LA SACRIFICADA
(E INSOPORTABLE) EXISTENCIA DEL ESNOB.





Por Marcelo Moreno
Disparador

El (o ella) es distinto. Eso es lo que lo distingue. Y eso es lo que nos remacha hasta el agotamiento (nuestro) y el hartazgo (también, y supremo). Es el esnob, aquel que mediante homéricos esfuerzos y un desmesurado (e inútil) trabajo, ha logrado construir de sí mismo otro, que nos quiere persuadir que es el auténtico. Eso, cuando justamente lo auténtico, lo verdadero, lo natural y espontáneo de ser es lo que el esnob ha renegado al punto de haberlo enterrado en el último rincón del olvido.
Para el esnob, la afectación es la norma y todo reflejo instintivo, un enemigo en potencia.
Seguramente en la lista de imbancables pica entre los primeros por el ruido ambiente que suele generar su estrepitosa personalidad. Pero también estamos los que casi nos divierte o nos apena contemplar el patético denuedo que despliegan en sostener la construcción artificial que han hecho de sí mismos.
Nada en ellos (o casi) responde a lo innato: los gestos, la manera de hablar, la mirada, el tono de voz, el atuendo. También, las opiniones y hasta los pensamientos. Todo ha sido estudiado y edificado con paciencia de orfebre. Y la espontaneidad ha sido arrancada de raíz, como se despeja un mal sueño.
Y desde luego, el objetivo supremo que se imponen es el de destacar esa obra que son ellos mismos. Se desesperan por mostrarse y sobresalir. Es cierto que producen un batifondo molesto en ese empeño. Pero también es cierto que no pueden parar: exhibir la manufactura resultante de sus esfuerzos compone, casi, el sentido de sus vidas.
Ellos quieren evidenciarle al mundo lo originales, elegantes, inteligentes, perspicaces, agudos que son. Y todo lo informados que están, todo lo que saben sobre todo lo que imaginan importante.
Y su carácter de distintos la exhiben desde la indumentaria, notabilísima señal que hace a su diferencia. He conocido esnobs que usaban sólo ropas blancas. Otros, sólo el negro. Recuerdo a una mujer que vestía de naranja y a un millonario que siempre andaba de zapatillas y jean, hasta en invierno. Lo de siempre no es casual porque ellos lo saben: la insistencia acentúa el rasgo.
Otros, que usaban sombreros en épocas en que ya nadie lo hacía. Y hasta el colmo de utilizar bastón sin necesitarlo.
Muchos se equivocan al confundirlos con súbditos de la moda: la detestan, porque los obligaría a integrar un conjunto que sigue una tendencia cuando justamente pretenden lo contrario, pavonear una individualidad sin mácula social.
Y en todo caso, lo que aceptan, gustosos, son imitadores: ellos quieren imponer la moda. Desde otro punto de vista, lo que viven (y muy mal) es casi una tragedia vecina al homicidio: aplastaron lo que fueron hasta que no quedara vestigio, en pos de un supuesto brillo personal que se afanan en pulir sin prisa y sin causa, con esfuerzo sostenido y tremendo.


Fuente texto: clarin.com


MAMÁ - ARAÑA:
LOUISE BOURGEOIS EN BUENOS AIRES



Creadora de una obra universal, se la considera una de las más grandes escultoras.


