Amenazados. Una parte de los murales del artista mexicano.
Detroit se declara en bancarrota y preocupa qué va a pasar con las obras de arte que atesora su Instituto de Artes.
Ayer
el especialista en arte latinoamericano, Gregorio Luke, dio la alarma
por algunas piezas, entre ellas, 12 murales del mexicano Diego Rivera:
le preocupa que las obras caigan en manos privadas.
Rivera pintó
los murales en 1932, por encargo de Henry Ford. La obra narra el proceso
de creación de varias industrias; los más famosos son los del
automóvil, desde que la materia prima se extrae de la tierra, la
creación de las piezas, ensamblaje, hasta el producto terminado que es
un vehículo.
El especialista afirmó que las obras terminarán en
manos privadas, si los acreedores de la ciudad los subastan para
recuperar el dinero adeudado.
Tampoco se sabe cuándo inauguran las salas del primer piso, que fueron reformadas y tienen las obras colgadas.
Para nadie. Entre los espacios que no se inauguran hay una sala dedicada a Antonio Berni./ MARCELO GENLOTE
Por Patricia Kolesnicov
Imagínense una película: el tipo está sentado en su despacho, en
la institución que dirige hace más de cinco años. En la puerta suena un
toc-toc y aparecen dos de sus superiores. Tres palabras y su tiempo ha
terminado; ese no es más su despacho. Uno de sus superiores ocupa su
silla. Así fue el cambio de autoridades en el Museo Nacional de Bellas
Artes, en abril. El director saliente era Guillermo Alonso; los que
llamaron a su puerta eran la subsecretaria de Gestión Cultural de la
Nación, Marcela Cardillo, y Alberto Petrina, director nacional de
Patrimonio y Museos. La que se sentó en la silla fue Cardillo que, sin
dejar su puesto en los papeles, “bajó”, en la práctica, a directora de
museo.
Por esos días, la Secretaría de Cultura anunció la apertura
del concurso para elegir nuevo director y hasta daba los nombres de los
jurados. Pero las bases nunca estuvieron y el concurso nunca abrió:
el principal Museo del país está, cómo decirlo, intervenido. ¿Hasta
cuándo? En forma oficial, el Museo responde: “No sabemos”. Además del
Gran Bonete, debería saberlo la Secretaría de Cultura. Pero la
Secretaría de Cultura no contesta. Tal vez porque no sabe, no contesta. O
porque no decide.
Cabe recordar que los directores del Museo de
Bellas Artes empezaron a ser concursados en 2007, durante la gestión en
Cultura de José Nun, gobierno de Néstor Kirchner. La idea era apartar el
rumbo del Museo de los avatares políticos. El primer ganador por
concurso fue Alonso.
El mandato había vencido en diciembre;
por eso se debió haber llamado a concurso unos meses antes, tener un
ganador con tiempo y hacer un traspaso civilizado, quién te dice un par
de meses de cogestión para que el que se iba ayudara al que llegaba.
Impensable. Toc toc en la puerta y afuera.
Claro que un director
concursado tiene estabilidad en el cargo y, por lo tanto, independencia.
Para armar muestras, decidir cuándo abren y con quién habla. Esta
cronista se cansó de pedir, por medios formales e informales, una
entrevista con la nueva directora del Museo. El pedido nunca fue
contestado. Los que saben lo que pasa explican el por qué, en los
términos a los que nos fuimos acostumbrando: “Si le da una entrevista a Clarín le meten una patada en el culo”.
Marcela
Cardillo es una abogada recibida en la Universidad de Belgrano que en
2005 empezó a trabajar como asesora del entonces diputado –y hoy
Secretario de Cultura– Jorge Coscia. De su mano, entró a la Secretaría
de Cultura en 2009, en el área de Legal y Técnica primero y unos meses
después como Subsecretaria. Aunque su gestión lleva la marca de origen
–toc-toc–, quienes trabajan en Bellas Artes o desde otras instituciones
interactúan con el Museo, hablan bien de su gestión. Cardillo puede ser
una buena directora a dedo, pero está puesta a dedo. Y no es lo mismo.
