PROTESTA ARTÍSTICA EN MOSCÚ CON 20 GRADOS BAJO CERO

La bailarina de ballet Alexandra Portyannikova, con esposas en las manos y haciendo frente a 20º C bajo 0 de temperatura, baila en una acción de protesta en una plaza en Moscú, Rusia, hoy  jueves 30 de enero de 2014. La acción de protesta fue organizada por Amnistía Internacional para llamar la atención de la comunidad internacional sobre violaciones a los derechos humanos en Rusia. ( AP / Ivan Sekretarev)
La bailarina de ballet Alexandra Portyannikova, con esposas en las manos y haciendo frente a 20º C bajo 0 de temperatura, baila en una acción de protesta en una plaza en Moscú, Rusia, hoy jueves 30 de enero de 2014. La acción de protesta fue organizada por Amnistía Internacional para llamar la atención de la comunidad internacional sobre violaciones a los derechos humanos en Rusia.

Foto: Ivan Sekretarev
Fuente: AP

LOS QUE ENFRENTARON AL NAZISMO

En medio de un genocidio planificado y brutal, hubo quienes arriesgaron sus vidas para proteger a miles de personas que tenían la muerte como único destino posible.




Adolfo Hitler, jefe del partido nazi.
Por Julieta Roffo

El Holocausto, como plan sistemático de exterminio que cayó especialmente sobre la población judía, terminó cuando el nazismo fue derrotado por las fuerzas aliadas: terminaba también la Segunda Guerra Mundial, y Estados Unidos y la entonces Unión Soviética se repartirían los territorios obtenidos. Empezaba entonces la Guerra Fría, pero esa es otra historia. Ese genocidio, liderado de forma personalísima por Adolf Hitler, asesinó a unos seis millones de judíos -además de gitanos, homosexuales y discapacitados, entre otras víctimas fatales- y sacudió para siempre al siglo XX por su brutalidad y por su llamativa capacidad para convertirse en un fenómeno al que adhirieron las masas. Por eso, cada vez que ocurre algo que “revuelve” ese pasado, la noticia da la vuelta al mundo.
La semana pasada, se supo que el estado alemán de Baviera reeditará en Alemania “Mi lucha”, el libro que Hitler escribió en prisión, mezclando autobiografía con un ensayo sobre su defensa de la raza “aria”, que años más tarde pondría descarnadamente en práctica, desde su rol de Canciller. Será una edición comentada, y ya hay polémica sobre si corresponde o no que el libro, un manifiesto del nacionalsocialismo, circule en ese país. El fin de semana, el diario alemán Die Welt empezó a publicar cartas inéditas de Heinrich Himmler, jefe de las SS, fuerzas que se cobraron miles de vidas. En esas misivas, Himmler se comunica con su esposa y evita referirse en detalle a sus tareas, pero ninguno ahorra comentarios lapidarios sobre la población judía.
Aunque estas novedades suelen traer controversias y repudio, hay otras historias que ocurrieron durante los años del nazismo que trajeron esperanza, más o menos larga, a sus víctimas más directas y que lograron salvar algunas de esas vidas en peligro.
Tal vez la más conocida de esas historias sea la de Oskar Schindler, que nació en lo que en ese entonces era el Imperio Austrohúngaro y que a través de la contratación de empleados para su fábrica de utensilios que sirvieron a las fuerzas armadas alemanas, salvó a unos 1.200 judíos de la “solución final” -aunque por conveniencia se había afiliado al partido nazi-. Su cortesía para los negocios lo convirtió en un contacto de las altas esferas nazis, incluso las SS lo contactaron como informante, y al no conseguir mano de obra alemana, incluyó entre sus empleados a varias dotaciones de condenados a muerte que llegaron en trenes de campos de exterminio como Auschwitz y Treblinka, entre otros.
En un principio, ese arreglo con las cúpulas nazis era sólo un negocio para Schindler y quienes llegaban a trabajar durante el día, volvían a los campos a pasar la noche, pero los relatos sobre la vida en esas terminales fatales terminaron por conmoverlo y decidió negociar, empleado por empleado, su vínculo exclusivo con la fábrica. Incluso amplió su producción -cuando ya el estado nazi no le demandaba tantos productos- para poder acoger mayor cantidad de mano de obra. En la famosa “lista de Schindler” se registraban los nombres de los empleados que torcían su destino gracias a la ayuda recibida.
Menos conocida fue la historia de Ángel Sanz Briz, un español que llegó a la embajada de su país en Budapest en 1942, en plena Segunda Guerra. Aunque en ese momento Hungría era aliado de Alemania, en 1944 el territorio fue ocupado por los nazis: en esa situación, Sanz Briz, habitualmente a cargo de los negocios bilaterales, había quedado a cargo de la dependencia ibérica. Ante el envío masivo de judíos a campos de concentración y exterminio, el diplomático “resucitó” una ley de 1924 –y que ya no estaba vigente, lo que implicó un gran riesgo- que establecía que los judíos sefaradíes, expulsados en la época de los Reyes Católicos, podían acceder al pasaporte español.
Aunque con miramientos de parte incluso del mismísimo Adolf Eichmann, una de las cabezas de las SS, emitió unos 200 pasaportes y cartas de protección, a la vez que alquiló casas que hizo “pasar” como dependencias de la embajada española, que sirvieron de refugios. Pese al impedimento de seguir imprimiendo pasaportes, Sanz Briz fraguó las numeraciones para poder seguir documentando a la población judía, y así logró que unas 2.000 familias –unas 5.300 personas en total- obtuvieran protección sobre el final de la Segunda Guerra.

