EL QUIÉN ES QUIÉN DE LAS ESTATUAS

 
Secreta Buenos Aires


CIENCIA. SEIS PERSONALIDADES DE DISTINTO ORDEN, EN EL FRENTE DE LA SEDE CONSTRUIDA EN 1946.

Por Eduardo Parise

Si uno se guía estrictamente por los límites establecidos, las figuras están en Recoleta, el barrio que, según los que saben, es el que tiene más estatuas en la Ciudad. Pero si es por definición popular, la zona es parte del inexistente (para el catastro) Barrio Norte o bien integra el área del viejo Hospital de Clínicas. Como quiera que sea y se lo guste llamar, lo concreto es que las seis tallas están allí desde hace más de sesenta años y muchos nunca las vieron.
El edificio pertenece a la Universidad de Buenos Aires y alberga a la Facultad de Odontología. Fue construido en 1946, igual que varios de los que están en el sector. La entrada principal está en la calle Marcelo Torcuato de Alvear 2142 y allí es donde están las seis estatuas destinadas a recordar a personalidades de la ciencia. Pero como no están a ras del piso, suelen pasar totalmente desapercibidas.
Se cree que las colocaron en 1950 y, si se las mira de frente y de izquierda derecha, recuerdan a Galeno de Pérgamo, William Harvey, Wilheim Conrad Röntgen, Paul Ehrlich, Horacio Wells y Pierre Fauchard, figuras importantes para la historia, aunque poco conocidas entre los que cada día trajinamos Buenos Aires.
Y aunque no hay demasiados datos sobre los autores de esas estatuas, lo que sí abunda es la información sobre quiénes eran estos personajes y sus obras vinculadas con la ciencia. Veamos: Galeno de Pérgamo (130/200) fue un médico griego y se lo considera figura clave. Seguidor de la obra de Hipócrates de Kos, su obra más conocida ( El arte de la curación ) influyó durante siglos en la formación profesional. Su nombre es sinónimo de médico.
William Harvey (1578/1657), fue un médico inglés conocido por sus estudios sobre el sistema circulatorio y las propiedades de la sangre en todo el cuerpo. Se basó en las ideas de René Descartes y del español Miguel Servet.
Wilhelm Conrad Rötgen (1845/1923) fue un físico alemán que ganó el premio Nobel de Física en 1901. En 1895, trabajando con rayos catódicos, descubrió los Rayos X. Nunca quiso que llevaran su nombre, por cuestiones éticas rechazó patentes y donó el importe de su premio a la universidad donde trabajaba.
Paul Ehrlich (1854/1915) fue un importante bacteriólogo alemán quien en 1908 ganó el premio Nobel de Medicina. Realizó descubrimientos sobre la teoría de la inmunidad y en el campo de la quimioterapia.
Horacio Wells (1815/1848), fue un odontólogo estadounidense quien, en 1844, desarrolló el uso del óxido nitroso como gas anestésico para sacar las piezas dentales. Pero el fracaso de una prueba en 1845 le generó una gran depresión y dejó la odontología. Un año después, comenzó una disputa con otros profesionales por la patente del invento y en 1848 se suicidó.
Pierre Fauchard (1678/1761) fue un profesional francés a quien se considera el padre de la odontología moderna. Se formó como cirujano militar y su libro “El cirujano dentista; tratado sobre los dientes”(1728), se cataloga como el más importante de la especialidad.
Las estatuas en altura que recuerdan a estos científicos no son las únicas en Buenos Aires. Sin ir más lejos, en la Facultad de Medicina (Paraguay 2157) están las de Hipócrates, Bernard, Pasteur y Paracelso. Pero lo más curioso es el frente de la actual Facultad de Ciencias Económicas, sobre Córdoba. La escena representa a los médicos en medio de una intervención quirúrgica, algo extraño para la actividad que se desarrolla allí. Pero eso ya es en otro barrio (Balvanera) y esa es otra historia.

Fuente: clarin.com

EN EL PINCEL, UN MUNDO


Explorador


Conocido tanto por la excelencia de su técnica como por su rechazo a la exhibición pública, Ricardo Garabito es un empecinado defensor de los tiempos lentos de la pintura y del dibujo.