Un
director concursado, independiente puede decidir, también, cuándo
inaugurar obras. Durante la gestión de Alonso, y con un importante
aporte económico del Estado, se remodeló el primer piso del Museo. Una
reforma que es edilicia pero también de contenidos: se pondrían allí las
obras del Siglo XX, sin separar las internacionales de las argentinas,
es decir, incorporando el arte argentino al relato del arte de ese
siglo. En noviembre, diciembre, cuando se venía el fin del mandato de
Alonso, ya el mundillo murmuraba: “No lo van a dejar inaugurar el primer
piso”. Y no lo dejaron. La reforma está hecha, las obras están colgadas
para que las vea Nadie, y el corte de cinta espera que se levante algún
pulgar en alguna oficina que no está en el Museo. Quizás el dedo se
destrabe hacia octubre. Por ahora, la excusa es que faltan unos equipos
de aire acondicionado. Y, sí, con el manoseo institucional del museo,
deben estar pasando mucho calor.
Una vasta exhibición,
que reúne obras de formato pequeño de artistas de varias galerías
porteñas, destaca líneas y temáticas narrativas en el arte argentino.
Agrupadas por autor y por galería -participan con sus artistas,
invitadas por Rubbers, Gachi Prieto, Dacil Art, Aldo de Sousa y Elsi del
Río-, las diferentes visiones de Historias mínimas rondan sin embargo
algunas constantes: el paisaje (Sonia Etchart y, de manera original,
Teresa Pereda), la sociedad y la vida urbana (Liliana Golubinsky y
Daniel Corvino), el cuerpo (en todo el conjunto escultórico
seleccionado, de Tulio Romano a Alexis Minkiewicz), las fantasías
animadas (Benito Laren, Carolina Antoniadis, Mariana Vidal y Fabio
Risso, entre otros) y los relatos encriptados de las variaciones
abstractas (Carolina Cerverizzo y Tulio de Sagastizábal). Rubbers aporta
además obras de grandes maestros: bocetos teatrales de Xul Solar, un
retrato de Antonio Berni, los trabajos de Luis Felipe Noé sobre Las
venas abiertas de América Latina, y otros de Lino Spilimbergo, Ary
Brizzi, Juan Doffo y Manuel Álvarez. Mención aparte merecen los óleos
esmaltados de Tito Pérez, docente de artistas cuya obra, de resonancias
poéticas y filosóficas, encuentra en el recorrido una hondura
inesperada.
El título de la muestra -que no en vano evoca el film
homónimo de Carlos Sorín, ya que permite que los espectadores hagan foco
en situaciones formuladas plásticamente, como en una escena, a través
de personajes y circunstancias cotidianas o recortes ópticos- también
propone una revisión de las historias del arte nacional. ¿La opción por
lo mínimo responde a un contexto "débil" (en proyectos, en movimientos,
en ventas)? ¿Imitan en la actualidad las galerías tradicionales las
estrategias de las galerías alternativas? ¿En qué medida un guión
curatorial es eficaz? Éstas y otras cuestiones -además de un paseo que
establece diversos atajos y giros (incluso algunos cul-de-sac) en la
producción visual local- resuenan en la colectiva ideada por Mariana
Povarché.
Un poco de pasto vale oro en el cielo, de Azul Caverna.
Con
un repertorio exiguo de segmentos y grafismos, más una paleta sedosa y
vital, la primera muestra individual de Azul Caverna (seudónimo de un
artista mendocino nacido en 1979) no parece la de un aficionado sino la
de alguien que hubiera alcanzado, durante el acto de pintar, un estilo
propio. Sus conjuntos de barras, que semejan lomos de libros en una
frágil biblioteca o teclas negras de un piano desarticulado e invisible,
se imponen al espectador como textos de una escritura incipiente.
Pulidos, precisos, insistentes, sus trabajos en óleo en
barra y crayón sobre papel modulan deconstrucciones morfológicas -como
el tríptico Desarrollo en negro- o cromáticas, como Lo que va a suceder.
Integran la muestra dibujos en tinta que repiten hasta el infinito un
patrón minúsculo, semejante a una letra desconocida; otros con
torbellinos de signos sobre aparentes capas de moho -producto del
frotado del óleo- y una obra conjunta con su pareja, Martina Quesada
(Houston, 1987), también artista de Van Riel. En Le feu, el fuego, the
Fire, Caverna rellena el par de figuras geométricas fracturadas de
Quesada con un laberinto de trazos candentes e incombustibles. Fuente: ADN Cultura La Nación
Varios
artistas argentinos contaron a adncultura cómo viven en la capital
alemana, que convoca a colegas de todo el planeta con su estilo bohemio y
su bajo costo de vida. Entre ellos, se destacan el tucumano Tomás
Saraceno y el danés Olafur Eliasson, creadores de megainstalaciones de
espíritu universal inspiradas en este clima cosmopolita
BERLIN.-Se promociona
como la "ciudad del cambio". Y lo es. Después de las profundas heridas
que dejó la Segunda Guerra Mundial, resurgió de las cenizas y se
reinventó a sí misma, hasta convertirse en uno de los principales
centros de arte del planeta.