Perdimos a mi hermano en la Segunda Guerra: 

aún lo busco

Decisión terrible. Cuando los nazis entraron a Polonia, los padres de la autora, judíos, ya tenían un hijo de dos años. Lo entregaron a una familia católica a ver si lograban salvarlo. Al finalizar la guerra les anunciaron que había muerto pero no les supieron decir dónde estaba enterrado. Persiste la duda de si les dijeron la verdad.
Antes del Holocausto. Zenus, poco antes de la separación obligada de sus padres. Es la única
imagen que guarda su hermana: sabe que si él sobrevivió seguramente le ocultaron su origen
e identidad.







Por Diana Wang Psicóloga, Presidenta De “Generaciones De La Shoá”.
Autora De “los Niños Escondidos” Y De “hijos De La Guerra”.


Por qué uno buscaría a alguien que no conoció? Yo vengo buscando desde siempre a mi hermanito Zenus perdido en Polonia durante la ocupación nazi. Su foto era el tesoro más grande que había en mi casa. Este niñito rubio comparte conmigo el ADN familiar. Pero no lo sabe. ¿Habrá sobrevivido?
¿También él me buscará?
¿Qué le contaron cuando comenzaron sus preguntas? ¿Hizo preguntas? ¿Sabía que había nacido judío? Cuando se veía circunciso, ¿cómo lo entendía y procesaba? Su ausencia ha llenado mi vida de preguntas.
De chica eran: ¿Se parecerá a mí? ¿Le gustará cantar tanto como me gusta a mí? ¿Por qué lo abandonaron? ¿No lo querían?
¿Se habrá portado mal? ¿Podrían mis padres dejarme a mí si no me porto bien?
Durante mi adolescencia lo veía en mis sueños y pesadillas. Era como un fantasma que siempre podía aparecer. Cuando llegaba un barco polaco me iba al puerto a hablar con los marineros.
Miraba cada cara, los colores, el pelo, los ojos, buscando parecidos, familiaridades. Tal vez, quién te dice, mirá si es alguno de ellos… y en mi trabajoso polaco les preguntaba de dónde eran, cómo se llamaban sus padres, cuándo habían nacido, si tenían hermanos… O buscaba en cada nueva película polaca a algún actor de la edad que tendría mi hermano para ver si se nos parecía.
Son otras las pregunta que me hago hoy.
¿Será posible tejer cercanía con alguien que no se conoce? ¿La sangre es suficiente?
La guerra es cruel. La II Guerra Mundial lo fue. La Shoá (el Holocausto que los judíos sufrimos bajo el nazismo) nos enfrentó con decisiones que desafiaban la naturaleza humana. Los padres desarrollaron una insólita creatividad para salvar a sus hijos. Cuando la única oportunidad era dejarlos con extraños ejercitaron una nueva virtud: el desprendimiento. Mis padres creían que no sobrevivirían, pero estaban decididos a que su hijo sí, por eso lo entregaron a una familia cristiana.
Los polacos que protegían a judíos eran asesinados, cualquiera los podía denunciar y cobrar su recompensa. No era fácil encontrar familias que se atrevieran. Un varoncito circuncidado que no era rubio- ario , hacía la gesta casi imposible. Zenus fue aceptado a cambio de dinero, un dinero vital para esa familia que, sin trabajo estable, pudiera proveerse de alimentos y tuviera carbón para caldear los ambientes en el duro invierno. Si la salvación tuvo un precio, si intervino el dinero, tal vez “valga” menos para algunos. Pero es preciso reconocer el valor de estos salvadores que se arriesgaron a tan dura represalia.
En mi adolescencia juzgaba duramente a mis padres; leía su desprendimiento como abandono, egoísmo, incapacidad. Solo más tarde comprendí que fue altura moral y amor en su máxima expresión porque renunciaban a la posesión por el bienestar del ser amado.
Mis padres fueron los primeros sorprendidos al encontrarse vivos al final de la guerra. Solos, sin trabajo ni recursos, sin vivienda ni elemento alguno, no llamaron “liberación” a ese momento. Aunque libres, la libertad venía con confusión, amargura y desolación. Lo único que querían era encontrar a Zenus entregado casi dos años antes.
Llegaron donde lo habían dejado y les dijeron: “ Se enfermó y teníamos miedo de llamar al médico y que descubriera que era judío. No pudimos hacer nada por él.” –¿Dónde está su cuerpo?, fue la pregunta obligada.
–Bueno, ustedes saben…, la guerra fue terrible, no sabemos donde está, lo enterramos por aquí, no nos acordamos justo dónde… ¿Cómo no iban a recordar en qué sitio habían enterrado al niño que estaba a su cuidado? Mis padres pensaron que no lo querían entregar. Lo buscaron durante meses en hospitales, orfanatos, escuelas, seguían pistas tortuosas que los llevaban a casas de familia, en la misma ciudad, más lejos, preguntaban. Lo buscaron pero nunca lo pudieron encontrar.
Fui concebida en el transcurso de esos meses, cuando ya Zenus parecía estar perdido y comenzaron desgarradoras discusiones entre mis padres acerca de si continuar o no con el embarazo. Papá no podía superar el dolor; se acusaba de no haber podido cuidar a su hijo adecuadamente. “No quiero traer más hijos a este mundo”, decía en un alarido contenido y furioso. Mamá quería continuar, volver a generar una familia. Ganó mi mamá y yo nací. Resignados a la dura evidencia de haber perdido a su hijo, mis padres debieron tomar otra difícil decisión. Al antisemitismo polaco ahora se sumaba el comunismo.
No eran tierras amigables.
La única razón para seguir allí era la esperanza de recuperar a Zenus, que ya habían perdido. Sabían que emigrar era despedirse definitivamente de ello.
Polonia bajo dominio soviético era dura. Papá siempre recordaba el día en que la policía secreta, la NKVD, irrumpió en el departamento que les había sido otorgado después de la guerra y encontraron en la biblioteca libros anticomunistas. Lo llevaron a la sede del servicio secreto, lo interrogaron. ¡Imagínense el terror de estar en sus manos sin saber qué estaba pasando con mi mamá embarazadísima! El departamento había pertenecido supuestamente a un nacionalista polaco que dejó todos sus libros y mis padres no se deben haber detenido a revisar uno por uno.
Otro mundo. Diana, junto a un libro de canciones en yiddish -la lengua de los judíos de Europa del Este- que su padre trajo de Polonia./RUBEN DIGILIO

