MADRID.- En julio de 1816, Thomas Bruce, séptimo conde de Elgin, vendió al Estado británico por 35.000 libras de la época una colección de relieves escultóricos procedentes de la Acrópolis de Atenas. Por eso más de la mitad de la decoración del Partenón, el templo del que se extirparon los motivos, debe verse en el Museo Británico de Londres, pese a la insistencia griega en recuperar el patrimonio y completar la exposición del conjunto en Atenas. Dos siglos después, y en plena resaca del Brexit, una docena de parlamentarios británicos presentaba la semana pasada en Westminster un proyecto de ley para impulsar la devolución de los denominados "mármoles de Elgin" a Grecia. Los diputados, proeuropeos y de varios partidos (laboristas, liberaldemócratas, el nacionalista escocés SNP o el galés Plaid Cymru; ningúntory), vuelven a poner sobre la mesa la añeja pelea entre Atenas y Londres -y por extensión, entre el resto del mundo expoliado y las antiguas metrópolis- sobre derechos patrimoniales, legado histórico e identidad cultural. El robo -según la terminología griega- perpetrado por Elgin, a la sazón embajador británico ante la Sublime Puerta (Imperio Otomano), dejó al templo dedicado a la diosa Atenea Parthenos (una de sus invocaciones, de ahí Partenón) demediado, sin metros del friso y un centenar de metopas. La Acrópolis vivía tiempos oscuros, y sus templos servían de aprisco, polvorín o mezquita, entre otras funciones espurias, de manera que la rapiña pasó inadvertida. Pero desde los ochenta, gracias a la actriz Melina Mercouri, durante un tiempo ministra de Cultura, la campaña de la devolución fue ganando entidad, y hoy personalidades como Bill Clinton, George Clooney -su esposa, abogada, acaba de asesorar al gobierno griego- o Vanessa Redgrave respaldan la restitución de los mármoles. El nuevo museo de la Acrópolis tiene espacio más que suficiente para albergar los miembros expoliados, ya que su galería dedicada al friso del Partenón muestra, junto a los relieves que quedaron en Grecia, imponentes vacíos: los de las piezas que se exhiben en Londres.El catedrático emérito de Arqueología y director del museo dela Acrópolis, Dimitris Pantermalís, subraya la "amputación del patrimonio" al valorar la iniciativa parlamentaria. "Es una petición muy correcta, y no sólo para los griegos, sino como oportunidad de restablecer la unidad física de un monumento patrimonio de la humanidad. Desde el expolio, muchas de las esculturas están divididas, la figura de Poseidón tiene la cabeza en un sitio y el torso en otro, y así sucesivamente. Pero insisto, no es un problema sólo griego, sino universal", explica Pantermalís, miembro del comité especial del Ministerio de Cultura griego para los mármoles.
Moneda de cambio
El profesor Paul
Cartledge, vicepresidente del Comité Británico para la Reunificación de los
Mármoles -creado en 1983-, enfría sin embargo toda expectativa de que la
iniciativa legislativa pueda dar frutos. "Es improbable que el proyecto se
convierta en ley, pero lo que sí hace es introducir el asunto en las
conversaciones de pasillo en Westminster."El movimiento, en plena onda expansiva del Brexit, puede o no tener que ver con
el seísmo político, aunque no faltan quienes ven en él una moneda de cambio.Otros sacan a relucir una añeja fotografía de 1986 en la que se ve a Melina
Mercouri y a un joven Boris Johnson, eurófobo de pro, hoy ministro de
Exteriores y en esa época presidente de la Oxford Union, antes
de un debate sobre, precisamente, los mármoles de Elgin. Mercouri, con la
melena leonina y su poderío de diosa griega; Johnson, barbilampiño y de
etiqueta: una instantánea que parece una carambola de la historia.