Atraídos por la libertad creativa, la infraestructura y
el bajo costo de vida de la capital alemana, donde se puede conseguir
un departamento de tres dormitorios por 500 euros por mes, aquí conviven
cientos de artistas de los cinco continentes. Entre ellos, muchos
argentinos, como Tomás Saraceno, Charly Nijensohn, Edgardo Rudnitzky,
Miguel Rothschild, Manuel Esnoz, Marula Di Como, Celina González Sueyro,
Dolores Zinny, Juan Maidagán, Eva Pedroza y Ariel Lo Manno. En diálogo
con adncultura , varios de ellos coincidieron en que Berlín cambió en
forma radical en esta última década.
Lo confirmó luego Abaseh Mirvali, curadora de los
espacios U-Turn en arteBA y LUPA en ArtRio, durante una cena en un
exclusivo restaurante de la ciudad. Mientras pedía un schnitzel
, plato típico idéntico a la porteña milanesa, la ex directora de la
Fundación/Colección Jumex de México confesó que decidió radicarse en
esta capital porque aquí vive gran parte de los artistas que le
interesan.
En Berlín tiene su principal taller el danés Olafur
Eliasson, uno de los artistas contemporáneos más reconocidos. En una
antigua fábrica de cerveza montó un estudio donde trabajan unas
cincuenta personas -artesanos, arquitectos e historiadores del arte- y
forma a las nuevas generaciones en colaboración con la Universidad de
Arte de Berlín (ver recuadro).
Admiradora de la educación alemana, Celina González Sueyro está haciendo una residencia en Berlín: Foto: LA NACIÓN
También
aquí crea sus megainstalaciones el tucumano Tomás Saraceno,
representado por la galería Esther Schipper, que luego de haber expuesto
sus trabajos en la 53a Bienal de Venecia en y en el MET neoyorquino
acaba de sorprender en Düsseldorf con su obra En órbita , por la que se puede caminar a 20 metros del piso.
Bajo perfil
Pese a la espectacularidad de estos proyectos de
trascendencia mundial, Berlín cultiva el bajo perfil. Aunque tiene
decenas de galerías de arte -varias internacionales-, muchas de ellas no
dan a la calle. O no tienen un cartel que las identifique, como es el
caso de Johann König, donde semanas atrás se inauguró una muestra de la
argentina Amalia Pica. Lo único que se puede ver en la página web de
Neugerriemschneider ( www.neugerriemschneider.com
), representante de Eliasson, Ai WeiWei, Tobias Rehberger y Rirkrit
Tiravanija, es el siguiente mensaje: "Si quiere contactarnos, por favor
mándenos un mail".
Compositor polifacético, Edgardo Rudnitzky colabora con Jorge Macchi.
La
ciudad ni siquiera tiene feria propia. Lo más parecido es Art Berlin
Contemporary, un espacio centrado en los artistas que exhibe en
septiembre solo projects de 130 galerías internacionales. Y en
abril se realizan los Gallery Weekends, una suerte de Gallery Nights
extendidas que convocan a importantes coleccionistas internacionales
(ver recuadro).
Una gran vidriera
"A mí me atrajo el espíritu bohemio de Berlín. Su
variedad me inspira", dice Esnoz, que llegó por primera vez a esta
ciudad en 2004, con un grupo de más de veinte colegas argentinos que
participaron de los festejos del décimo aniversario de la hermandad
Berlín-Buenos Aires (ver recuadro). "Por otra parte, Berlín es una gran
vidriera: está absolutamente proyectada hacia el exterior", agregó el
pintor, representado por la galería neoyorquina Kravets/Wehby.
Esta ciudad concentra a creativos de todo el planeta,
que suman aportes de distintas disciplinas. El escultor Ariel Lo Manno
llegó a la ciudad hace cinco años y al poco tiempo comenzó a trabajar
con artistas de Japón, China, Estados Unidos. Tres años más tarde, el
grupo reunía a casi cien colegas de distintos países.