Los trazos del rostro emergen con suavidad, como si el pincel apenas hubiera rozado la tela. La sombra exacta en los ojos, el matiz afilado que otorga identidad a un paradójico desconocido (no sabemos quién es pero ¿sus rasgos acaso no son los mismos que vimos ayer, hoy mismo, en el subte, el colectivo, en cualquier calle porteña?).
El creador de estos particulares personajes vive en un caserón del barrio de Montserrat, en el que nada, absolutamente nada, sobra. El hogar de Ricardo Garabito (de 81 años), con sus paredes descascaradas, jardín al fondo y muebles en justa y necesaria medida, es de una austeridad que sólo se interrumpe en la mesa de trabajo, en los óleos, en la concienzuda tenacidad de quien desarrolla una técnica y la esculpe, la profundiza, no deja nunca de hacer de ella un hallazgo.
Allí, con dos tazas de café cargado y la bulliciosa compañía de sus perros, el artista recibe a LNR y advierte: "No puedo hablar de mi obra. Lo que no puedo decir con las manos, no lo puedo decir con la lengua."
Por si quedaran dudas, insiste: "Las muestras me sacan de mi eje. Siempre me peleé con los galeristas. Se creen que son ellos los que hacen al artista, y no es así."
Por cierto, no son muchas las muestras que Garabito, tan conocido por su renuencia a la exhibición pública como por la excelencia de su técnica, aceptó protagonizar sólo once exposiciones individuales a lo largo de su carrera, entre las que se cuenta una gran retrospectiva en el Museo Nacional de Bellas Artes, en 2007. Actualmente está presentando parte de su obra en el Malba: "Esta vez me fue muy bien -reconoce-. No me exigieron nada. Me trataron como si fuera un artista". Entonces el supuesto ermitaño, el aparente gruñón, se deshace en una sonrisa luminosa. La aclaración no es necesaria, pero la hace: "Tengo pinta de malo, pero soy bueno."
-En sus retratos, al menos, se percibe una mirada piadosa hacia los otros.
-No sé si piadosa. Comprensiva. Qué sé yo...
-¿Por qué dejó de dar clases?
-Mucho trabajo. Ya estoy grande. Pero a mis alumnos los sigo viendo, me siguen visitando. Mi relación con ellos siempre fue con humor. Claro que, cuando había alguien que no entonaba, un color que no entraba en el grupo... ¡afuera! [risas]
Lo que Garabito no cuenta es que por sus talleres pasaron los hijos de artistas de la talla de Rómulo Macció o Jorge Demirjián, quienes no dudaron en impulsarlos a tomar clases con el evasivo pintor de Montserrat.
-¿Realmente nunca nadie lo convence de que vaya a alguna inauguración?
-Me llegan invitaciones, pero no voy. Hay poca pintura hoy, poco dibujo. Todo es instalación. Yo les decía a mis alumnos: "¿Qué hacen acá, pintando?"
-¿Qué le respondían?
-Se reían... Yo les daba la posibilidad de que se fueran. Porque hay un olvido de los siglos de pintura hecha a mano, de la sensualidad de poner el color.
Cuando la inspiración no llega, Garabito riega el jardín, trabaja la tierra, poda las plantas. Eso es lo suyo. Tanto como los vecinos con los que habla medianera de por medio, o el canillita al que a veces le cuida el puesto de diarios. "Este es un micromundo silencioso", describe, mostrando el lugar justo, frente a los ventanales con vista al jardín, en donde se planta cada día, a trabajar. "Para mí todo es una gran mentira, salvo esto", asegura, cada vez más transfigurado en un ser de otro tiempo. Y arremete con lo único que le importa: "El problema no es tanto el color sino la combinación que uses. Creo que era Rembrandt el que decía: «Si me dan barro, hago la piel de una Venus, siempre y cuando me dejen elegir los colores que la rodean»."

Para ir a verlo  
Ricardo Garabito. Selección de dibujos y pinturas. 
Hasta el 29 de agosto, en el Malba, Av. Figueroa Alcorta 3415 

Fuente: Revista La Nación

HALLAN UN BARCO DEL IMPERIO ROMANO



Descubrimiento arqueológico.
Sorpresa en el fondo del mar.
Llevaba a bordo unas 300 ánforas que usaban para transportar vino y aceite de oliva.