LOUISE BOURGEOIS VISTA POR ROBERT MAPPLETHORPE

Por Mercedes Pérez Bergliaffa,
ESPECIAL PARA CLARIN

La gran diosa de la escultura, la madre de las madres de las formas, se presenta por primera vez de forma completa en la región, y lo hace en Buenos Aires. Se trata de la increíble escultora Louise Bourgeois y de “El retorno de lo reprimido”, la muestra que se expondrá en la Fundación Proa (Pedro de Mendoza 1929) a partir del sábado próximo y hasta julio.
Fruto de un esfuerzo de producción y de costo gigante (los 75 trabajos, algunos inmensos, vienen desde distintas partes del mundo), los amantes del arte, y en realidad todas las personas, deberíamos aprovechar y acercarnos hasta La Boca, a conocer el original mundo íntimo de Bourgeois. Porque se trata de una de las mayores artistas de toda la historia del arte y de una oportunidad nada común en estas tierras, ya que estas obras moran en Europa o Norteamérica.
El combo es imperdible: esculturas raras, grandes, emblemáticas + una artista fundamental y muy original del siglo XX= un viaje intergaláctico de saber y placer. Y una gran posibilidad de auto-conocimiento , como pasa cuando uno observa una obra de arte genuina.
Pero debo advertirle: antes de entrar a la exposición, prepárese. Porque los trabajos son densos, traumáticos, emotivos; no sólo por cómo están realizados sino porque tocan conflictos comunes a todos los seres humanos, como las relaciones entre padres e hijos (el Edipo del que nadie puede escapar).
Y tratan de sexo, pero en estado de angustia . Digamos que las obras de Bourgeois reflejan eso que todos reprimimos. Hacen conscientes los deseos inconscientes. Preservan sin pulir las grandes pulsiones que uno descarta pero que siempre subyacen, persisten, retornan; y aparecen en el momento menos pensado.
Le repito, ármese emocionalmente antes de entrar a esta apasionante aventura que es la obra de Bourgeois. Usted se dará cuenta cuando enfrente las obras, que la artista no podía ser alguien sencillo y prístino.
No era Heidi, no era Warhol, no era Minujín . Era, más bien, la Freud del arte; la Van Gogh de la escultura; la Kafka de la plástica contemporánea. Y, ¡oh, sorpresa! en pleno siglo XX, el genio escultórico de la psiquis hecha forma fue una mujer.
Debe enterarse también de esto: Bourgeois era hiper-sensible, frágil, depresiva. Torturada. Sufría de crisis nerviosas si no hacía sus esculturas. Sufría de impulsos de hostilidad, de auto-castigo. Era un gran “paquete” psíquico, una gran reserva de energías que canalizar por algún lado, para sobrevivir; que canalizar a través del arte.
“He estado en el infierno y he vuelto. Y les digo una cosa: fue fantástico”, comentaba la escultora en uno de sus textos (muchas veces ella misma se pensó más como escritora que como artista; de hecho, hasta escribió para Art Forum, la famosa revista de arte).
Quien fue su psicoanalista durante más de treinta años, Henry Lowenfeld (discípulo directo de Freud), pensaba que el principal problema de Bourgeois era su incapacidad para aceptar la propia agresión. “No olvido ni perdono, es el lema del que se alimenta mi obra”, escribía ella por entonces.

Decía que para crear obras debía internarse en los “corredores de la memoria” y “transferir a una escena de hoy, emociones que tuve hace cuarenta años …” “Todos los días uno tiene que abandonar su pasado o aceptarlo; y entonces, si no puede aceptarlo, se hace escultor”, escribió alguna vez la escultora (ver recuadro). Por eso no debe esperar ver en la muestra paletas felices ni temáticas livianas. Lo anuncian los trabajos y sus títulos: Maman (una araña gigantesca, de 10 metros de altura y 22 mil kilos, monumental oda a su madre hecha en bronce, hierro y mármol); Habitación roja (padres) , un símil de habitación a tamaño real que intenta mostrar todo aquello que ocurría en el dormitorio parental con adulterios y angustias sobrevolando la pareja; Arco de histeria, en bronce, de carácter erótico-seductor pero también evidencia de una torsión dolorosa; Jano florido , en bronce, un falo doble, de tamaño grande, partido, segmentado, que cuelga del techo; Destrucción del padre, escultura-instalación de los 70´s, montones de pedazos de falos naranja-rojizos, enfrentados entre sí como cielo y tierra; y en medio, una mesa con el padre destrozado). Sobre esta última obra, Eleanor Munro, quien estudió a la artista, escribió: “Está la mesa de una cena y se ve que pasan toda clase de cosas. El padre está fanfarroneando, contándole al público cautivo lo grande que es, la cantidad de cosas maravillosas que hizo, cuánta gente mala rebajó hoy. Pero esto sigue un día tras otro. En los niños crece un resentimiento. Un día al fin se enojan. Se masca la tragedia. El padre ha repetido la pieza una vez más. Los niños lo agarran y lo ponen sobre la mesa. Y se convierte en comida. Lo despiezan, lo desmembran. Se lo comen. ¡Es, como verás, un drama oral! Lo irritante era su continuo agravio verbal. Así que fue liquidado: tal como él había liquidado a sus hijos”. El curador de la muestra, Philip Larrat- Smith, habla de una “conmemoración del acto de destrucción recreándolo”.
Conflicto. Qué mejor palabra para definirla. Louise Bourgeois. Misteriosa, sabia, táctil. Golpea, roe, raya, corrompe, destruye los materiales, los hace nacer. Los ataca (“Cuando no ataco no me siento viva”). Necesitó hacer catarsis; la aliviaba. Necesitó sacar fuera de sí una complejidad tal que no le permitía siquiera dormir. Pero sí amar. En su vida, a su manera, fue madre y compañera, esposa.
Uno se podría preguntar, ¿pero cómo sobrevivir a esto, a una angustia tan inmensa que todo lo inunda ….? ¿Y qué la ayudó más a Bourgeois, la escultura o el amor? Las respuestas, en las obras.