En su taller, Manuel Esnoz escucha hablar a los vecinos en varios idiomas.
"Berlín
es multicultural", coincide la joven Eva Pedroza, hija de la pintora
Ana Eckell, que estudia becada en una universidad. "Es una ciudad
cosmopolita, donde hay mucho diálogo", agrega Celina González Sueyro,
que está participando de una residencia y expuso en la galería Kwadrat,
de Martin Kwade.
La diversidad étnica se nota especialmente en el barrio
de Kreuzberg, el preferido por los artistas, que huyeron de Mitte
cuando subió el precio de los alquileres. Por el mismo motivo, las
galerías se reagruparon en torno a la calle Potsdamer... Hasta nuevo
aviso.
"Berlín estalló en los últimos años. Es una ciudad muy
dinámica", observa Rudnitzky, compositor devenido artista y radicado
aquí desde hace más de una década. Además de realizar sus propias
instalaciones colabora con Jorge Macchi, con quien produjo la obra La ascensión para la 51a Bienal de Venecia.
"Acá la escena es enorme: si no te llevás bien con uno,
te llevás bien con otro", observa Rothschild, que participó en junio en
Art Basel representado por la porteña Ruth Benzacar.
¿Se puede vivir del arte en Berlín? El sí es unánime.
Si no alcanza con la venta de obras, otra opción es integrarse a una
estructura universitaria que, según ellos, es "incomparable". Di Como,
por ejemplo, además de impulsar el proyecto Migrantas, da charlas en
instituciones y obtuvo varias becas desde que se instaló en Berlín, en
2002. En ese sentido, según González Sueyro, Berlín es "otro planeta".
Marula Di Como, integrante del colectivo Migrantas, en su lugar de trabajo.
Datos y pistas
Exhibición. Lo más parecido a una feria de arte en la capital alemana es Art Berlin Contemporary ( www.artberlincontemporary.com
), que exhibe en septiembre solo projects de artistas representados por
130 galerías internacionales. En abril se realizan los Gallery Weekends
( www.gallery-weekend-berlin.de
), en los cuales unas cincuenta galerías -muchas de ellas agrupadas en
torno a la calle Potsdamer- inauguran muestras con invitados
internacionales durante tres días y tres noches. Entre los principales
espacios de exhibición de arte contemporáneo se cuentan los museos
Hamburger Bahnhof y Martin Gropius Bau, así como las colecciones
privadas de Christian Boros -alojada en un antiguo búnker-, Thomas
Olbricht, Arthur De Ganay y Erika Hoffmann. <br>
Educación. El prestigioso artista danés Olafur
Eliasson forma a las nuevas generaciones en el innovador Instituto de
Experimentación Espacial, en colaboración con la Universidad de Arte de
Berlín (UDK). Junto con la Kunsthochschule Weißensee (KHB), son las dos
principales universidades para estudiar arte en Berlín. Sobre becas de
estudios en Alemania se puede consultar al Servicio de Intercambio
Académico Alemán ( www.daad.org.ar) . <br>Ciudades hermanas. El año próximo se cumplirán
veinte años del acuerdo de colaboración entre Berlín y Buenos Aires.
Para celebrarlo, Dudu von Thielmann impulsa la segunda edición del
festival "Diálogo Cultural Berlín-Buenos Aires". La primera edición, en
2004, incluyó una muestra en la capital alemana del Movimiento Notango,
con obras de 24 artistas argentinos.
En el centro del mundo: Rothschild produce en Berlín y exhibe en Art Basel.
Los grandes cráneos de cristal de cuarzo han suscitado gran interés y
fascinación desde que comenzaron a verse en las colecciones públicas y
privadas durante la segunda mitad del siglo
diecinueve. Algunos fueron atribuidos a escultores aztecas, mixtecas e
incluso mayas. Otros, se cree, son ejemplos del arte colonial mexicano
para su utilización en las iglesias, tal vez como bases para crucifijos.
El Departamento de Investigaciones Científicas del British Museum ha
llegado a la conclusión de que el cristal de cuarzo empleado en la
realización de este ejemplar de cráneo probablemente haya provenido de
Brasil. Además, se advierten indicios del uso de un torno de joyería,
una herramienta desconocida en América hasta la llegada de los europeos.