Papá había sido designado director de una fábrica, creo que de escobas, y era tanta la corrupción reinante que alguien debió haberlo delatado. Esto fue el colmo. Había una bebita de meses, yo, que exigía un sitio seguro para vivir. Y en lugar de seguir hundiendo sus pies en el lodazal de lo imposible, decidieron seguir adelante y así llegamos a acá.
Años después, ya en la Argentina, nació mi hermanito Alberto. Era varón, había que decidir sobre su circuncisión. Los gritos, l os llantos, el abatimiento, la tragedia cubrieron mi casa. “Somos judíos –decía mamá–, lo queramos o no y si no lo quisiéramos siempre alguien nos lo recordará, y él es nuestro hijo, carne de nuestra carne, judío como nosotros, no podemos hacer como si no lo fuera”.
Sus argumentos chocaban siempre con las mismas espinosas respuestas: “Nunca, jamás, no lo voy a marcar, si Zenus no hubiera estado circuncidado estaría vivo, habrían llamado al médico y se habría salvado. No quiero que mi hijo viva el terror y la humillación de que alguien alguna vez lo fuerce a bajarse los pantalones”. La pérdida de Zenus era su horizonte final, el borde de la cordura, la frontera del perdón, la palabra sepultada por una muerte sin tumba. Agotado, descorazonado, sin poder disfrutar el nacimiento de su hijo varón, papá se hizo a un lado, empañados sus ojos con el desánimo y la culpa, y se rindió. ¿De qué se acusaba tanto papá? ¿Qué no se perdonaba?
Cuando los nazis ocuparon Stryj, mis padres, que no habían sido arreados en la primera redada, debieron buscar cómo salvarse.
Zenus tenía 2 años, era parlanchín, alegre y travieso, la idea de huir con él era casi imposible, serían blanco fácil para la denuncia, la deportación y la muerte. La alternativa era esconderse. ¿Cómo, dónde, por cuánto tiempo? Habían caído en un bache oscuro y sin fondo, en la negrura. Día tras día. Hora tras hora. Sin saber cuándo terminaría.
¿Quién se arriesgaría a esconderlos?
Encontraron a una familia que aceptó hacerlo a cambio de dinero sabiendo que si eran denunciados los matarían. Los escondidos debían estar en completo silencio. ¿Cómo asegurar que un chico de 2 años no emitiera sonido alguno? Cualquier llanto, estornudo, quejido, los delataría y sería la muerte de todos, incluso la suya.
–Con el chiquito no, tienen que encontrar donde dejarlo.
Ese fue el gran dilema que debieron resolver. Como todo dilema ninguna solución es buena. Quedarse con Zenus implicaba el riesgo de sentenciarlo a muerte y junto con la suya, la de todos. Dejarlo en manos extrañas podía significar su salvación, pero, ¿cómo separarse de él?
Muchos padres tuvieron dilemas similares impuestos por el nazismo, disyuntivas crueles e inhumanas que debían responder en pocos instantes. Cuando fui madre me pregunté qué habría hecho yo. Era una pregunta retórica porque afortunadamente tuve el privilegio de que la vida no me enfrentara con ello. Mis padres no tuvieron esa suerte. Se acusaban de haberlo abandonado y no se lo perdonaban.
Nada alivió su culpa, nunca olvidaron a Zenus, ese primer hijo perdido para ellos y que tal vez seguía vivo en algún lugar de Polonia o, cuando cambiaron las fronteras, Ucrania.
¡Cómo me gustaría decirles hoy que cumplieron la promesa que le hacemos a un hijo cuando nace, que haremos lo que sea por él! Y ellos lo hicieron: lo entregaron a otros para asegurar su vida. Pero el calor de su piel, la ternura de su abrazo, la caricia de su mirada, verlo crecer, todo esto les había sido robado para siempre.
Estos sentimientos vivieron agazapados en los intersticios de los silencios familiares. La culpa de mis padres, callada, mordida, torturante, enturbiaba su vida y teñía de gris el milagro de su supervivencia y reconstrucción. ¿Hicimos bien?, se preguntaban de día y de noche. ¿Y si nos hubiéramos quedado con él?
Lo comencé a buscar a mis 50 años. Ya papá había muerto y mamá estaba grande. No le dije nada, no podía encarar el tema con ella. Hacíamos como que todo estaba bien, como si hubiera habido una vez un niño que tuvo la desgracia de ¿morir? Cosas que pasan.
Pero si no hay un cuerpo, no hay evidencia de muerte. Igual que con los desaparecidos de la dictadura argentina, el muerto sin sepultura es un fantasma. No está pero está. O puede estar. O puede aparecer. Uno no puede más que esperarlo.
Sigo buscando a mi hermano. Lo busqué por varios medios, sin suerte hasta hoy. No sé su nombre ni donde vive, no tengo datos, sólo esta foto de un niño de 2 años que no alcanza para individualizar al adulto de más de 70. Publicado en cuanta página web encontré, mi último intento fue enviar mi ADN al Banco de Datos del DNA Shoah Project , con la esperanza de que si Zenus sobrevivió en la Polonia católica profunda, tal vez al estar circuncidado, se pregunte quién es y empiece a buscar.
En Polonia hay mucho interés en estas historias. De hecho desde hace unos 15 o 20 años es común que gente en su lecho de muerte confiese a algún hijo que en realidad no era hijo suyo o que lo averigüen por una cuestión de parecidos físicos. En Polonia hay gente que no sabe claramente quiénes fueron sus antepasados, pero la mayoría prefiere no preguntar. A pesar de que hay archivos y se emprenden búsquedas, investigaciones. No me sirven a mi porque no tengo ningún dato para empezar a buscar: nombre, fecha, lugar, nada.
Pero lo más curioso es que temo encontrarlo.
Si sobrevivió, su crianza, su historia, su cultura tendrá pocos puntos en contacto con la mía. Nuestra hermandad no es la amasada en encuentros cotidianos, con los mismos padres y la misma historia, solo nos une el ADN. Mis padres se preguntaban si habían hecho bien en dejarlo, yo me pregunto si hago bien en buscarlo. Es uno de los ejes de mi vida. Aunque la esperanza de encontrarlo sea casi nula y encontrarlo me enfrente con nuevas preguntas y oscuridades, no puedo dejar de hacerlo.
Hay alguien por ahí a quien le robaron su historia y su identidad y yo poseo parte de la información. Es raro que añore conocer a quien nunca vi y que es tan parte de mí. Pero aún sabiendo que, como dice el tango, ahora que estoy frente a ti, parecemos, ya ves, dos extraños… , el impulso es más fuerte, sigo buscando y sigo esperando. Busco a mi hermano para que cierre la historia, para que esta hilacha que quedó suelta se entreteja finalmente en el tramado familiar, para que esta presencia fantasmagórica y las preguntas que me acosan, reciban su debido punto final.


