenos Aires en 1976. De la serie escenarios.

Por Marina Oybin


Sara Facio confesó alguna vez que se propuso ser testigo de su tiempo. Lo hizo con tanta intensidad y pasión que llegó al alma de los retratados, famosos o ignotos como aquellos de su serie de los funerales de Perón. Ahí está, apenas uno ingresa en la sala, Julio Cortázar, el cigarrillo apretado entre los labios y el ceño tan fruncido que contrasta con sus rasgos aniñados. Las fotos de Facio integran nuestro imaginario. ¿Quién otro es Borges sino ese hombre de impecable traje, en la antigua Biblioteca Nacional de la calle México, arrodillado junto a unos estantes buscando libros? Y uno no imagina retrato más preciso, de esos que llegan al núcleo de la personalidad, que el de Sabato, apesadumbrado, de negro, en Parque Lezama corroído por el frío.
Esas son algunas de las 200 fotos exhibidas en la magnífica muestra antológica Sara Facio - Fotografías , con curaduría de Elio Kapszuk y Renato Rita, en el Centro Cultural Recoleta, en el marco del Festival de la Luz. Están sus series más conocidas, y dos hasta ahora inéditas: “Por amor al arte”, que pone el foco en el público en diferentes museos del mundo (un interés que también sedujo a Robert Doisneau) y “Escenarios”, que incluye fotos de Tita Merello, de La vuelta al hogar (Torre Nilsson y Sergio Renán) con cautivante cruce de miradas entre los personajes y de la filmación de Los siete locos .

RODOLFO MEDEROS. Buenos Aires,1970. Foto de la serie escenarios.

Tras esa famosa foto que Facio le tomó a Cortázar, vinieron muchas otras y llegó también una fuerte amistad entre ambos. Uno descubre a Julio, con una careta monstruosa, jugando con Gabriel García Márquez: están distendidos, tirados en un sofá, la bandeja con comida a un lado. Siguiente toma: Julio se quita la máscara y muestra su cara de chico dulce barbado. Y hay más: primerísimo plano cerrado de Julio abstraído; se lo ve junto a sus compañeros de la Federación Gráfica Bonaerense o riéndose, relajado, fumando un habano. 
Sara se apasiona con cada tema, indaga, lo sigue en el tiempo. Su serie de fotos de Borges va de 1963 a 1980. La De Brujos y Hechiceras , donde captura, sólo por dar unos ejemplos, la belleza de Rómulo Macció y Carlos Alonso, arranca en 1990 y llega a 2005. En Escritores de América latina (1960-2005) están, entre muchísimos otros, Carpentier, Orozco, Marechal, Rulfo, Fuentes, Neruda, Pizarnik, Onetti... Hay varias fotos de María Elena Walsh. Ahora, mientras las miramos, Sara cuenta que a María Elena no le gustaba que le tomara tantas fotos, a veces parecía molesta, se enojaba. Pero la cámara de Sara, sus ojos, no podían evitarlo. Ahora, al recordarlo se sonríe con ternura. “Sara Facio me ha retratado infinidad de veces –confesaba María Elena–, muchas contra mi voluntad, pero siempre me permitió reconocerme como querría ser”.
Hay imágenes imborrables de la serie Perón vuelve (1972/1974) que la fotógrafa tomó cuando trabajaba para las agencias de noticias Sipa Press y Gamma, como la de un hombre agitando una Itaka en el palco, el día de la masacre de Ezeiza. Y fotos de la serie Los funerales del presidente Perón con la espera en el Congreso, la gente protegiendo de la lluvia los ramos de flores. Quién es capaz de olvidar a ese hombre leyendo el diario con una palabra como título de tapa: “Murió”.
Y están esos “muchachos peronistas” de mirada vidriosa, una foto con historia trágica: años después de haberla tomado, Sara se enteró de que el chico que ocupa el centro de la escena, el que lleva en el hombro un paño negro en señal de luto, es ahora un desaparecido. Uno siente que no hay distancia entre la fotógrafa y esos “muchachos peronistas”. Hay alquimia en ese clima especial que evidencia que a Sara le gusta poner el cuerpo, acercarse a la gente. “No soy de los fotógrafos que sacan de lejos con tele o que están fuera de la escena: yo estoy ahí al lado”, dice.