Estas marcas, sumadas al pulido de su superficie, indican que el cráneo
fue tallado mediante técnicas tradicionales europeas. Se cree
que el cráneo de cristal proviene de México y fue traído a Europa por un
funcionario español antes de la ocupación francesa. Más tarde, fue
vendido a un coleccionista inglés y, tras la muerte de éste, fue
adquirido por el anticuario francés Eugène Boban. Luego pasó a manos de
la casa Tiffany & Co. de Nueva York, donde fue adquirido por el
British Museum. Boban pudo haber adquirido el cráneo en Alemania, donde
se enviaron grandes cantidades de cristal de cuarzo a principios del
siglo diecinueve.
A los niños elegidos les daban coca y chicha durante meses para que fueran más dóciles.
La doncella. Es una de las 3 momias halladas en Salta. El estudio reveló que tenía 13 años y no 15, como se creía.
Washington. Dpa. -
30/07/13
Los incas preparaban a los niños que elegían para sus sacrificios administrándoles alcohol y hojas de coca durante meses.
Así lo revela una investigación de la universidad británica de
Bradford. Tras estudiar las tres momias de niños de más de 500 años, que
fueron halladas en los Andes argentinos, los expertos llegaron a la
conclusión de que el consumo de ambas sustancias era parte del ritual
del sacrificio. Y que tenía un sentido espiritual, pero también
práctico: volverlos más dóciles. Los resultados se publicaron en la revista “Proceedings” de la Academia estadounidense de las Ciencias.
El
equipo liderado por el arqueólogo Andrew Wilson investigó entre otros
aspectos, el cabello de las tres momias infantiles halladas en 1999
cerca de la cumbre del volcán Llullaillaco, en Salta. Las tres momias
(“El Niño” “la Doncella” y “la Niña del Rayo”), que se encontraban en
muy buen estado debido a las gélidas temperaturas en las que fueron
conservadas, se exponen en el Museo de Arqueología de Alta Montaña
(MAAM).
Aunque ya se sabía que el alcohol y la coca eran
determinantes en los sacrificios humanos de los incas, los restos
hallados en los cabellos permiten ahora deducir nuevos detalles sobre
cómo se preparaban estos rituales.
Así, un año antes de morir, la
alimentación de “la Doncella” –la mayor de los niños– cambió
drásticamente. Al parecer, en ese momento habría sido elegida para el
sacrificio y desde entonces mucho mejor alimentada. Según el estudio, “la Doncella” tenía unos 13 años (hasta ahora se creía que había muerto a los 15).
El
alcohol que consumían era chicha, una bebida derivada de la
fermentación del maíz. Las hojas de coca producen entre otros un efecto
calmante al masticarlas mezcladas con ceniza. Los incas creían que los estados de embriaguez permitían acceder al mundo de los espíritus.
“La
coca y el alcohol eran sustancias que provocaban un estado de cambio
considerado sagrado”, señala el estudio. Los autores de la investigación
apuntan a que estas drogas también contribuían a que los niños fueran más dóciles de cara a los rituales.
Los
sacrificios humanos en el imperio inca se conocen con el nombre de
“copacocha”. Los niños elegidos recorrían normalmente largas distancias y
participaban en ceremonias en la capital inca, Cuzco, antes de
dirigirse a la cumbre del volcán, a cientos de kilómetros de distancia,
donde finalmente eran sacrificados.
El niño. La momia, de un nene de 7 años, tiene más de 500 años y se conserva en gran estado. /FOTOS: AP Y AFP
Los enterraron vivos en un volcán
La investigación de la Universidad de Bradford coincide con
estudios previos de especialistas argentinos. “A los tres niños incas,
no caben dudas que le dieron de tomar chicha cuando fueron enterrados
vivos en los santuarios de la cumbre del Volcán Llullaillaco”, explica
Mario Lazarovich, asesor en Patrimonio Cultural de Salta. Sobre el
vestigio del consumo de hojas de coca, Lazarovich explica que “no es
fácil permanecer tantos días a más de 4.000 metros de altura, y ahí es
donde la hoja de coca, mitiga la sequedad de la boca, controla la falta
de oxígeno, atenúa el mal de altura y sirve como anestésico”. La doctora
en Arqueología de Alta Montaña, Constanza Ceruti, que participó en el
desentierro de las momias, escribió en su libro “Llullaillaco” que “en
las tomografías computadas realizadas a los cuerpos (...) quedaron
descartados los golpes en las cabezas como causal de muerte”.