Un equipo de expertos estadounidenses y albaneses descubrieron un barco romano con unas 300 ánforas. Por las características de estos jarrones, la embarcación naufragó posiblemente en el siglo II antes de Cristo en Karaburun, en donde se juntan el mar Adriático con el Jónico (brazo del Mediterráneo), en las actuales costas de Albania.
El hallazgo podría servir para saber más sobre el imperio romano y su relación con los ilirios; pueblos que habitaban esas tierras, navegaban las aguas del Adriático y finalmente fueron derrotados por Roma.
Según declaró Auron Tare, miembro albanés del equipo de arqueólogos, la embarcación, de 30 metros eslora, se encontró al oeste de la isla de Sazan, frente a la bahía de Vlora, a unos 50 metros de profundidad.
El barco fue descubierto por un robot de la nave científica estadounidense Hércules, que desde hace cinco años rastrea el fondo de los mares Jónico y Adriático frente a las costas de Albania, para crear un mapa de los patrimonios arqueológicos e históricos submarinos de este país mediterráneo.
Las imágenes que pudo obtener el robot indican que a bordo del barco había unas 300 ánforas de tipo lambolia y otras dos más grandes que se usaban para el transporte del vino o aceite de oliva.
“Estas ánforas, típicas de la zona del Adriático, pertenecen a la segunda mitad del siglo II y la primera mitad del siglo I a.C, que coincide con el florecimiento del Imperio Romano, y se usaban para el transporte de vino y aceite”, destacó Adrian Anastasi, miembro del Instituto albanés de arqueología y parte del grupo.
Según los expertos, los restos de la nave podrían arrojar luz sobre los ilirios, pueblos indoeuropeos procedentes de los balcanes. En el Adriático, ellos se dedicaban a la piratería. Y fueron combatidos y derrotados por los romanos. De allí que también, el hallazgo contribuiría a saber más sobre la relación de este pueblo con el Imperio Romano y también con el Griego.
Desde que comenzó su actividad hace cinco años, la expedición estadounidense-albanesa, patrocinada por la RPM Nautical Foundation, ha descubierto en aguas albanesas 20 embarcaciones hundidas, algunas de la Primera y Segunda Guerra Mundial. Y otras 15 también en el mar Adriático, pero en aguas que pertenecen a Montenegro.
El hallazgo anterior de la Nautical Foundation había sido justamente frente a las costas de Montenegro, en julio último. Allí, buzos especializados pudieron subir a cubierta varias ánforas de gran tamaño.
La misma fundación también trabaja en otros proyectos arqueológicos recuperando tesoros hundidos en el mar Caribe y en el Atlántico norte (en las costas del estado de Florida, Estados Unidos). Y además en aguas de Japón, India, Italia, España, Marruecos y Bulgaria.

Fuente: clarin.com

HALLAN UN BARCO ROMANO CON 300 ÁNFORAS
EN LA COSTA SUR DE ALBANIA





Un bote es visto a los lejos en el Mar Jónico en Dhermi, Albania. EFE Archivo


Un equipo de expertos estadounidenses y albaneses ha hallado un barco romano con 300 ánforas que naufragó posiblemente en el siglo II a.C en Karaburun, en la zona de Albania donde se junta el mar Adriático con el Jónico.
Según declaró a Efe Auron Tare, miembro albanés del equipo de arqueólogos, la embarcación, de 30 metros eslora, se encontró al oeste de la isla de Sazan, frente a la bahía de Vlora, a una profundidad de 50 metros.
El barco fue descubierto por un robot de la nave científica estadounidense "Hércules", que desde hace cinco años rastrea el fondo de los mares Jónico y Adriático frente a las costas de Albania para crear un mapa de los patrimonios arqueológicos e históricos submarinos de este país mediterráneo.
Las imágenes facilitadas por el robot indican que a bordo del barco había 300 ánforas de tipo lambolia y otras dos más grandes que se usaban para el transporte del vino o aceite de oliva.
"Estas ánforas, típicas de la zona del Adriático, pertenecen a la segunda mitad del siglo II y la primera mitad del siglo I a.C, que coincide con el florecimiento del imperio romano, y se usaban para el transporte de vino y aceite", destacó Adrian Anastasi, miembro del Instituto albanés de arqueología.
Los restos de la nave podrán arrojar luz sobre los ilirios, que habitaban esta zona, y de sus relaciones con los imperios romano y griego.
Desde que comenzó su actividad hace cinco años, la expedición estadounidense-albanesa, patrocinada por la RPM Nautical Foundation, ha descubierto en aguas albanesas 20 embarcaciones hundidas, algunas en la I y II Guerra Mundial, y 15 en el mar Adriático que pertenece a Montenegro.