Louise-Bourgeois en la Acádemie de la Grande - Chaumiére, Paris, 1937.


HALLAN EN ESCOBAR
UNA RESERVA ARQUEOLÓGICA SIN PRECEDENTE



Sorpresa en un campo donde construirán un country. Se trata de un rompecabezas de 10.000 piezas que pertenecieron a los primeros pobladores del Norte bonaerense. Eran cazadores-recolectores que vivieron allí hace unos 2.500 a 3.000 años.

Excavaciones. Los arqueólgos tardaron 4 meses en desenterrar la reserva. La “parcela” que se preservará tiene 50 x 50 metros.

Por Sibila Camps

Trocitos de cerámica. Piedras angulosas o redondeadas. Minúsculos fragmentos de huesos. Un rompecabezas de 10.000 piezas: todo un tesoro para los arqueólogos que desenterraron las huellas más antiguas de los primeros pobladores del norte bonaerense, hace 2.500 a 3.000 años. Las encontraron en noviembre, a 5 kilómetros del centro de Escobar, en un predio donde se construirá un barrio privado; no obstante, el yacimiento será preservado.
La ley 25.743 obliga a realizar un estudio de impacto arqueológico previo a cualquier emprendimiento importante, lo que no siempre se cumple (ver Huellas ...). En este caso, antes de la construcción del barrio San Matías, el estudio encargado por la firma Eidico fue realizado por un equipo de arqueólogos dirigido por los doctores Daniel Loponte y Alejandro Acosta, investigadores del Conicet en el Centro de Registro Arqueológico, que depende de la Dirección de Patrimonio Cultural bonaerense.
En la época en que vivieron esos cazadores y recolectores, lo que hoy es el delta del Paraná era un gran golfo . Antes, hace unos 6.500 años, el mar se había elevado 6,5 metros y había llegado hasta el norte de Rosario. El mar fue retirándose muy lentamente; dejó un acantilado y comenzó a formarse el delta. “Cuando las condiciones marinas cambiaron a fluviales, ocuparon el lugar estos grupos aborígenes”, indica Loponte.
La llanura pampeana ya estaba habitada (se registra presencia humana desde hace 10.000 años). Y también había pobladores en la llanura fluvio-lacustre. Pero esta zona, en el nordeste bonaerense, estaba desierta. Loponte deduce que la región era similar a la franja entre Punta Indio y San Clemente, intermedia entre fluvial y marina.
A lo largo de cuatro meses de excavaciones, los arqueólogos se toparon con restos de cerámicas, herramientas y huesos de animales que dan cuenta de la buena elección del asentamiento, en función de la riqueza de recursos . A una profundidad de entre un metro y 1,5 metro rescataron instrumentos de piedra, del tipo cuchillo, para cazar y procesar presas; y raspadores para limpiar los cueros.
Entre ellos había huesos con cortes y fracturas, vestigios de que fueron cocidos. Se trata de huesos de guanacos, ciervos de los pantanos, venados de las pampas, nutrias. Además, aquellos aborígenes pescaban, corvinas y armado
s.