Sociedad

Mundos íntimos

El dolor que perdura

Por Daniel Ulanovsky Sack








Una guerra, un genocidio no finalizan el día en que caen las armas: las cicatrices, húmedas, siguen abiertas por generaciones. Perdura un silencio, un latido del corazón ante ese recuerdo que une a los sobrevivientes y a sus hijos (y a los que les seguirán) como parte de un grupo que busca armar su propio rompecabezas.
¿Cómo salvar a un hijo? Alguna mujer con dosis de ingenuidad llevaba al bebé en una valija al “campo de trabajo” y la acribillaron –a la valija– apenas vieron que tenía movimiento propio. Sí, cómo salvar a mi hijo. Esa debe haber sido una de las preguntas más espantosas de las familias judías durante el nazismo cuando sabían que el destino estaba sellado.
Como argentinos, nos atravesaron situaciones distintas pero parecidas: los padres que vieron, en la dictadura, cómo se llevaban a los hijos de sus casas y el desconsuelo inapagable de no haber podido hacer nada.
Ante esa devastación, queda a veces la vida. Y la pesquisa, el olfato y la memoria para hallarla. El ADN ha revolucionado el campo de la muerte: ahora se puede conocer la identidad así no haya ninguna ligazón aparente. Se potencia la voluntad de no abandonar aquello que nunca se abandonó aunque la decisión genere insomnio por generaciones. ¿Qué hacer?
¿Morir juntos para no separarse?
¿Dividirse y privilegiar la exigua posibilidad de vida? Recordemos que los nazis mataban para que no quedara siquiera el recuerdo.
Los hijos como peligro de continuidad maldita ha sido una idea que muchos regímenes utilizaron para dividir la misma sangre. Hace unos años vi una película australiana. Allí, aún hasta 1969, se quitaban a los chicos mestizos a sus madres aborígenes –iba la policía y los secuestraba “legalmente”– para internarlos en centros en los que se los educaría a la usanza “civilizada”. La desesperación de esas madres y esos hijos por esconderse cuando llegaban los autos policiales impresionaba: sabían que estaba en juego la raíz, la conexión, el mundo.
Aquí, en tanto, los militares argentinos negaban a los bebés la posibilidad de criarse con sus familias de origen: devolverlos, pensaban ellos, era alimentar el huevo de la serpiente. Justo al revés porque siempre quedan sobrevivientes que no descansan hasta armar aquel rompecabezas hasta la última pieza.

Fuente: clarin.com

LOS COLORES DE WOODY ALLEN

Las pinturas de Hugo Echarri en homenaje al neoyorquino más famoso, desde el jueves 6 en el CC Borges. Además, el libro póstumo de Horacio Armani y los cien años de vida del Viejo Hotel Ostende.