En una conferencia en Madrid, el premio Nobel contó que el escritor argentino, de quien se cumplieron 30 años de su muerte, "lo hizo temblar"
Miguel Rodríguez Yebra
A Mario Vargas Llosa le temblaban las piernas cuando en 1963 la radio parisiense en la que trabajaba como traductor de noticias lo mandó a entrevistar a Jorge Luis Borges . Todavía se ríe cuando recuerda una de las respuestas que le dio: "Le pregunté qué era para él la política. Me dijo: «Es una de las formas del tedio»". Pasó medio siglo y el Nobel peruano mantiene viva la fascinación por Borges, el autor que lo expuso en su juventud al conflicto ideológico de admirar a su opuesto: un escritor que rechazaba el compromiso político en la literatura, que no le interesaba asumir su tiempo ni usar las palabras como armas."Borges es probablemente el único escritor contemporáneo de nuestra lengua equivalente a los grandes clásicos del idioma, a Cervantes, a Quevedo, a Góngora", expuso ayer Vargas Llosa durante la conferencia que dictó en la Universidad Complutense de Madrid como cierre del curso de verano Borges en su siglo, convocado en sintonía con el 30º aniversario de su muerte.
MADRID.- A Durante más de una hora, Vargas Llosaretrató al Borges que llegó a conocer, la huella que dejó en el arte universal, su imaginación infinita y hasta se permitió citar de memoria el principio de "Los teólogos", su cuento preferido. "Uno de los aspectos más interesantes es su originalidad. Borges no tiene antecedentes. Y sus fuentes son inabarcables: literatura argentina, francesa, británica, filosofía, religión, ciencia. Todo al pasar por Borges se volvía literatura. Era una máquina que transformaba todo en literatura." Quizá con algo de ironía borgeana, Vargas Llosa opina que "Borges es una pésima influencia". Lo explicó así: "Es tan radicalmente original que sus imitadores se delatan a sí mismos". Aunque finalmente, ante la pregunta de uno de los alumnos del curso, admitió que quizás algo de Borges se haya filtrado en su obra: "Lo he leído tanto que alguna huella habrá dejado en mí, aunque esté en las antípodas de lo que yo soy como escritor". A esa diferencia se enfrentó Vargas Llosa en la Lima de los años 50 cuando la crítica argentina Ana María Barrenechea le descubrió a él y a sus compañeros de estudios la obra con rasgos de perfección de ese escritor cuyo nombre ni siquiera le sonaba."Recuerdo que me creó un conflicto enorme. Yo era sartreano. Creía en el escritor comprometido, en que las palabras eran actos y debían influir en la historia. Y de repente me encuentro con este hombre desinteresado de su tiempo, que habla de política de manera despectiva, que vivía en una especie de irrealidad, pero que lo leía y quedaba embrujado." Nunca más dejó de volver a esas páginas. Quizá por eso le costó tanto pararse frente a él en París. Con los años -ya convertido él también en una figura mundial- pudo tratarlo más. Pero siente que nunca lo conoció realmente. "Jamás tuve la sensación de que hablaba con Borges, sino que lo hacía con la persona literaria detrás de la cual él se escondía."¿Cómo era ese personaje? "Cuando le llega el reconocimiento su obra más importante ya está escrita y él está casi del todo ciego. Es una persona tímida, retraída. Y él decide, de cara al público, esconderse detrás de ese hombre cargado de ironía. De alguna manera hace una de sí mismo una creación literaria".Vargas Llosa aludió a la "vida llena de frustraciones" de Borges.
"Para él la literatura sustituyó la vida. Su vida fue leer, pensar, crear.
El resto es una rutina, poblada de frustraciones vitales." Encuentra, por
eso, "cierto patetismo vital" en su obra: "Hay zonas que son
inexistentes, como el sexo. Y el amor incluso está presente en la literatura de
Borges siempre como una ausencia".El Nobel peruano disiente con quienes criticaron a Borges por ser poco
latinoamericano. "Yo creo que fue uno de los primeros escritores
latinoamericanos que le demostró al mundo que podía escribir sobre todos los
temas, sobre Shakespeare por ejemplo, y hacerlo con absoluta originalidad. En
esa universalidad hay algo latinoamericano: la libertad de no tener el peso de
una tradición literaria que lo aplastase." También distingue algo
argentino en la curiosidad global de Borges, criado en una Buenos Aires
próspera, y que "de una manera un tanto patética" quería ser París o
Londres.Sobre el mito del Borges apolítico, Vargas Llosa matiza que sí tuvo posiciones
férreas contra el nazismo y contra toda clase de nacionalismo. Recordó que
durante la guerra de las Malvinas dijo aquello de que la Argentina y Gran Bretaña
"eran dos pelados que pelean por un peine". Pero no se privó de
señalar un aspecto criticable: su "debilidad por las dictaduras
militares". Marcó s "la equivocación más grande de su vida, que fue
aceptar una condecoración de Pinochet".Se despidió con una anécdota de aquella primera entrevista. Recuerda que le
preguntó qué cinco libros se llevaría a una isla desierta. Borges le habló de
enciclopedias, obras científicas que le resultaban incomprensibles, tratados de
historia. Pero nada de poesía: "Él decía que tenía su mente poblada de
versos. Su memoria era tan prodigiosa que se sentía una antología en sí
mismo".