UFA. Con las fotos. Buenos Aires 1976.

Le consulto qué fue lo más apasionante que le tocó fotografiar, cuáles fueron los momentos más intensos. No duda: “Las fotografías que tomé con Alicia D’Amico para el libro Humanario ”. Y agrega: “Esas fotos –muchas están en sala– fueron encargadas en 1966 por el interventor de la Dirección de Salud Mental del Ministerio de Salud Pública para registrar las condiciones edilicias y el abandono de los hospicios. Querían sumar estas imágenes a un informe para pedir mayor presupuesto para su área, pero nosotras sacamos, además, fotos de los internados, que era lo que realmente nos interesaba”. Son imágenes de enfermos psiquiátricos del Moyano, el Borda y de un manicomio en Open Door que las fotógrafas conservaron para sí. “No pudimos mostrar las fotos hasta 1985 porque cuando estaban los militares, como el texto del libro era de Julio Cortázar, que estaba prohibido, no nos dejaron mostrarlas”, explica. Esa vida intramuros a la que nos acerca la serie Humanario es potente. Estremece.
Testimonio de su tiempo, la fotografía de Sara Facio se revela voraz, intensa, conmovedora. Uno no puede dejar de pensar en esas imágenes que nos tocaron profundamente y que la retina, y el corazón, conservan grabadas, indelebles.

Fuente: Revista Ñ Clarín

REVELAN LOS SECRETOS DEL GALEÓN
HALLADO EN PUERTO MADERO

A cuatro años de su descubrimiento, los arqueólogos afirman que era un barco de comercio, hecho con roble del Cantábrico en 1747. Traía hierro y aceitunas. Sus reliquias se verán en un mes en Monserrat.

El hallazgo. Los restos del barco, encontrados durante la excavación del complejo Zen City. /maría eugenia cerutti.

Por Nora Sánchez



A casi cuatro años de su hallazgo, el viejo barco español que apareció en Puerto Madero sigue revelando sus secretos . Los investigadores ahora saben con certeza que era un pequeño navío mercante privado de mitad del siglo XVIII. Y descubrieron que traía aceitunas y lingotes de hierro, entre otras mercancías para vender en Buenos Aires.
A cargo del proyecto están Mónica Valentini y Javier García Cano, dos especialistas en arqueología subacuática que trabajan en un laboratorio en Bolívar 466, sede de la Dirección General de Patrimonio e Instituto Histórico de la Ciudad. Allí guardan las 15.000 piezas recolectadas en el sitio del hallazgo, incluyendo centenares de fragmentos de objetos que ellos reconstruyen con paciencia. Algunos serán exhibidos por primera vez desde el 14 de septiembre, en una muestra en la Casa de Liniers.
La historia del barco se remonta a 1747, el año en que un carpintero del mar Cantábrico taló el roble para construirlo. Así lo determinó la dendrocronología, una técnica que averigua la antigüedad de la madera analizando los anillos que marcan el crecimiento anual del árbol. El carpintero armó un navío modesto pero robusto, con no más de 30 metros de eslora y una bodega de proa a popa.
“Era un barco mercante privado –dice García Cano–. No pertenecía a la corona ni hay registros de él. El dueño se lo encargó al carpintero y le sacaba rédito comerciando por su cuenta. Una teoría es que traía contrabando. Pero hacia 1750, Buenos Aires tenía 40.000 habitantes, carecía de manufacturas y casi toda su economía era informal”.

