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La Basílica y el Convento. Y la lado, una mole que no tiene mucho que ver. |
Por Miguel Jurado - EDITOR ADJUNTO DE ARQ.
Hay edificios que tienen mala suerte, como el Convento de Santa
Catalina de Siena en la esquina de San Martín y Viamonte, justo enfrente
del Centro Cultural Borges. A fines de los 70, a un lado le
construyeron una torre tipo monobloque y la pintaron de beige y
marroncito. Ahora, quieren hacer otra torre de casi 60 metros de altura
del otro lado. Claro, peor hubiera sido que lo demolieran, como les pasó
a tantos otros edificios que hoy serían Monumento Histórico. Fijate lo
que le hicieron al Cabildo.
Por suerte, iglesia y claustro se
salvaron de la piqueta y son patrimonio nacional desde 1942. Tienen no
menos de 270 años y ya no hay quien les pueda tocar una pestaña. Pero
parece que a su alrededor, en lo que podríamos llamar su entorno urbano,
se puede hacer cualquier cosa. Hay que insistir que la preservación no
es sólo salvar uno que otro edificio, además hay que hacerlo
conservando, o generando, condiciones espaciales que lo jerarquicen.
No
me quiero poner dogmático, pero me da bronca que los pocos vestigios de
nuestro pasado colonial se tiren a la marchanta con ignorancia supina.
Hace cuarenta años, cuando construyeron el bodoque que franquea al
convento sobre la Avenida Córdoba, una enorme cartel anunciaba:
“Magníficos departamentos en exclusivo solar histórico”. Parecía una
cargada, los constructores del edificio se vanagloriaban de las mismas
cualidades que estaban lesionando. Con ese criterio, una nueva torre
podría promover su venta con algo del tipo: “Pase a la historia, sea
parte de un emprendimiento que arruinará un monumento histórico”.
En
octubre próximo se cumplen 295 años de la autorización de Felipe V para
fundar el Convento de las Monjas Catalinas. Claro que en esa época,
como ahora, todo llevaba tiempo y recién en 1727, 10 años más tarde, se
empezaron las obras en la esquina de Defensa y México con planos del
jesuita Giovanni Andrea Bianchi (acá lo llamaban Andrés Blanqui).
Resultó que los terrenos que había para el Convento no convencieron, la
obra quedó abandonada y más tarde se recomenzó en su ubicación actual y
con los mismos planos.
El arquitecto italiano había llegado en
julio de 1717, justo cuando el Rey ordenaba construir el convento. Vino
con el arquitecto Bautista Primoli y un maestro de carpintería de obras,
Juan Wolff. Los tres desarrollaron su profesión en el Virreinato sin
trabajar nunca juntos, pero intervinieron rotativamente en las
principales obras de su época. Apenas llegó, Blanqui (o Bianchi) se
radicó en Córdoba, pero lo llamaron de Buenos Aires para hacer la
basílica de Nuestra Señora del Pilar, en lo que hoy es La Recoleta. En
1724 diseñó el Cabildo ¡Sí, el Cabildo! Además del Convento de Santa
Catalina, Blanqui (o Bianchi) diseñó la basílica de San Francisco, en
Alsina y Defensa, y la de Nuestra Merced, en Reconquista y Perón ¿Qué
más se le puede pedir a Blanqui (o Bianchi)? ¡Un poco de respeto, che!
Por todos estos antecedentes es que el entorno de la Iglesia y Convento
de Santa Catalina necesita un diseño especial. El año pasado, por
ejemplo, para completar La Manzana de las Luces se realizó un concurso.
Buena idea.
Es que, para amortiguar el encuentro de dos épocas
tan distantes como la de la Colonia y la actual, se requiere algo más
elaborado que la fría letra del Código de Planeamiento. Hace más o menos
quince años, junto a la iglesia San Juan Bautista y el Convento de
Nuestra Señora del Pilar de Zaragoza, que está en la esquina de Asina y
Piedras, se construyeron oficinas y un hotel. Dos torres. Por más
cuidado que tuvieron los arquitectos para generar un espacio fuelle
entre lo nuevo y el edificio histórico, la experiencia no dejó el mejor
resultado. El problema es que los espacios abiertos, la verticalidad, el
cristal, el acero y los volúmenes contundentes son característicos de
la arquitectura moderna. Y opuestos a los espacios contenidos y
materiales tradicionales que distinguen a la arquitectura colonial.
En
la manzana de Santa Catalina habría que resignar la idea de una torre
por un proyecto más acotado. Moderno, sí (no una copia farsante de
arquitectura colonial) pero algo que jerarquice al convento. No sea cosa
que nos pase como al Cabildo: cuando nos dimos cuenta que valía la
pena, lo habíamos convertido en una maqueta.
Fuente: clarin.com
Fuente: clarin.com
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