Un periodista quijotesco
A los 80 años, Mario Vargas Llosa amplió ayer la galería de reconocimientos cosechados a lo largo de su carrera al recibir de manos del rey Felipe VI el Premio Don Quijote de periodismo. Se reconoció un artículo sobre Cuzco que publicó en El País en 2015. Le corresponden 9000 euros y una estatuilla.(EFE).
Miles de personas se desnudaron y dejaron que les pintaran la piel para participar en la nueva obra del fotógrafo Spencer Tunick, llamada Sea of Hull (Mar de Hull), que tuvo lugar precisamente en esa ciudad inglesa.
Aunque también rondan los 80, son presidentes del siglo XXI; uno de ellos sumó el diseño como disciplina y ella fue la primera mujer en dirigir el organismo
Bellucci, Blanco, Taverna Irigoyen y Perazzo. Foto: Silvana Colombo
Silvina Premat
Una institución tradicional como la Academia Nacional de Bellas Artes, que hoy cumple 80 años desde su creación, puede ser innovadora y estar a la altura de los desafíos que presenta el nuevo siglo. Así lo creen Nelly Perazzo, Jorge Taverna Irigoyen, Ricardo Blanco y Alberto Bellucci, quienes están entre los 70 y los 80, pero presidieron esta institución cuando ya habían dado un paso de este lado del umbral del siglo XXI.Pareciera que la
Academia fuera limitativa, pero es todo lo contrario: es
abierta. Estamos siempre tratando de ampliar nuestro alcance. Mi propia
incorporación fue innovadora", comenta Blanco, a sus 75 años, y abre
también el diálogo en esta reunión realizada especialmente para La Nación. Recuerda
que con su ingreso, en 2002 (luego sería presidente en 2010), el diseño se sumó
como disciplina a la música, la arquitectura, las artes plásticas, la crítica,
la escultura, el grabado, la pintura y otras cinco hasta completar las trece
que se consideran hoy y que fueron cambiando según las necesidades de las
épocas. Al principio -y durante bastante tiempo- existió, por ejemplo, el
coleccionismo como área temática.El jueves próximo, cuando se celebren ocho décadas
de historia, en la sede de Sánchez de Bustamante al 2400, se exhibirán
pertenencias de dos de sus miembros, de cuyos nacimientos se cumplió un siglo
este año: Alberto Ginastera y Libero Badii. También se verán algunas de las
obras donadas recientemente por otros dos integrantes, Guillermo Roux y Jorge
Tapia. "Con esas obras y con documentos que tenemos en el archivo haremos
en octubre una muestra", anuncia Bellucci, muy activo a sus 76, director
del Museo Nacional de Arte Decorativo y actual presidente de la Academia, que integra
desde hace 10 años. Y anticipa: "Se empieza a crear una especie de galería
de arte que, el día de mañana, puede llegar a ser un museo".Según Taverna Irigoyen, que viajó desde Santa Fe especialmente para este
encuentro, el archivo y la documentación de la Academia es un valioso
patrimonio que debería "salir" con mayor frecuencia al interior del
país. El crítico de arte propone reflotar las exhibiciones en distintas
provincias. De esta forma se reforzarían lazos que con el tiempo dan frutos
concretos. "Hay mucho que hacer", señala, y a sus 82 recuerda que
"en 2007 y 2009 la relación estrecha entre los académicos de Buenos Aires
y el delegado en Tucumán logró evitar demoliciones de edificios públicos o
patrimoniales". Perazzo observa que ya su elección como presidenta de la institución, en 1997,
fue una señal de apertura: era la primera vez que se elegía a una mujer en casi
siete décadas (luego, en 2001, designarían a Rosa María Ravera, ausente con
aviso a este encuentro). "Ahora estamos en una época de aceleración y de
cambio, y tenemos que ayudar a que el público tome conciencia del valor del
arte y se acerque al sentido del arte contemporáneo", propone Perazzo,
cuya gestión, a fines del siglo pasado, se caracterizó por la aparición de la
revista Temas, de la que en los próximos días se presentará la edición