Huesos con cortes y fracturas. Vestigios de que fueron cocidos. Pertenecen a guanacos, ciervos de los pantanos, venados y nutrias.
Los trozos de cerámica muestran una decoración novedosa. Fueron escudillas para cocinar, y quizá también para almacenar alimentos.
Otros eran formas tubulares, abiertas arriba y en la base, por lo que “creemos que tuvieron un uso simbólico”, señala Loponte.
Aparecieron además manos de morteros, que pudieron haber molido carne seca, o semillas para hacer harina . ¿De qué plantas? “Pudo haber un monte de tala –estuvo desde hace no menos de 2.000 años, hasta la colonia–, que tiene un fruto comestible: espinillo, tala, algarrobo negro y blanco, chañar”, infiere el arqueólogo.
En esa zona convergían tres ambientes distintos: ese monte xerófilo, cuña del talar que desde Santiago del Estero llegaba hasta la depresión del Salado; la llanura pampeana; y el ambiente de río, con características tropicales.
“Era una franja ecológica que fue muy jerarquizada por los grupos aborígenes, porque tenía una gran variedad de recursos –subraya Loponte–. Por eso, en los últimos 2.000 años hubo una gran concentración de población: los primeros cronistas dan testimonio de que estaba lleno de gente”.
Los arqueólogos determinaron que aquellos primeros pobladores “probablemente eran una banda compuesta por cinco a siete familias”, que volvían cada tanto a ese campamento, y que lo ocuparon por varias generaciones. Sin embargo, algunas de las herramientas están hechas con trozos de rocas predominantes en Tandil o Sierra de la Ventana, y otras de El Palmar. Será difícil determinar si fue trueque o las trajeron de allá.
El hallazgo de este sitio obligó a Eidico a readecuar el diseño del barrio –parte del club house coincidía con la reserva–, ya que esa “parcela” de 50 x 50 metros será preservada. Mientras en el laboratorio del Instituto Nacional de Antropología se analizan las piezas, con colaboración de pasantes de Arqueología de la UBA, Loponte planea una nueva excavación, aunque no para extraer todo, sino una muestra. Después, la reserva será nuevamente cubierta. “En el futuro vendrán otros arqueólogos –sostiene–, con otra tecnología, y con otras preguntas”.


Un trabajo de artesano bajo tierra

Aunque no lo parezca, hurgar en busca de restos arqueológicos en un predio de 200 hectáreas es menos difícil que encontrar una aguja en un pajar. La primera etapa está a cargo de un geoarqueólogo , quien levanta un mapa de sensibilidad arqueológica, para reconocer todas las unidades estratigráficas en función de su antigüedad, y de las épocas en que pudo haber población en esa zona.
En una región como el norte bonaerense, si el terreno tiene lugares bajos e inundables, se busca en primer lugar los albardones que, por ser lomas fluviales, más elevadas, eran los lugares donde se instalaban los antiguos pobladores, cerca del agua pero con menos riesgo de desborde.
En esos lugares se hacen los primeros sondeos, cavando pozos con palas y tamizando los sedimentos con una zaranda . Si aparecen restos arqueológicos, habrá que trazar una cuadrícula , excavar metódicamente con herramientas más delicadas; eventualmente limpiar con pincel algunas piezas, e ir fotografiando y anotando el lugar exacto donde fueron halladas, antes de guardarlas en bolsas de nailon.
En terrenos altos se lleva a cabo un sondeo sistemático cada 50 metros. En este campo de Escobar, no se cavó más allá de los 2 metros, porque los restos de los habitantes más antiguos de la llanura pampeana (10.000 años) se encontraron a esa profundidad.
Después vienen las tareas de laboratorio. Con el método de carbono 14 se fecha la época del asentamiento. Si hay dudas, se recurre al método Kjdedal, que mide el contenido de nitrógeno total en los huesos; sirve además para saber si hubo ocupaciones diferentes en el mismo sitio.
El análisis exterior de los fragmentos de cerámicas permite conocer con qué tipo de alimentos estuvieron en contacto. Por otra parte, en los elementos de los morteros se busca fitolitos , que son células vegetales que se han mineralizado, lo que permite determinar qué se molió allí.
También se analizan los componentes de los sedimentos en los que quedaron enterrados estos vestigios de la acción humana, ya que proporcionan datos sobre su hábitat y sobre el clima.