Fuente: EFE

EL ARQUITECTO QUE LLEGÓ POR CASUALIDAD
Y DEJÓ SU SELLO EN TODA LA CIUDAD



Andrés Kálnay, de origen húngaro, hizo 120 obras, entre las que sobresale la ex cervecería Munich.


Las obras cumbre.

Por Silvia Gómez

Andrés Kálnay fue uno de los arquitectos más prolíficos que tuvo el país. Casi un desconocido, se estima que construyó unas 120 obras, entre casas y edificios, la mayoría en la Ciudad. Muchísimas fueron derribadas, pero otras siguen en pie, dando cuenta de la fabulosa producción que el húngaro generó en Buenos Aires. La ex cervecería Munich, en la Costanera Sur (hoy la sede de la Dirección General de Museos), es por lejos su máxima creación . Trabajador incansable hasta su muerte, fue además diseñador, escritor, dibujante, artista plástico y condecorado de guerra.
Andrés Kálnay nació en 1893 en lo que fue el Imperio Austrohúngaro, en Jasenovác, hoy una ciudad de Croacia, ubicada justo en el límite con Bosnia Herzegovina. Llegó a Buenos Aires con su hermano Jorge, también arquitecto, en 1920. Y solo siete años después construía la Munich.
“De mi padre siempre me llamó la atención la capacidad de producción que tenía. Dibujaba los proyectos, diseñaba hasta el mobiliario, escribió sobre filosofía, desarrolló métodos constructivos, pintaba y sabía tanto de arte como de economía. Nunca aprendió a manejar y en el breve tiempo en el que tuvo dinero se compró un auto y contrató un chofer. La mayor parte de su vida se movió en tren. Se iba de su casa en San Isidro a las 7 y volvía casi a la madrugada. Me pregunto cómo hacía”, cuenta Esteban Francisco Kálnay desde España. Tiene 52 años, también es arquitecto y es el segundo hijo de Andrés, fruto de un segundo matrimonio.
Esteban se dio el gusto de trabajar con su padre en la restauración de la Munich. “La dictadura se había empecinado con el edificio y casi lo derriba. Se pudo salvar del abandono total y se recicló”, cuenta Kálnay hijo. No lo menciona, pero él donó un vitral que reemplazó al original, que también había diseñado su padre.
Pero la llegada de Kálnay a Buenos Aires podría considerarse casi fruto de la casualidad y hasta de un milagro. En el libro “Andrés Kálnay: un arquitecto húngaro en Argentina” –un trabajo minucioso realizado por el Centro de Documentación de Arquitectura Latinoamericana– se detalla cuál fue el periplo de los hermanos Kálnay hasta llegar a la Ciudad: huyeron del gobierno comunista de Bela Kun y de la grave crisis económica. Caminaron desde Viena hasta Nápoles y se embarcaron como polizones en ese puerto italiano. El buque iba hacia Estados Unidos, pero en altamar viró hacia Argentina. Los hermanos Kálnay llegaron al puerto de San Nicolás, se tomaron el tren hasta Retiro y llegaron a Buenos Aires en marzo de 1920. Un año después ya habían comenzado a trabajar juntos, como arquitectos independientes.
Antes de recalar en Argentina participó de la Primera Guerra Mundial, que terminó por separar al Imperio Austro-húngaro. Recibió distintas condecoraciones y peleó en diferentes frentes. Y también participó de un conflicto que se llamó la “Revolución de los Crisantemos”. “Para esa época desarrolló un sistema que le permitió construir en semanas unas 48 viviendas para damnificados por la guerra. Tenía obsesión por la vivienda social, por eso diseñaba sistemas constructivos baratos”, detalla Kálnay hijo.
Desde que logró instalar su propio estudio –primero junto a su hermano y luego solo– nunca dejó de diseñar y construir. Pero muchas de sus obras fueron pasadas a degüello.
En la página web andresyjorgekalnay.blogspot.com Alejandro Machado homenajea la obra del húngaro y con un trabajo exhaustivo logra identificar a las que siguen en pie y las que desaparecieron.
Moderno y evolucionado, Kálnay también viró en sus diseños, que terminaron explorando las raíces del racionalismo. Para la década del 60 dejó de construir y se dedicó a pintar y a revisar sus ideas filosóficas, plasmadas en diferentes libros. Y a casi 30 años de su muerte quizá está pendiente un homenaje a uno de los grandes constructores de la Ciudad.