Por María Luján Picabea

Así como en el filme Los secretos de Harry (1997) el director Woody Allen muestra a uno de sus personajes fuera de foco; aquí el que interpreta al realizador es el artista plástico Hugo Echarri y lo hace en un empaste de colores vibrantes en la muestra “Queremos tanto a Woody”, que inaugura el jueves 6 en el Centro Cultural Borges (Viamonte esquina San Martín).
“El uso del color es una de las claves para captar los trabajos de Echarri que, desprejuiciadamente, arremete con la fuerza de sus verdes brillantes, los azules plenos y los rojos desafiantes”, dice Diana Saiegh, curadora de la muestra.
“Queremos tanto a Woody” reúne veinticinco pinturas de gran tamaño, una instalación y varias video instalaciones. En cada una de las obras, el artista se vale de la pintura, el dibujo, la fotografía y también de fotogramas de filmes del director neoyorquino que utiliza como base para sus intervenciones. Pone, así, en diálogo a Allen con el poeta y escritor peruano César Vallejo y hasta con el santito popular el Gauchito Gil, sobre el que Echarri trabajó en una exhibición en 2012.
“Si algo caracteriza a nuestras sociedades y al cine de Allen es el individuo sumergido en sus obsesiones y su inestabilidad emocional, producto de factores políticos, sociales y económicos. Por ello, quienes constituimos el público de sus películas nos sentimos no sólo interpretados por su aguda mirada sino de una manera reflejados en algunos de sus variados y reconocibles personajes. Entre ellos el del propio Woody que también es un personaje de su cine”, dice el artista y declara que sus obras son “simplemente un tributo a un artista lúcido del tiempo y la sociedad que me toca vivir”.
Las video instalaciones de Echarri que acompañan las pinturas son y no parte del mismo relato. Construyen una lógica propia, un tipo de diálogo hacia adentro de los filmes de Allen. El artista juega libremente con las escenas y con su protagonista; monta, reedita e interviene el color con un crudo solarizado. Luego proyecta en loop situaciones que invitan a dejar de ver la superficie para ver lo demás, un detalle, un contraste, un gesto. “Hay algo lúdico, con una notable carga de humor, en cada una de estas piezas”, dice Saiegh.

Libros
Los nombres de la literatura argentina 

“Pocas ciudades en el mundo nacieron con la vocación de ser cantada y exaltada por sus poetas y escritores como Buenos Aires”, dice el periodista, escritor, poeta y traductor Horacio Armani en uno de los textos que componen el libro Aventuras de la palabra. Borges y otros mitos , lanzado en noviembre de 2013 por la editorial Victoria Ocampo.
Armani escribió por décadas en el suplemento de cultura del diario La Nación, trabajó en la Biblioteca Nacional y en la Biblioteca del Congreso, fue miembro de número de la Academia Argentina de Letras y miembro correspondiente de la Real Academia Española. Escribió poesía y tradujo a los principales poetas italianos del siglo XX. Murió en mayo de 2013, a los 88 años.
“Hace más o menos un año le pregunté a Horacio, ya muy enfermo, por qué no publicaba un libro que reuniera varias notas, pequeños ensayos –diría– escritos a lo largo de su vida sobre poetas, narradores y también sus propias experiencias como escritor, traductor y crítico literario. Dijo que no, que no valía la pena”, cuenta María Esther Vázquez, escritora y compañera de vida de Armani, en el prólogo.
Aventuras de la palabra es ese libro que Armani no consideraba que valiera la pena publicar, sin embargo está plagado de aciertos y miradas que empujan a la relectura de algunos de los grandes hombres y mujeres de la literatura argentina, muchos de aquellos que han cantado y evocado a Buenos Aires.
“Que Jorge Luis Borges haya sido inducido a morir en Ginebra, lejos del Buenos Aires que contribuyó a descubrir con su poesía, parece una paradoja más de su literatura”, dice Armani en uno de los textos en los que va tras los senderos que la poesía borgeana ha demarcado para siempre en la ciudad.
El autor aborda con calidez y agudeza un perfil de Victoria Ocampo, a través de las que fueron sus pasiones; hace una lectura crítica y lúcida de la poesía de Alfonsina Storni y de la literatura de Sara Gallardo; analiza la poesía en las obras de Martínez Estrada, Ricardo Molinari y Leopoldo Lugones, por citar sólo algunos.
Hay además una serie de textos en los que Molinari reflexiona sobre la poesía, sobre el lugar que se le da en la sociedad contemporánea y sobre la traducción. “La aventura de verter un texto extranjero al propio idioma es casi tan apasionante como la de la misma creación”, dice en su defensa encendida de la tarea del traductor.

Verano
Ocio y arte con mar de fondo


Hay algo en las siestas veraniegas, ese sopor dulce que achata los sonidos y los sentidos, que amasa una atmósfera casi naturalmente literaria. El verano se lleva bien con la literatura y esa es la fórmula en base a la que ha creado su mito el Viejo Hotel Ostende, que está celebrando sus cien años de vida, con una ya clásica agenda de actividades, presentaciones de libros, charlas, talleres, música, proyecciones, arte y talleres.
En exhibición hasta el 10 de marzo, puede verse la muestra Marea, con pinturas de Emilio Reato, escenas cargadas de sol, de agua salada y oleaje.
El martes 11 de febrero a las 18.30 se presentará el libro Según pasan los años , de la bióloga y profesora de bioética Susana Sommer, que aborda la vejez y el imaginario que la sociedad crea de la misma. Además, en el marco del ciclo Cinemar, el sábado 15 a las 19.30 se proyectarán en la playa del balneario los filmes Viaje a la luna (1902) de Georges Méliès, con música en vivo a cargo de Daniel Inger, y el Las aventuras del príncipe Achmed (1926), de Lotte Reiniger, el largometraje animado más antiguo que se conserva, inspirado en los cuentos de Las mil y una noches .
El Hotel ha programado, además, dos talleres para el mes de febrero. El primero, “Cuando leas esta carta”, tendrá lugar entre el miércoles 5 y el viernes 7 y estará a cargo de Valeria Iglesias. Luego, entre el 21 y el 23 se realizará “Lecturas de Alicia”, un espacio en el que se abordará la invención literaria de Lewis Carroll, con la guía de Silvia Hopenhayn.
Roxana Salpeter, responsable del hotel, ha mencionado en varias oportunidades que el suyo es un espacio en el que los visitantes comparten algo, “música, libros, un viaje por otros mundos...” y eso hace posible el encuentro y la “comunión”.