Fuente: clarin.com


GAUGUIN, AUTOR DE SU MITO



Una muestra en Washington revela un Gauguin más oscuro que el conocido, inmerso en sus obsesiones y buscando en Tahití un paraíso que nunca encontró.

Gauguin, autor de su mito

Por Holland Cotter

Paul Gauguin era un hombre horrible pero pintaba bien. Es la visión actual que se tiene de él. En su afán por alcanzar la fama, abandonó a su familia, intimidó a sus amigos, robó ideas y mintió sobre su pasado. Su libro Noa Noa , que él publicitaba como un relato de su vida en Tahití, era en gran medida una invención, plagiado en su mayor parte. Si lo publicara en la actualidad, Oprah estaría exigiéndole una disculpa.
Claro que por otro lado está el arte. Las pinturas de Gauguin de los Mares del Sur, con sus fragantes colores de frutas machacadas –amarillo guayaba, verde lima, rosa pomelo – y sus escenas de un Edén tropical pintadas bajo el trance del opio son para devorar adictivamente. No hay otras iguales. Los museos tienen buenas razones para ponerlas en el menú.
El último de estos festines es la gran exposición llamada Gauguin: Maker of Myth , que llegó a Washington desde la Tate Modern de Londres y se inauguró en la National Gallery of Art el domingo. Los colores son todo lo ricos que se esperaba, pero, curiosamente, no son el plato dominante. Gran parte de lo que hay aquí, incluidos muchos grabados y varias esculturas, es oscuro. Se reiteran imágenes extrañas, incluso simplemente feas. La atmósfera es tensa, claustrofóbica, deprimente. Parte del problema reside en las obras elegidas.
Posiblemente para evitar el efecto grandes éxitos , las curadoras dejaron afuera numerosos clásicos carismáticos. De todos modos, para cuando se llega a la última sala da la sensación de que ningún malabarismo con las listas de las obras podía llegar a ocultar una nota básicamente deprimente en esta muestra. La historia que cuenta es, después de todo, la de un paraíso buscado pero nunca hallado; o hallado pero, en todo caso, sombrío, algo que un paraíso no puede ser.
La narración es el eje de la muestra, siendo la idea específica que justamente el uso de la narrativa apartó a Gauguin de contemporáneos modernistas como los impresionistas. En tanto éstos despojaban su arte de contenido simbólico y personal para avanzar hacia la abstracción, Gauguin apilaba exactamente estos elementos y miraba hacia atrás: cosas anticuadas como la pintura histórica, el arte religioso y el mito.
El mito que lo absorbió más plenamente fue el mito de la creación de Paul Gauguin. De modo que es apropiado que la exposición –organizada por Belinda Thomson, historiadora británica del arte, y Mary Morton, curadora de pinturas francesas en la National Gallery– se inicie con autorretratos. El más temprano, atribuido sólo recientemente a Gauguin, fue realizado alrededor de 1876, cuando tenía menos de 30 años y vivía en París. Había nacido allí en 1848 pero se ausentó durante largos períodos. No obstante, hacia 1876 estaba establecido como agente de bolsa parisino, se había casado y formado una familia. La pintura era algo que hacía en privado, al margen.
Pero pintaba mucho, y fue bueno enseguida, tan bueno que en 1879 Edgar Degas y Camille Pissarro lo invitaron a participar en la Cuarta Exposición de los Impresionistas , y fue el voto de confianza que Gauguin necesitaba. Tres años más tarde, dejó su empleo de oficina para ser artista a tiempo completo. Luego dejó a su mujer y sus hijos. Pasó meses en el campo en Bretaña, viviendo pobremente y pintando como loco. Zarpó hacia Panamá y permaneció en la isla caribeña de Martinica. En la época de ese viaje, en 1887, el pintor burgués de los domingos de la década anterior ya no existía: lo había reemplazado un artista con una nueva identidad y una nueva historia: un buscador espiritual y autoproclamado visionario.
Después de la estadía en Martinica empezó a llamarse a sí mismo salvaje y declaró su interés por los temas primitivos: campesinos bretones, negros caribeños. No sólo había pasado años en Sudamérica, decía; también tenía sangre inca. Era bestial, se jactaba, un monstruo, todo apetito. Como para probarlo, bebía descontroladamente y atacaba a sus amigos.
Sus autorretratos, como era de esperar, pasaron a ser autodramatizaciones, menos registros de cómo era –una suerte de noble hippie– que proyecciones de cómo se sentía. En 1889, se pintó como un Jesús compungido, abandonado en Getsemaní; luego como un Satanás de mirada penetrante acariciando a una serpiente; y por último en una escultura de cerámica, como una cabeza herida sangrante. En la obra de cerámica, que evocaba la alfarería precolombina, jugó la carta inca, pero también se proyectó a sí mismo como el martirizado San Juan Bautista. Igual que Juan, pensaba que era una voz en el desierto para condenar a una Europa moderna corrupta, abrazando el ideal de culturas no occidentales y en un estado de inocencia moral.