decimocuarta. "Tenemos que ayudar al público a comprender las rápidas
transformaciones que mueven a los artistas en este momento", sugirió. La Academia de Bellas Artes funciona con nueve empleados, cuyos sueldos son
abonados por el Ministerio de Ciencia y Tecnología de la Nación - del que desde hace
unos años dependen las academias nacionales-, 35 miembros de número y otros
tantos delegados provinciales y correspondientes (son los académicos residentes
en el exterior) que trabajan ad honórem.Si bien es un órgano consultivo, no siempre es Academia nada pesa más que los antecedentes, un requisito estatutario que atenta contra el recambio generacional de sus miembros. En términos de innovación, Bellucci deja una inquietud: "Me gustaría que se reactivara un programa [suspendido por falta de fondos] a través del cual los académicos ofrecían su experiencia a los más jóvenes en seminarios, cursos o talleres". Ese deseo surge de una reflexión mayor: "¿Cuál es el rol que tenemos los más viejos en una sociedad joven y en constante cambio?" Escuchado. Blanco considera que,
en términos generales, se ha cumplido esa función, pero no tanto como lo
esperable. "Creo que los gobiernos u organizaciones que nos consultaron en
los últimos tiempos tomaron nuestros consejos o recomendaciones de manera muy
liviana. Así sucedió, por ejemplo, con el traslado del monumento de Cristóbal
Colón. Nosotros emitimos una opinión muy clara, y pasó lo que pasó." Para ingresar a esta Academia nada pesa más que los antecedentes, un requisito estatutario que atenta contra el recambio generacional de sus miembros. En términos de innovación, Bellucci deja una inquietud: "Me gustaría que se reactivara un programa [suspendido por falta de fondos] a través del cual los académicos ofrecían su experiencia a los más jóvenes en seminarios, cursos o talleres". Ese deseo surge de una reflexión mayor: "¿Cuál es el rol que tenemos los más viejos en una sociedad joven y en constante cambio?".
Fuente: lanacion.com
Secreta Buenos Aires
El 1833 desarrolló un sistema de comunicación que todavía se usa. Y en Buenos Aires tiene un monumento.
Monumento a Samuel Morse en la plaza de Sarmiento y Alem. Foto: Gustavo Castaing
Eduardo Parise
Ahora, en los tiempos en que uno, en forma inmediata y con un pequeño teléfono celular, puede comunicarse con el primo que vive en Australia, aquello de los puntos y rayas parece hasta algo ingenuo. Pero cuando todavía no se había llegado a la mitad del siglo XIX, marcó un avance clave en las comunicaciones. El primer mensaje sólo recorrió poco más de 40 kilómetros y cuentan que era una cita bíblica: decía “Lo que Dios ha creado”. Con esas señales entre el sótano del Capitolio, en Washington, y la ciudad de Baltimore, se inauguraba en Estados Unidos el telégrafo. Por supuesto no había voz y mucho menos imágenes simultáneas como tenemos en este siglo XXI. La trasmisión lleva nombre y apellido: Samuel Morse. Y en Buenos Aires, un monumento lo recuerda. Samuel Finley Breese Morse, tal su nombre completo, nació en Charlestown, un pueblo de los suburbios de Boston, el 27 de abril de 1791. Era el primer hijo de un geólogo y pastor calvinista quien lo marcó con sus ideas religiosas. Tanto que años más tarde sería un militante del anticatolicismo y contra la inmigración en Estados Unidos. Al principio Samuel se volcó hacia el mundo del arte. Y se convirtió en un retratista de escenas históricas. Su prestigio hizo que, en 1826, fuera fundador y primer presidente de la Academia Nacional de Dibujo de su país. Para entonces, ya estaba casado con Lucrecia Walker. La pareja tuvo cuatro hijos. Pero ella murió después del último nacimiento y eso generó una gran depresión en el hombre. De todas maneras, en enero de 1833, hizo su primera demostración pública sobre aquel invento