SUS OBRAS CUMBRE


Sus obras cumbre.

Hiperactivo, tal como lo describió su hijo, Andrés Kálnay finalizó en sólo cuatro meses y ocho días el edificio de la ex cervecería Munich, encargado por el empresario Ricardo Banus. Además de los vitrales, el húngaro diseñó barandas, lámparas, la vajilla y hasta los muebles. También elaboró los elementos escultóricos que decoran el edificio –como camareras alemanas con bandejas llenas de chops– y símbolos que remiten al mundo de la cerveza y a la cultura de la ciudad de Munich. La cervecería iba a ser la obra más importante –de una serie de edificios que aún siguen en pie– en una zona de la Ciudad que comenzaba su transformación. Ya con Puerto Madero funcionando, el intendente Joaquín Llambías (1916–1919) impulsó la construcción de la Costanera Sur como un paseo. Se construyeron primero el boulevard y las glorietas, y en 1918 llegó la “Fuente de las Nereidas”, de Lola Mora. 9 años después, la Munich y cinco edificios más, de los que se conservan cuatro, como el que ahora es un salón de fiestas (Brisas del Plata) y la ex casa de la Cruz Roja, que se transformó en templo judío. Como los terrenos de la costanera fueron ganados al río –se rellenaron con tierra que se sacó de los túneles del subte B– el arquitecto hizo la cervecería sobre una gran plataforma de hormigón armado. Enseguida la Munich se convirtió en el punto de encuentro de la alta sociedad porteña: políticos, famosos, intelectuales y artistas frecuentaban el lugar.

Fuente: clarin.com

UN PALACIO EN PARQUE PATRICIOS


SECRETA BUENOS AIRES



Un palacio en Parque Patricios
Por Eduardo Parise
La imagen del edificio parece escapada de una postal de Florencia, en Italia. Y algo de eso hay, ya que fue construido al estilo de un palacio florentino, como en 1918 lo pensó el arquitecto Juan Waldorp (h). Pero, ¿por qué semejante edificio, con jardines y parques que ocupan toda una manzana, en Parque Patricios? Por el deseo de un empresario solidario que, con 45 años y nueve meses antes de morir, dejó en su testamento el dinero y el lugar para que en ese sitio, por entonces una de las zonas más pobres de la Ciudad, se realizara “la edificación de un palacio para escuela”. Se llamaba Félix Fernando Bernasconi y su “palacio”, que en breve cumplirá 82 años, sigue allí como una escuela con unos 5.000 alumnos.
Inaugurado el 22 de octubre de 1929, el Instituto Bernasconi (como lo llama la gente) es mucho más que un bello edificio en la manzana que abarcan las calles Cátulo Castillo, Catamarca, Rondeau y Esteban De Luca. Porque en sus cuatro plantas funcionan nueve escuelas, entre primarias, secundarias, de música y hasta de natación. Esto es así porque cuando lo pensaron, además de las galerías de circulación en forma de recova, los grandes patios, un foyer de estilo clásico y una sala de teatro con 400 butacas, se incluyeron en el subsuelo dos piletas de natación para usar todo el año.
También están los departamentos destinados a temas audiovisuales, odontológicos, un centro de orientación vocacional y educativa y la biblioteca de consulta y lectura para todos los chicos. Y como si no fuera suficiente está el complejo museológico creado por la gran Rosario Vera Peñaloza, aquella docente que pensaba que los museos “no deben actuar como depósitos sino como escuelas vivas para el enriquecimiento de la cultura argentina”. El terreno que ocupa el Bernasconi fue parte del casco de la estancia “El Edén” (de ocho hectáreas) y luego albergó la casaquinta de Francisco P. Moreno, el famoso perito quien, según cuentan, cada tarde abría los portones para que los chicos de la zona (“el barrio de las latas”, por las casas precarias que había) pudieran ir a buscar frutas de los árboles. Moreno solía repetir: “Donde el trabajo y la escuela reinan, la cárcel se cierra”.
La fortuna dejada por Bernasconi (hijo de inmigrantes suizos) también sirvió para que en el lugar quedaran obras artísticas valiosas como los dos grupos escultóricos (simbolizan a figuras de la mitología griega) realizados por el escultor argentino Alberto Lagos, el gran “reloj de la torre” o una excelente estatua de Sarmiento, hecha en bronce por Zonza Briano. Y una curiosidad: a metros de la entrada sobre la calle Cátulo Castillo está la pequeña estatua que recuerda “al perro abandonado”, un tema que el gran poeta y compositor tuvo como cruzada en su solidaria vida.
El Bernasconi es una parte importante entre las instituciones de Buenos Aires y merece estar en un sitio destacado. Sin embargo, en la zona de Parque Patricios también hay otras referencias que aluden al pasado y presente de la Ciudad. Uno de ellos es el Parque Florentino Ameghino (lo rodean las calles Monasterio, Santa Cruz, Caseros y Uspallata), un predio donde estaba la casa en la que en 1823 murió Remedios de Escalada, la joven esposa de San Martín, y el lugar en donde se encuentra el monumento que recuerda a los muertos por la fiebre amarilla, realizado en 1873. 
Pero esa es otra historia.