Fue a Tahití en 1891 para encontrar esa cultura, aunque lo aguardaba un shock. La isla era desde hacía tiempo colonia francesa. El cristianismo estaba bien establecido y la cultura tahitiana se había diluido. Sin embargo, Tahití tenía sus placeres. En su pequeña sociedad provinciana él asumió una especie de estatus aristocrático. El campo estaba abierto de par en par para la depredación sexual y tomó como amante a una chica de 13 años. Ella es la figura de piel oscura recostada en una cama, desnuda y temerosa, en su pintura de 1892 “Manao Tupapau (el espíritu de los muertos sigue observando)”, que es una evocación de la conquista erótica y al mismo tiempo un homenaje a la “Olympia” de Manet, a su vez, imagen de la prostitución.
Gauguin era consciente de que el público del mundo del arte en su país captaría todas esas claves. Y su impulso por atraer a ese público fue otra razón por la que se quedó.
Imágenes de Tahití producidas en Tahití –pinturas como “Arearea no Varua Ino (Palabras del Diablo o Mujeres tahitianas reclinadas)” y “Mahana no Atua (Día de Dios)”– presentaban una autenticidad automática, comerciable. ¿Qué tenía de malo que sus títulos tahitianos fueran lingüísticamente cuestionables, y que las escenas presentadas fueran inventadas? ¿Quién se daría cuenta en París? Ahora lo sabemos, pero casi no importa, porque lo más sorprendente de estas pinturas es su innovación estética, la forma en que aplastan el espacio y transforman el color en una forma sólida independiente de las figuras, alejadas de los paisajes, libres de una función naturalista. Su visión modernista del arte como realidad es auténtica más allá de toda duda.
Aquí Gauguin había encontrado una historia genuinamente nueva, radical y futurista sobre un nuevo lenguaje visual al borde de la abstracción. Era de todos modos, como señala el catálogo de la muestra, un revolucionario reaccionario, que fijaba la esperanza no en el presente y el futuro modernista, que despreciaba y temía, sino en un pasado incorrupto y no colonizado, un pasado que, como un derecho de nacimiento principesco, le había sido arrebatado y que él había terminado pasando su vida tratando de recuperar.
El esfuerzo lo desgastó y limitó su arte.
Una sala dedicada a imágenes de mujeres cerca del final de la exposición resulta opresiva por los clisés: mujer como virgen, madre, puta. Estaba estancado en esa historia primitiva, no podía abandonarla. Le dio forma en una escultura de una diosa ficticia a la que llamó Oviri –derivada de una palabra tahitiana que significa salvaje– y quería que colocaran la escultura en su tumba. Talló la imagen de la diosa, como un espíritu protector, sobre paneles de madera que enmarcaban la puerta de su última morada.
La casa estaba en las Islas Marquesas, adonde se mudó en 1901. Debilitado por la sífilis y el alcohol, harto de un Haití cada vez más occidentalizado, pensó en volver a Europa hasta que los amigos lo convencieron de que su fama creciente como artista se veía afirmada por su estatus mítico de autoexiliado en un paraíso de islas. Para mantener altas las ventas debía mantener vivo el mito, lo cual significaba no moverse.
Su solución fue profundizar el mito alejándose a kilómetros de Tahití hasta otra isla, otro Edén más lejano, decepcionante. Allí se volvió peleador; escribió memorias vengativas; y provocó al clero local llamando a su casa Maison du Jouir, Casa de Placer –con los matices eróticos de la palabra “jouir” en francés. Había llevado la corrupción consigo.
De todos modos, en las Marquesas se puso a pintar con renovado vigor. Y en cierto modo el lugar le devolvió el color –paisajes enteros de rosa papaya– aunque es imposible saberlo por la muestra de Washington, que llega a un callejón sin salida decepcionante con algunos trabajos sombríos tahitianos tardíos. La vida de Gauguin también termina aquí, en 1903. Tenía 54 años y no era entonces un hombre más agradable de lo que había sido. A los ojos del mundo, fuera del Edén, se había convertido sin embargo, para bien o para mal, en el mito que había creado. Y además estaba el arte de toda una vida, espinoso y complicado pero también, en algunos casos, de una belleza profundamente influyente que crea dependencia.