en el que venía trabajando: la trasmisión de mensajes por una vía de cables. Sin embargo, recién una década después se realizaría la trasmisión inaugural. Fue el 24 de mayo de 1844. Era algo revolucionario que Morse había desarrollado con su socio Alfred Lewis Vall, otro científico tan interesado en el tema como él. Juntos no sólo promovieron el uso del telégrafo sino que lo comercializaron. En un primer momento armaron una red de conexiones entre estaciones ferroviarias, para después desarrollarla para uso oficial. Ese método de trasmisión y recepción de mensajes usando sonidos y un alfabeto alfanumérico de puntos y rayas, según el largo del sonido, se difundió por el mundo. Y creció de tal forma que, con la llegada del siglo XX, ya pasó a las ondas de radio, prescindiendo de los cables. Para esos años, Morse ya había muerto. Eso ocurrió el 2 de abril de 1872, en Nueva York, a causa de una pulmonía. Le faltaba muy poco para cumplir 81 años. Ya era millonario, aunque buena parte de su fortuna la había invertido en obras de ayuda social. Su prestigio de inventor hizo que en distintas partes del mundo se lo reconociera como figura importante en el desarrollo de las comunicaciones. Obviamente, eso incluye a nuestra Ciudad, que honra su memoria con un monumento realizado en bronce por el escultor Louis Bruninx. Nacido en Bélgica en 1884, el hombre llegó a Buenos Aires desde Burdeos. Era el tiempo del Primer Centenario de la Revolución de Mayo y la capital argentina incorporaba buenas esculturas para embellecer su fama que la presentaba como “la París de América del Sur”. Así fue como, en 1915, le encargaron la estatua de Samuel Morse. El gasto de la obra fue cubierto con el aporte que hicieron empleados del entonces Palacio del Correo y telegrafistas argentinos. Justamente, su primer emplazamiento fue el hall de entrada del Palacio (actual Centro Cultural Kirchner) que ocupa la manzana entre Sarmiento, las avenidas Alem, Corrientes y Bouchard. Luego, la ubicaron en la Plaza del Correo, frente a la calle Sarmiento, donde está ahora. Allí se ve a Morse sentado en una silla junto a una mesita en la que se encuentra el telégrafo. A la obra le falta el papel que el inventor tenía entre sus manos donde estaban grabadas las marcas del mensaje recibido. Es probable que se lo haya llevado algún vándalo. De todas maneras el homenaje está hecho y no deja de ser una curiosidad más de las tantas que tiene Buenos Aires. Y ya que se habla de curiosidades y de la Plaza del Correo, donde también está el Monumento al Cartero (obra del escultor ítalo-argentino Blas Salvador Gurrieri, que fue inaugurada en 1983), se puede mencionar algo llamativo que ocurrió con ese lugar. En 1979, en el terreno que ocupa la plaza, se iba a construir la sede central del Banco de Tokio en la Ciudad. Por supuesto, la construcción de ese edificio iba a tapar el frente del Palacio, quitándole toda su vista espectacular. Hubo todo un movimiento para evitarlo y se logró un acuerdo con la entidad bancaria: para preservar la plaza y en canje por ese terreno, se le entregó otro en Corrientes y Reconquista. Pero esa es otra historia.
La ciudad suiza de Vevey inaugura el primer espacio dedicado a la vida y obra del inolvidable Charlot
El edificio sede de Chaplin's World.CHAPLIN'S WORLD
La pequeña ciudad de Vevey, con apenas 20.000 habitantes, se encuentra a
orillas del lago entre Leman, paisajes que quitan el aliento. Al llegar a la
estación de tren, una gigantesca silueta de Charles Chaplin señala la
dirección de la nueva gran atracción de la región. Se trata de la casona a la
que el 7 de diciembre de 1952 llegó uno de los más grandes creadores de la
historia del cine. En la
Mansión de Ban (ese es su nombre), Chaplin pasó los últimos
25 años de su vida, en compañía de su mujer, Oona, y de sus hijos.