Fuente: Revista Ñ Clarín

UN MES EN EL MUSEO

Las instalaciones con materiales de descarte que Luis Terán hizo en un mes de trabajo en el MAMBA recuperan fragmentos de la sensibilidad moderna para jugar con el deterioro posmoderno. 

BOSQUES DE TOTEMS. Restos y fragmentos de botellas de plástico y envases.

Hay que subir al primer piso del Museo de Arte Moderno, acertar los peldaños de la gran escalera de hierro, que la intervención de andamios de Luciana Lamothe ha logrado entreverar. Pero se llega al fin y una vez allí, el visitante tendrá su primera perspectiva de la serie de intervenciones que realizó Luis Terán en su estadía de un mes de trabajo en el museo.
A su frente, un recorte neto y profundo en la pared habilita una visión del interior de la primera sala, en un encuadre que pareciera evocar un auténtico “Brancusi de exposición”. A su derecha, un conjunto de piezas en el suelo, recuerda por su forma, color e inscripciones lápidas o estelas conmemorativas. Mientras, en el techo, una suerte de dragón chino hecho de madera, gasa y yeso describe un itinerario ondulante. Hay más. Pero la percepción, cuidadosamente dosificada, le reserva al visitante un hiato antes de la poderosa estructura helicoidal de madera rústica que lo espera como un monstruo agazapado en el tramo final de la sala.
No es posible reconocer en este conjunto –que lleva el inquietante título de Ultimos recursos – ninguna unidad de estilo que no sea la que le da la sencillez de materiales que utiliza. Integrado por núcleos de formalización y materialidad diversa, tiene la virtud de desplegar distintas vertientes de la experimentación que el artista ha llevado a cabo en los últimos años. Algunas se relacionan con las expansiones espaciales que pudieron verse en el Centro Cultural San Martín (2010) o en la Fundación Proa ( Oxímoron, en 2011) y en el Faena Art Center en 2012. Pero otras guardan relación con el registro experimental, que distinguió a la producción del artista más cerca de la muestra que realizó el año pasado en Sendrós. En ella volvió sobre el principio de ilusión, que ha cautivado desde siempre a los seres humanos a la hora de enfrentar las crudezas de este mundo y ha sido clave en la obra de Terán.
A comienzos de 2000 este artista empezó a perforar pequeñas latas de cerveza y envases de cartón, convirtiéndolos en finísimas filigranas que, atravesadas por la luz, pasaban sin escala a alimentar universos de ilusión. Desde entonces su obra parece empeñada en darles a los materiales de descarte un destino más noble que el que les suele reservar el mundo del consumo habitual. Desde ese prolongado empeño, el artista arriba ahora a la curiosa cruza de materiales de descarte y memoria de la escultura moderna que exhibe una de sus instalaciones site-specific del MAMBA. Casi como un niño que juega con ejércitos de botones, arma familias de formas y bosques de tótems con fragmentos de envases de plásticos superpuestos. Algunos le sirven de moldes, otros son las estructuras que sostienen las formas en su interior. Curiosamente, Terán recupera fragmentos de la sensibilidad moderna –cuyo programa teórico apuntó a revelar la verdad de los sistemas de representación– para arropar al deterioro posmoderno, rescatándolo de su horizonte de desechos. Como en las filigranas de los envases que realizó hace una década, vuelve aquí con otra de sus estrategias de ilusión, que al cabo tal vez se revelen imperfectas pero para entonces, ¿quien se habrá animado a cuestionar el encanto de su seducción?
Es evidente que el artista muestra una inclinación especial por ciertos materiales que son los propios y básicos de la construcción: el cemento, el yeso, la arena o la madera rústica. Pero es el modo instantáneo, que sus cualidades ponen de maniiesto, lo que le ejerce especial fascinación.
“Siempre me interesó sacar lo mejor de lo peor; lo que más puede dar un material humilde, descartable y en última instancia depreciado”, confiesa el artista. En ese territorio de preferencias se inscriben los carteles con textos, que se apoyan como en el suelo como lápidas a la entrada. Suerte de diario de producción de esa residencia de un mes de trabajo en el museo que ha sido congelado en un instante. Hay en ellos una ambigua pretensión de provisoriedad y eternidad cimentada en el cruce de textos azarosos y cualidad material. En ellos se lee una sucesión de enigmáticas frases: “todos nuestros muertos queridos”, “un abanico de posibilidades” “Dios está aquí” o simplemente “Ayer”.
Pero el punto culminante es la gran espiral de madera que alimenta una interesante tensión entre formas orgánicas y abstractas. Lo más atractivo de esta obra, que surge de la articulación precisa de una serie de rectángulos, no es la escala sino las múltiples perspectivas que ofrece. De pronto es una escalera, una estrella o un remolino que absorbe al visitante, y lo incorpora a su juego de estructuras complementarias y opuestas, con materiales tan plebeyos que por sí mismos podrían definir los rasgos sustantivos de la estética inaugural de 2000.