(c) The New York Times y Clarín
.....Traducción de Cristina Sardoy




¿PICASSO LE REGALÓ 271 OBRAS SUYAS?



PABLO PICASSO

Casi nada encaja en la historia del electricista que dice haber recibido de Pablo Picasso 271 obras magistrales de su primera época. Así lo cree Bernardo Laniado-Romero, que fue director del Museo Picasso de Málaga, y que califica de “improbable” y hasta “insólita” la versión de Pierre Le Guennec, un electricista jubilado que atribuye al artista el regalo de casi 300 pinturas que él tiene ahora en su poder. El electricista las habría guardado en su garaje durante 40 años y ahora desea venderlas.


PIERRE LE GUENNEC, EL EX ELECTRICISTA QUE DICE QUE PICASSO LE REGALÓ 271 OBRAS SUYAS.

Fuente texto: noticiasarteseleccion.com


NINA CAMPBELL
EN EL MUSEO NACIONAL DE ARTE DECORATIVO



NINA CAMPBELL

La reconocida diseñadora de interiores británica Nina Campbell dará una charla en el Museo Nacional de Arte Decorativo el próximo miércoles 16, a las 19. El valor de la entrada será de 100 pesos e incluirá una copa de champagne.

Por su parte, Lucía Warck-Meister, artista argentina residente en Nueva York y productora del festival anual Art in Odd Places, habló ayer en el Centro Cultural Recoleta sobre arte en espacios públicos.

Fuente: adn Cultura LA NACIÓN

ZAHI HAWASS RENUNCIA A SER MINISTRO
TRAS RECONOCER EL EXPOLIO GENERALIZADO
DE LOS PRINCIPALES SITIOS ARQUEOLÓGICOS DE EGIPTO




Zahi Hawass.
Mientras fue ministro con Mubarak, el ajuar funerario de Tutankamón dañado por los saqueadores podía restaurarse en cinco días y las momias destruidas en el Museo de El Cairo eran de escasa categoría. Ahora que se ve obligado a dimitir por graves cargos de connivencia con el viejo dictador, Zahi Hawass ha reconocido que valiosos centros arqueológicos de todo Egipto están siendo “atacados por criminales de forma sistemática" y que el patrimonio del país “se encuentra en serio peligro”.

Zahi Hawass en plena conferencia de prensa cuando afirmaba que el patrimonio arqueológico egipcio estaba totalmente bajo control.

Hawass, que durante los últimos diez años ha sido el máximo responsable de antigüedades, dice que se marcha porque no puede soportar el expolio de unos yacimientos que la Policía y el Ejército "no son capaces de proteger”. Dos semanas antes, él mismo aseguraba que todos los monumentos del país estaban a salvo.
Fuente texto: noticiasarteseleccion.com
Zahi Hawass examina la momia de Hatsheput, la faraona hombre, en el Museo Egipcio de El Cairo.

Foto National Geographic Magazine/Kenneth Garret