Metales. Una pieza hallada, con el arqueólogo García Cano. /néstor sieira

Pero el Río de la Plata, con su poca profundidad y sus bancos de arena, fue una trampa para el navío, que encalló o tuvo un accidente , como lo revela su quilla rota. Quedó en río abierto, cerca de la desembocadura del Riachuelo, en lo que hoy es Puerto Madero. Se sabe que la tripulación pudo abandonarlo, porque no quedaron restos humanos. En cambio, encontraron gran parte de la carga, incluyendo numerosas botijas de arcilla enteras y fragmentadas. Algunas conservaban su tapón de corcho y una hasta tenía un sello sujeto con una cuerda. “En una había carozos de aceituna”, cuenta García Cano. Otras tenían brea y resina de pino para el mantenimiento del barco.
También había fragmentos de jarras. “Cuando las reconstruimos descubrimos que eran alcarrazas, como las que se ven en cuadros de Zurbarán o Murillo. Son de una cerámica porosa que mantiene fresca el agua”, dice Valentini.
En un tablón de madera hallaron el detallado dibujo de un barco , hecho con trazos firmes con un elemento cortante. “No hay una pieza igual en Latinoamérica –afirma García Cano–. Evidentemente, lo hizo un marinero que sabía dibujar muy bien. Tal vez, durante sus ocho horas de descanso o en una estancia castigado en la bodega”.
Entre otros elementos de metal, encontraron clavos, tachuelas y pernos de hierro forjado que eran parte del barco. Entre la carga había también hachas y azuelas. Se cree que una parte era para trabajar sobre la embarcación y otra, pudo haber sido para las minas de Potosí. También había platinas. “Son lingotes de hierro que traían para fundir y hacer herramientas, porque en Buenos Aires no había hierro.

Metales. Una pieza hallada, con el arqueólogo García Cano. /néstor sieira.
Incluso los cuatro cañones hallados pueden haber sido chatarra para la fundición. Son de principios del siglo XVIII, de hierro gris y de un calibre chico. Eran baratos y rústicos. Y no estaban las cureñas, que son las estructuras de madera sobre las que se montaban. Ahora estamos reconstruyéndolos en 3D”, dice García Cano.
También aparecieron algunos elementos textiles: “Hay un fragmento muy pequeño de lo que pudo haber sido un cinturón o un arnés –cuenta Valentini–. Y también están los cabos del barco”. Por otra parte, sorprenden las 29 pipas de cerámica y de caolín encontradas. “Hay una con tres flores de Lis, que podría ser del siglo XVIII y provenir de Gouda, Países Bajos”, explica García Cano.
“Somos conscientes de la importancia científica e histórica de estas investigaciones –dice el ministro de Cultura porteño, Hernán Lombardi–. Por eso no quisimos quedarnos con el hecho azaroso del descubrimiento del barco, sino que apoyamos el trabajo de los arqueólogos para la conservación de los elementos encontrados y para conocer más datos sobre la travesía”.
En abril de 2010, el barco fue enterrado a dos metros bajo tierra en Barraca Peña, en condiciones ideales de oxígeno y humedad. Para monitorear su grado de preservación, le pusieron sensores. García Cano confirma: “El pecio está estabilizado y en buen estado”. Y es ahí, en La Boca, donde este viejo navío finalmente encontró su puerto.

Historia escondida en otras dos excavaciones


Fragmentos. Cerámicas pintadas, halladas en Plaza San Martín./g.castaing.

La historia de Buenos Aires está resurgiendo de las entrañas de la tierra, de la mano de las investigaciones de la Dirección General de Patrimonio. Una de las exploraciones más importantes se realiza en parte de su propia sede, la Casa de Liniers, en Venezuela 469. En ese lugar, en junio encontraron miles de objetos de la vida cotidiana de los siglos XVII y XVIII.
La mansión donde vivió por seis años el virrey Liniers, y que pertenecía a la familia Sarratea, fue construida sobre otras viviendas. Los restos de esas otras casas quedaron enterrados junto con utensilios, como dedales de cobre, cascabeles, amuletos contra el mal de ojo y hasta un plato de mayólica portuguesa que data de entre el 1600 y el 1650.
En marzo, Patrimonio también condujo una investigación en la Plaza San Martín, que revela cinco siglos de historia porteña. A metros de San Martín y Libertador, excavaron hasta llegar a la tosca del antiguo lecho del río. Dejaron al descubierto un piso colonial, una pared de ladrillo y el piso del Hotel Retiro, que funcionó entre fines del siglo XIX y 1936. Allí también aparecieron cerámicas hispano-indígenas del siglo XV y mayólicas españolas del siglo XVII.

Fuente: clarin.com