FICHA
Luis Terán, Últimos recursos

Lugar: Museo de Arte Moderno de Buenos Aires (MAMBA); Av. San Juan 350.
Fecha: hasta el 2 de marzo.
Horario: mar a vier, 11 a 19; sáb y dom, 11 a 20.
Entrada: $10; martes, gratis.


Fuente: Revista Ñ Clarín

VINICIUS DESENFADADO: 200 IMÁGENES DE UNA VIDA INTENSA

Fotografías del archivo personal de quien fue su pareja argentina y de un fotógrafo cazafamosos de la Buenos Aires de bohemia y la tertulia, junto a otros materiales, se pueden ver en la muestra homenaje Vinicius saravá, hasta el 16 de febrero en el CC Recoleta
Vinicius en el restaurante del hotel Antiguo Monasterio, Salvador de Bahía, septiembre de 1976; en una foto de su mujer Marta Rodríguez Santamaría. Cuenta Renata Schussheim. "Lo conocí porque Daniel Divinsky me ofreció hacer la tapa de Para una muchacha con una flor (1973; Ediciones de la flor), y cuando vino a Buenos Aires fuimos a buscarlo al puerto, porque venía en barco por su miedo a los aviones. Ahí entablamos una entrañable relación amistosa. Para mí él fue un maestro de la vida, en la intensidad con que vivía las cosas, las charlas de literatura, su sentido del humor".

 Por Marcela Mazzei

Saravá decía al saludar, copa en mano y la otra lista para una muestra de cariño. La palabra se usa en Brasil, más bien al norte, para expresar buenos deseos y Vinicius de Moraes la dedicaba a todo el que lo cruzaba en alguna tertulia. Vinicuis habría cumplido 100 años y esa palabra que repetía como un mantra le dio nombre a Saravá Vinicius, la muestra homenaje que hasta el 16 de febrero se puede visitar en el Centro Cultural Recoleta, con entrada gratis.
“Fue una propuesta de Marta Santamaría, que fue su pareja argentina”, cuenta Renata Schussheim, gran amiga de Vinicuis y creadora del concepto de la muestra. “Pero yo tenía una meta muy clara: era no hacer nada solemne, porque él no lo era. La idea era hacer algo con cariño... pero no daba ni para poner los cartelitos en las fotos”, dice a propósito de las casi 200 imágenes, del archivo personal de Santamaría y del fotógrafo Gianni Mestichelli, que están identificadas en las paredes de la sala Cronopios con flechas en marcador negro a los nombres de los protagonistas, a veces con revelaciones, otras redundantes dada su celebridad.
Puente entre la alta cultura y la cultura popular, su bossa nova y su poesía destilaban esa elegancia que ahuyenta los fantasmas de lo popular atado al barullo; y convirtieron a la cultura carioca en arte universal. “Era un hombre fantástico, libra como yo, y muy divertido hablar con él. Llegaba a Buenos Aires y todos corríamos atrás del él, como la miel a las moscas”, rememora Schussheim al personaje vivo más allá del legado, el hombre que se casó siete veces y no se cansó de disfrutar de la vida, que murió la madrugada del 9 de julio de 1980 en la bañera de su casa en Gavea, a los 66 años.

Vinicius, Toquinho y Marilia Medalha, en una imagen del fotógrafo Gianni Mestichelli. "Él estuvo en el lugar justo en el momento indicado, porque era el fotógrafo del sello que grabó el disco de La Fusa (junto con Toquinho y María Creuza), y a él le gustaba, como a muchos, estar ahí. El tenía mucha documentación de los encuentros con Piazzolla, con Ferrer, y de esa Buenos Aires que ya no existe, porque uno tenía tiempo que perder en un bar juntándose con amigos".

Vinicius con María Creuza. "Esta foto la sacó Marta Santamaría en Uruguay; a Creuza la traho él, y cómo la presentaba!, era muy generoso".



"Organizaba feijoadas que tardaban muchísimo en cocinarse, porque él era muy divagado, pero dirigía como un capitán a toda esa gente que comenzaba a tomar caipirinha sin nada en el estómago, hasta las siete de la tarde cuando estaba cocinado. siempre generó muchos encuentros, le encantaba presentar gente y armar proyectos todo el tiempo. Creo que en eso también, ahora me doy cuenta, aprendí de él".

En la muestra se podrá apreciar una selección de sus mejores poemas, se proyectarán videos y el documental “Vinicius”, de Miguel Faría Jr. y Susana de Moraes, también habrá instalaciones, libros y cartas del poeta. "Se nota mucho el cariño de él para con la gente, pero además de fotos hay música (seleccionda por el músico Damián Laplace), y una videoinstalación que es una playa, un lugar de felicidad pensando en él".

Vinicius: la poesía, la música y la vida como si se acabara el tiempo

La muestra incluye videos, cartas, objetos, libros, poemas y un documental sobre la vida del poeta brasileño.