Fuente: clarin.com

CERRARON LA RICHMOND
Y SE LLEVARON HASTA LOS MUEBLES


Ayer los mozos de la confitería se enteraron al llegar a trabajar.
La sanción de una ley que protegía el edificio pero no impedía el cambio de rubro comercial, habría acelerado los tiempos de los dueños. 
Final anunciado para un bar histórico.


EL FRENTE DE LA RICHMOND. Pintado para que no se viera el interior. (Diego Waldmann)

Por Romina Smith

Al final, no pudo más. Pese a que la Legislatura sancionó el jueves pasado una ley para declararla sitio histórico, la antigua confitería Richmond, uno de los 60 Bares Notables de la Ciudad y en pie en Florida 468 desde 1917, cerró sus puertas tras un final anunciado hace varios días y dejó al antiguo café a punto de transformarse en un local de una marca de ropa deportiva. El domingo a la madrugada los dueños sacaron todo lo que había adentro (sillas, mesas y otros muebles de estilo inglés) y pintaron los ventanales para que no se viera el vacío desde afuera. Los diez empleados que quedaban en el café se enteraron del cierre por la mañana, cuando llegaron a trabajar y encontraron un candado en la puerta. Desde la Comisión para la Preservación del Patrimonio Histórico y Cultural, el organismo que impulsó el abrazo solidario del viernes pasado, intentarán avanzar en un amparo para garantizar la continuidad. Pero desde la Ciudad sostienen que no se puede obligar con una ley a mantener el rubro.
Nadie se esperaba que los dueños del local de 1.500 m2 se apuraran a vaciar la confitería este mismo fin de semana. La noticia recién se había conocido el martes pasado y la idea, según había trascendido, era que eso ocurriría recién a fin de mes o a principios de septiembre. Pero cuando parecía que había un tiempo prudencial para discutir o reunir a los nuevos propietarios (que sería un grupo inversor dedicado a los bienes raíces), el plazo se acortó. Y el bar cerró.
Ayer, Clarín pudo reconstruir la maniobra. El domingo, entre la una y las tres de la mañana, dos camiones de una empresa de mudanzas estacionaron en Corrientes y Florida y al menos 20 personas trabajaron, en silencio, para cargar todo el mobiliario del bar. Se hizo en un horario en el que no había gente, mucho menos comercios abiertos, y según denunció el encargado del edificio de al lado, en Florida 470, en medio de la mudanza alguien rompió las cámaras de seguridad que estaban en la puerta de la confitería.
Los empleados que hasta ahora habían resistido los despidos recién se enteraron de cierre ayer a la mañana, cuando se presentaron a trabajar. Uno de ellos, que pidió preservar el nombre, contó que ni siquiera los proveedores sabían lo que iba a ocurrir. “Llegamos y nos sorprendimos cuando vimos que habían cambiado la cerradura y puesto un candado. No sabemos adónde se llevaron las cosas”, relató. El encargado de seguridad del local de comidas rápidas que está en Florida y Corrientes contó que había visto los camiones cargados con las sillas y mesas.