“Sacrificios alternativos, según fuentes etnohistóricas, son la asfixia y
el entierro de niños aún vivos en estado de semiinconsciencia, tras la
ingesta de una bebida embriagante como la chicha” detalló Ceruti. Jesús Rodríguez (Salta)
”Mi Buenos Aires querido”, de Páez Vilaró, cumple 25 años pero su actualidad es notable.
Carlos Gardel. El ícono rioplatense, junto a bailarines de tango,
Maradona, el Obelisco un canillita, el puerto y las dos orillas. /
FERNANDO DE LA ORDEN
Por Eduardo Parise
La imagen tiene tanta actualidad que parece hecha el mes pasado.
Pero está en ese lugar desde hace casi un cuarto de siglo. Su autor,
Carlos Páez Vilaró, la tituló “Mi Buenos Aires querido”. Es obvio que
alude a Carlos Gardel, símbolo rioplatense por excelencia, y a su famoso
tango. Pero la dedicatoria no es exclusiva porque además homenajea
explícitamente a esta ciudad que también tiene a Páez Vilaró como
símbolo, aunque él haya nacido en Uruguay, del otro lado de ese río
ancho y marrón al que, en 1516, Juan Díaz de Solís y sus aventureros
acompañantes llamaron “mar Dulce”. El mural está sobre la pared de
un edificio de departamentos, a metros de avenida Figueroa Alcorta y
Tagle, casi una puerta de entrada a lo que se conoce como Barrio Parque,
uno de los sectores más exclusivos de Buenos Aires. Fue pintado en 1989
por una sugerencia que el entonces intendente Carlos Grosso le hizo al
artista. Es que sabía que, desde hacía un tiempo, Carlos Páez Vilaró
venía pensando en algo semejante: un trabajo que mostrara una síntesis
de esta ciudad que ya tiene 433 años, desde su segunda fundación. Y
aunque se trate de un lugar exclusivo, en la imagen hay elementos tan
populares y representativos de nuestra cultura como podría serlo un buen
asado. La figura central, está claro, es Carlos Gardel. La pintó
gente especializada que, colgada en silletas, reprodujo la
obra-homenaje. Para el trabajo se usó pintura acrílica. Eran tiempos en
que no existía todavía la tecnología que se aplica actualmente: las
imágenes se hacen con un plóter, una especie de gran impresora pero con
características especiales y propias, que está conectada a una
computadora. Pero volvamos al mural. A partir de la figura de
Gardel se van agregando elementos que son íconos fuertes de la Ciudad.
Por ejemplo el dibujo que está en la corbata del cantor y que muestra al
Obelisco porteño. Esa imagen es la que, según el autor, lleva después a
“leer” el resto de la obra. Hacia el lado izquierdo aparece el puerto
de Buenos Aires, un lugar que une ambas patrias de quien firma el mural a
cada lado del Río de la Plata. Y también se puede ver una pareja que
está bailando un tango. Cuentan que Páez Vilaró la incluyó como una
manera de homenajear a su amigo Astor Pantaleón Piazzolla, bandoneonista
genial que puso a nuestra música en la galería de los clásicos
universales. Hacia el lado derecho también la simbología es muy
clara: están el histórico edificio del Cabildo, una suerte de “casa
paterna” de nuestro comienzo como nación libre; Diego Armando Maradona
con su camiseta argentina con el diez en la espalda, un número que no
sólo lo ubicaba en el campo de juego sino que también era su
calificativo como futbolista, y hasta algo muy popular entre los
habitantes porteños como lo son las carreras de caballos. Para
rematar la obra, además el artista puso la imagen de un personaje clave
en la cultura popular: el vendedor de diarios, al que el dramaturgo y
periodista Florencio Sánchez (Montevideo, 17 de enero de 1875 / Milán,
Italia, 7 de noviembre de 1910; murió a los 35 años) definió como
“canillita”. La designación tenía que ver con el personaje de su
sainete, estrenado en 1903, que llamaba así a un chico de pocos recursos
económicos que vendía diarios por las calles para ganarse unos centavos
y ayudar a su familia. Aquel “botija”, como hubiera dicho Sánchez,
había pegado un estirón y su pantalón remendado le había quedado
bastante corto. Por eso, las canillas de sus piernas estaban a la vista,
dejando al aire esas flacas extremidades. Aquello generó el bautismo
para representar a los vendedores de diarios y revistas, algo que la
tradición popular de las dos orillas todavía mantiene. Pero esa es otra
historia.