Al fondo está el mar, la arena blanca reconocible de las playas brasileñas. Suena la música de Vinicius, su voz se transforma en poema. Sólo falta una caipirinha y una sombrilla para no moverse más de la sala Cronopios del Centro Cultural Recoleta. La videoinstalación, con arena incluída, es parte de la muestra Vinicius… saravá! La vida, amigo, es el arte del encuentro, cuyo concepto artístico y estético está a cargo de Renata Schussheim.
La exposición es una celebración que procura, como dice la artista argentina a Clarín, “recordar a Vinicius con la energía maravillosa y solar que él desplegó en su vida. Eso tratamos de reproducir. Para mí fue mi maestro”.
El pasado 19 de octubre se cumplió el centenario del nacimiento de Marcus Vinícius da Cruz de Melo Morais, cuyo libro de poemas O Caminho para a Distancia le allanó el camino de la fama.
Al contrario de lo que su imagen bohemia “vendía”, Vinicius fue un erudito. Estudió literatura inglesa en Oxford y tenía una carrera como diplomático de la que fue expulsado por no adecuarse a los estándares que esa carrera exigía.
A un mes de la efemérides de su nacimiento, Buenos Aires le rinde homenaje en Recoleta. Al diálogo con Schussheim se suma una figura central en esta “movida” que permanecerá hasta el 16 de febrero: Marta Rodríguez Santamaría, la mujer argentina que Vinicius enamoró cuando él superaba los 50 y ella apenas se subía a los 22 años. Vivieron juntos tres años.
Multifacético. Todas las caras del músico a lo largo de los años. AP
Multifacético. Todas las caras del músico a lo largo de los años. AP

“Nuestra relación fue un acto de inspiración y de libertad. Hoy, creo que nuestro encuentro fue inevitable, quizá kármico. Era una época opresiva e intolerante. Hablo de 1975 y Vinicius me abrió el pensamiento. El representaba la libertad, el fuir, y te invitaba a que dejaras aflorar tu creatividad. Para estar a su lado hacía falta sensibilidad”, cuenta Marta.
Al año de conocerse en Punta del Este, ya compartían la vida en Salvador de Bahía. Ella se sumó a sus giras y los amigos de Vinicius fueron sus amigos: Toquinho, Joao Gilberto, María Bethania...
Renata y Marta coincidieron en el concepto de rescatar, para esta exposición, “la idea de Vinicius de vivir cada momento como si fuera el último”.
Hay 90 fotografías que lo inmortalizan, divididas en dos partes. Una con imágenes de la colección personal de Marta: situaciones familiares, amigos, viajes, un Vinicius más íntimo. La otra, con fotos de la colección de Gianni Mestichelli que registró al autor de Garota de Ipanema en sus shows en Buenos Aires, en la grabación del disco “La Fusa”, con Toquinho y María Creuza, entre otros. La muestra incluye el documental Vinicius, de Miguel Faría Jr. y Susana de Moraes, instalaciones, libros, cartas, videos y una selección de poemas.
Hubo un tiempo en que la tendencia en este país era andar por la calle con un libro de poemas de Vinicius bajo el brazo. Y además de sus libros, que fueron furor en la Argentina de principios de los 80, compuso más de 400 canciones.
Renata y Marta recuerdan que el lugar predilecto de Vinicius para recibir gente era la bañera. “Podía pasar largos ratos adentro, con una tablita apoyar su vaso de whisky mientras desfilaba la gente que quería hablar con él”, cuentan.
La canción favorita de Renata Schussheim es “Venite a perder en este torbellino”. Marta dice: “Me la dedicó a mí”. Ambas se ríen. Pero la musa argentina de Vinicius se queda con “Agua de beber”.

Fuente: Revista Ñ Clarín

OTROS TIEMPOS, OTRAS REALIDADES

El nuevo libro de Eduardo Longoni, “Destiempos”, reúne series de fotos que revelan con belleza universos casi secretos de distintos puntos del país. 

SUBASTAN EN NUEVA YORK
DOS PINTURAS DE LA COLECCIÓN DEL NAZI GÖRING

Se trata de dos obras del pintor francés Jean-Baptiste Pater, "La cueillette des roses" y "Le musicien", estimadas entre 300.000 y 500.000 dólares. Las pinturas fueron recuperadas por el grupo "Monuments Men", que trabajaron para recuperar más de cinco millones de obras de arte robadas por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial.


Cuatro pinturas robadas por el nazismo durante la Segunda Guerra Mundial, dos de las cuales fueron a parar a la colección personal del jerarca Hermann Wilhelm Göring, serán subastadas esta semana en Nueva York, anunció el lunes la casa de remates Sotheby's.
"Como muchos de los tesoros saqueados durante la Segunda Guerra Mundial, las obras provienen de famosas colecciones europeas y dos ellas fueron elegidas por el lugarteniente de Adolf Hitler y jefe la fuerza aérea, Hermann Wilhelm Göring, para su colección privada", dijo Sotheby's en un comunicado.
Las pinturas que salen a subasta fueron recuperadas por el grupo "Monuments Men", formado por más 345 expertos de 13 países que trabajaron para recuperar más de cinco millones de obras de arte robadas por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Las más importantes de las telas que serán rematadas son dos obras del pintor francés Jean-Baptiste Pater (1695-1736), "La cueillette des roses" (La recolección de rosas) y "Le musicien" (El músico), estimadas entre 300.000 y 500.000 dólares, ambas halladas en la colección de Göring.
Los cuadros pertenecían al barón James Mayer de Rotschild, que las había adquirido en el siglo XIX y a cuyos descendientes fueron restituidas tras la guerra antes de ser vendidas a su actual propietario.
El remate en Sotheby's tiene lugar una semana antes de la salida en Estados Unidos el 7 de febrero de la película del actor y director George Clooney sobre el grupo "Monuments Men".

Fuente: Revista Ñ Clarín