Chaplin’s World abrió sus puertas al público el pasado 17 de abril, tras
16 años de espera. El museo es un espacio ideal para los admiradores del
personaje. Permite redescubrir su vida y obra a través de recuerdos históricos,
fragmentos de películas, dispositivos multimedia, partes de los decorados de
sus películas más conocidas y nada menos que 36 estatuas de cera representando
a Chaplin, pero también a Woody Allen o Michael Jackson. Chaplin’s World es
obra del Museo Grévin, de París, conocido por sus representaciones en cera de
las celebridades más diversas. El proyecto fue lanzado en 2010 por el admirador
de Chaplin Yves Durand y el arquitecto François Merlan. El flamante museo ocupa 3.000 metros cuadrados
edificados entre los 60.000 de parque natural e incluye un restaurante y el
hotel Tiempos modernos. La visita completa está estimada en unas tres horas y
comienza en la primera planta con caricaturas de Chaplin, incluyendo un dibujo
de Picasso, fotos suyas con amigos como Albert Einstein o el político indio
Nehru, y un nuevo edificio anexo completamente dedicado a sus películas. El
visitante puede incluso entrar en la habitación donde el genio murió el 25 de
diciembre de 1977, o en el salón comedor donde la cena familiar era ritualmente
servida a las 18.45 todos los días. Pero no todo es color de rosa en esta nueva
propuesta cultural que se añade a la exclusiva Riviera suiza. Abrir Chaplin’s
World no ha sido cosa fácil. Para empezar, dado que la Mansión de Ban se hallaba
en un estado calamitoso, fueron necesarios 28 millones de euros en renovación y
restauraciones. A ello se suman los casi 10 invertidos por el Museo Grévin en
decorados y contenidos. Al final, la inversión está cerca de los 60 millones de
euros, de los que el Cantón del Vaud ha contribuido con 10. Recuperar
esta inversión no será fácil de no cumplirse las previsiones de 300.000
visitantes anuales. Pero no todo es color de rosa en esta nueva propuesta cultural que
se añade a la exclusiva Riviera suiza. Abrir Chaplin’s World no ha sido cosa
fácil. Para empezar, dado que la
Mansión de Ban se hallaba en un estado calamitoso, fueron
necesarios 28 millones de euros en renovación y restauraciones. A ello se suman
los casi 10 invertidos por el Museo Grévin en decorados y contenidos. Al final,
la inversión está cerca de los 60 millones de euros, de los que el Cantón del
Vaud ha contribuido con 10. Recuperar esta inversión no será fácil de no
cumplirse las previsiones de 300.000 visitantes anuales.
Chaplin’s World deberá competir por la atención de un turismo cada vez
más escaso en la carísima Suiza con otros eventos de la región como ser el
festival de jazz de Montreux, o un proyecto que comienza a hacer ruido mediático:
el Nest, o museo de la alimentación que Nestlé (cuyo cuartel general mundial
está también en Vevey) piensa abrir en junio en estos mismos parajes.
ampliar fotoPero no todo es color de rosa en esta nueva propuesta cultural que se añade a la exclusiva Riviera suiza. Abrir Chaplin’s World no ha sido cosa fácil. Para empezar, dado que la Mansión de Ban se hallaba en un estado calamitoso, fueron necesarios 28 millones de euros en renovación y restauraciones. A ello se suman los casi 10 invertidos por el Museo Grévin en decorados y contenidos. Al final, la inversión está cerca de los 60 millones de euros, de los que el Cantón del Vaud ha contribuido con 10. Recuperar esta inversión no será fácil de no cumplirse las previsiones de 300.000 visitantes anualesChaplin’s World deberá competir por la atención de un turismo cada vez más escaso en la carísima Suiza con otros eventos de la región como ser el festival de jazz de Montreux, o un proyecto que comienza a hacer ruido mediático: el Nest, o museo de la alimentación que Nestlé (cuyo cuartel general mundial está también en Vevey) piensa abrir en junio en estos mismos parajes.
La documentalista Ana Simon todavía hoy encuentra cartas y mensajes emocionados dirigidos al escritor argentino.
Susana Reinoso
Cada tarde de sábado, la cineasta rumano-suiza Ana
Simon, de 78 años, recorre la distancia entre su casa, ubicada en la ciudad
vieja de Ginebra, y el cementerio de los reyes Plainpalais, para dejar flores
en las tumbas de Jorge Luis Borges, de Alberto y Aurora Ginastera, y de
Francois Simon (su marido y gran amor). Al salir también las deposita en la
lápida sencilla de Sophie y Fedor Dostovieski. Ese ritual se repite en
primavera y verano. En invierno, cuando las temperaturas bajan de cero grado,
esta dama de aspecto etéreo deja ramas con hojas verdes y quita la escarcha de
las sepulturas que le son familiares.