Hasta ahora la Richmond había resistido a todos los cambios de la calle Florida sin resignar su esencia porteña ni su mobiliario inglés, famoso por sus sillas y sillones Chesterfield en las que reposaron personajes clave de la cultura como Jorge Luis Borges (que solía invitar a tomar el té allí a María Elena Walsh o discutir sobre poesía con Oliverio Girondo) o Baldomero Fernández Moreno (que supo dedicarle un poema) entre otros habitués históricos de la Ciudad. Por eso, ante la amenaza de cierre, la Legislatura porteña aprobó el jueves una ley que declara a la confitería “sitio histórico”.
Sin embargo, como adelantó Clarín, esa ley, que aún debe ser reglamentada, no impide en ningún caso el cambio de rubro comercial, sino que sólo protege el valor patrimonial del inmueble.
De todas maneras, el cierre cayó justo cuando todavía se estaba discutiendo sobre las distintas maneras de salvar a la Richmond. Y volvió a sorprender a los legisladores y proteccionistas. “Ahora estamos tratando de impulsar un amparo para salvarla”, explicó Mónica Capano, secretaria de la Comisión para la Preservación del Patrimonio. Capano reclama la intervención del Gobierno porteño. Pero consultado por el tema, el ministro de Cultura, Hernán Lombardi, dijo que la Ciudad no puede obligar a los dueños del local a vender café. “El principal desafío acá es ver cómo construir un uso sustentable vinculado al patrimonio, para lo cual hay que demostrar que el patrimonio puede ser un buen negocio”, reflexionó. Según trascendió, el local se habría vendido por 9 millones de dólares.

CASOS EMBLÉMATICOS

Confitería del Molino.

El histórico edificio de Rivadavia y Callao fue sede de una de las confiterías más importantes de la Buenos Aires. Inaugurada en 1917, la Confitería del Molino fue habitualmente visitaba por figuras como Alfredo Palacios, Leopoldo Lugones o Carlos Gardel. Sin embargo, en 1997, tras años de problemas económicos, cerró sus puertas. Desde entonces hubo varios proyectos para rescatarla, que no prosperaron. Ahora hay una iniciativa en marcha del senador Samuel Cabanchik, que espera ser tratada en el Congreso.

Café de los Angelitos.

En 1890, un inmigrante italiano abrió en Rivadavia y Rincón el “Café Rivadavia”. Pero en 1920 un nuevo dueño cambió la decoración e incluyó angelitos de yeso, y así el lugar pasó a ser conocido como “Café de los Angelitos”. Otros, en cambio, sostienen que el nombre se modificó porque un comisario comentaba que el bar era visitado por los ladrones y malevos del barrio, verdaderos “angelitos”. Lo cierto es que en 1997, por dificultades financieras, cerró; y en 2000 fue parcialmente demolido. Pero posteriormente fue adquirido por un grupo empresario que en 2007 lo reabrió como un bar y restorán donde también hay shows de tango.

Confitería Las Violetas.

En Rivadavia y Medrano, esta histórica confitería fue inaugurada en setiembre de 1884 y funcionó hasta junio de 1998. Pero fue rescatada, y tras una amplia restauración del edificio, pudo reabrir en julio de 2001.

Bar Británico. 

El clásico bar de San Telmo, en Defensa y Brasil, fue abierto en 1960. Desde sus orígenes se caracterizó por estar abierto las 24 horas, y por recibir siempre a los mismos parroquianos. Pero en abril de 2006 cerró, pese incluso al esfuerzo de los vecinos. Sin embargo, pocos meses después fue reabierto por nuevos dueños, que lograron conservar la decoración original.

Fuente: clarin.com