La obra fue presentada en 1910 y la compró la Ciudad. Se luce en Alcorta y Pueyrredón.
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Heracles arquero. Es considerada una de las obras cumbre del artista francés Emile Antoine Bourdelle. Fue restaurada en 2005. / fernando de la orden |
Por Eduardo Parise
En el mundo hay muchas copias. Una está en Nueva York. Otra en
el Musée d’Orsay de París. Una más puede verse en la ciudad de Toulouse.
Y hay otra instalada en el jardín de esculturas del Trammell Crown
Center de Dallas, en Texas. Pero si algún residente de Buenos Aires
quiere conocerla, no necesitará hacer tantos kilómetros. Le alcanzará
con llegar hasta la plaza Dante, en el cruce de Figueroa Alcorta y
Pueyrredón y podrá admirarla, en vivo y en directo. Se titula “Heracles
arquero” y se la considera una de las obras cumbre de Émile Antoine
Bourdelle.
Realizada en 1909 por un encargo del financista y
mecenas Gabriel Thomas, fue presentada en el salón de la Sociedad
Nacional de las Bellas Artes que se realizó en 1910. Fue tal el impacto
que causó que unos años después la Municipalidad porteña decidió
comprarla. Y aunque como dice una publicidad, en la vida hay cosas que
no tienen precio (y mucho menos si se trata de arte), por ella se
pagaron 20.000 pesos.
A la obra los especialistas suelen definirla
como una bisagra en la historia de la escultura del siglo XX. Todo
porque, a pesar de que mide 2,40 metros de alto por 2,30 de longitud y
sólo pesa poco más de 500 kilos, esa pieza hecha en bronce es una
especie de mojón inicial en el camino hacia la modernidad. Y no se
cansan de elogiar el arte de Bourdelle (aquel discípulo de otro grande
como Auguste Rodin) que vivió entre 1861 y 1929.
En un primer
momento se la había instalado en la plaza Lavalle, cerca de Tribunales.
Pero ya en 1944 se decidió ubicarla en esa plazoleta cercana a la
Facultad de Derecho, donde estuvo hasta 2001. Después, por temor a que
sufriera daños, tuvo una etapa de ostracismo en talleres de la Dirección
de Espacios Verdes. Pero en 2005, restaurada y con un anclaje especial,
volvió con todos sus brillos a su lugar histórico.
“Heracles
arquero” se inscribe en la admiración que Bourdelle tenía por el arte
clásico. En ese trabajo buscó reflejar la historia de aquella figura
mitológica quien, con sus flechas, debía matar a las aves que ocupaban
la zona del bosque y el lago Estínfalo. La leyenda griega cuenta que
esas aves (tenían picos, alas y garras de bronce) no sólo mataban al
ganado sino que también, con sus excrementos venenosos, dañaban los
cultivos. Esa lucha del héroe contra aquellos monstruos voladores es la
que se refleja en esa obra llena de fuerza, tanto en la tensión que hay
en el brazo y el arco, como la que aparece en la rodilla que el hombre
apoya sobre la tierra y en el pie contra la piedra que le sirve de
sostén.
También vale destacar las facciones fuertes de esa figura
desnuda: los ojos rasgados, una nariz que es casi una prolongación de la
frente y unos pómulos bien marcados, lo que demuestra que el artista
sabía darle calidez a algo esencialmente frío como el bronce. Todo eso
sumado a una composición llena de un equilibrio maravilloso que ya tiene
más de un siglo.
Que este conjunto escultórico tan bello esté en
ese lugar de Buenos Aires tampoco es casual. Primero, por la cercanía
con otra gran creación de Bourdelle: el monumento ecuestre a Carlos
María de Alvear, un trabajo al que el propio autor señaló como su obra
maestra y al que los especialistas consideran el más bello del mundo en
ese tipo de realizaciones. Y también porque a unos metros de “Heracles
arquero” se ubica “El centauro moribundo” o “El último centauro”, un
bronce patinado que este gran autor francés (alguna vez galardonado con
la Orden de la Legión de Honor) hizo en 1914 y que, para nuestro
orgullo, está igualmente dentro del patrimonio porteño. Pero esa es otra
historia.
Fuente: clarin.com
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