Gran amiga de Aurora Ginastera y del compositor argentino, Ana Simon realizó el
documentalLa Ginebra de Borgespara el
centenario del nacimiento del autor de El Aleph, cuyos 30 años de muerte se
cumplen el próximo 14 de junio. “Pensé en el documental luego de ver muy triste
a María Kodama”, cuenta Ana aClarín. El
trabajo de la documentalista es una biografía íntima, con testimonios de Borges
y Kodama, en el escenario de la ciudad vieja que el argentino eligió para
morir. Hay en la Grande Rue
una placa que honra su nombre. Ginebra expande su belleza sin artificios en el
documental, mientras la inolvidable voz en off de Jeanne Moreau, también amiga
de Ana Simon, lee poemas de Borges.
En la película, Kodama cuenta que poco antes de morir, en su piso del número 28
de la Grande Rue,
muy cerca de la casa de Ana Simon, Borges y Marguerite Yourcenar dialogaron
sobre el laberinto.
Al calvinista cementerio de Plainpalais se “ingresa” por votación y sólo llegan
allí los restos de quienes hicieron aportes sustanciales a la cultura. Entre
árboles antiquísimos y sepulcros despojados, todos con estrictas medidas
físicas, la lápida de Borges tiene el número 735 y, como mucho se ha escrito,
en el frente donde se ven los siete guerreros con espadas rotas, hay una frase
del poema “La batalla de Maldon”: “y que no temieran” (“And ne forhtedon na”).
Viuda de François Simon, el actor suizo más célebre, Ana atesora un fondo
audiovisual y documental muy rico y un intercambio epistolar fluido con
personalidades como Samuel Beckett, Eugene Ionesco, E.M. Cioran, Yehudi Menuhin
o Alain Tanner, entre otros. Entre sus amigos argentinos se cuenta el eximio
pianista Luis Ascott y suele pasar temporadas en casa del poeta y cantautor
español Paco Ibañez, de allí su dominio del castellano.
Pero si algo define el carácter de Ana Simon es que, desde hace más de 20 años,
cuando cada sábado va al cementerio de los reyes, recoge los mensajes que la
gente deja en la tumba de Borges. “Ya no encuentro tantos mensajes como antes”,
le dice a Clarín una tarde soleada de mayo, mientras recuerda la vida y la obra
de quienes rodean la sepultura del autor de Ficciones.
En la sepultura 735, a30 metros
de la de Calvino, la cineasta ha encontrado pinturas, libros y objetos diversos
que la gente ha dejado como recuerdo. Todo se lo fue enviando a Kodama, por eso
sólo tiene en su poder algunos pocos de distintos años. “La gente que deja
mensajes en su lápida viene de todo el mundo. Creo que Borges fue feliz en esta
ciudad”, dice.
Entre el puñado de copias que Ana ha conservado hay algún programa de teatro
con la frase: “¡Bravo Borges!”; y una hojita del Best Western Hotel Astoria,
firmada por Aurora “sobrina de Estela Canto”, en la que dice: “Querido Borges.
Estuve aquí para visitarte (...) nos vemos en El Aleph o en algún otro sueño”.
También hay mensajes en inglés, como el de Yang y su mujer, de China: “Querido
Borges, tu sabiduría hace al mundo mucho más interesante”. Boletos de tranvía
escritos en alemán, hojas de libreta en francés, trozos de papel arrancados de
cuadernos y hasta pequeñas cartulinas, en las que la gente también deja su
correo electrónico al dorso: “[…] siendo indígena zapoteca ante tu tumba
derramo lágrimas en tu memoria”. Hay también papeles desteñidos por gotas de
lluvia, donde se lee: “Aquí estás entonces. Aquí estamos, en tu Ginebra (...)
sobre la pampa (...) en carne viva”.
Ana le dice aClarínque hay que escribir la historia de
“la tumba de Borges en Ginebra, donde la gente le deja mensajes como si fuera
un santo”. Quizá el principio de esa historia ya lo haya escrito Borges en
Atlas: “De todas las ciudades del planeta, de las diversas e íntimas patrias
que un hombre va buscando (...) Ginebra me parece la más propicia a la
felicidad”.