San Martín de Tours combatió para el imperio romano. La capa y
el mendigo, su paso por la Iglesia y el sorteo que lo liga Buenos Aires.
Monumento. En la plaza que lleva su nombre, en Recoleta, refleja la historia del corte de su capa y el mendigo.

Muchos consideran que Buenos Aires es una ciudad tan extraña y
mítica que hasta tuvo que ser fundada dos veces. Claro que algunos creen
que la primera fundación no fue tal porque, dicen, sólo se trató de un
asentamiento y no llegó a esa categoría. De todas maneras, la Ciudad
tiene otras cosas tanto o más curiosas que esa doble fundación. Un buen
ejemplo de esas curiosidades es su patrono, San Martín de Tours. Lo
identifican como francés, aunque nació en Hungría; fue un verdadero
cuadro militar de los ejércitos del imperio romano y un obstinado sorteo
lo ungió como Santo Patrono de esta concentración urbana, bien española
en su origen, pero que 432 años más tarde tiene casi tanta mezcla como
si se tratara de las Naciones Unidas.
Lo eligieron patrono en
octubre de 1580, cuatro meses después de la fundación. Se cumplía así
con una vieja tradición. Según la leyenda, lo extraño fue que cuando su
nombre surgió del primer sorteo, muchos se opusieron por tratarse de un
“santo francés”. Cuentan que hubo un segundo sorteo y volvió a salir su
nombre. Cuando al tercer intento apareció otra vez él, dicen que se
resignaron y lo validaron sin más trámite. ¿Quién era ese “santo
francés”, empecinado en convertirse en protector de aquella lejana
colonia? Había nacido en Panonia, actual Hungría, en 316. Era hijo de un
tribuno romano, veterano de los ejércitos del imperio. Por eso es que
cuando sus padres se radicaron en Italia, a los 15 años fue incorporado a
la fuerza militar. Para entonces ya se había educado en Pavía.
Pero
su mayor fama no tiene que ver con ningún sangriento combate, sino con
un hecho que lo marcaría para siempre. Fue un día en que las fuerzas de
la guardia imperial que integraba llegaron a Amiens, en la zona de las
Galias. Era el invierno de 337. Martín, montado en su caballo, llevaba
sobre sus hombros una buena capa de piel que lo protegía del frío. En
ese momento, se le acercó un mendigo con poca ropa y tiritando a pedirle
ayuda. El gesto de Martín fue contundente: sacó su espada, cortó la
capa a la mitad y le entregó una parte a aquel hombre. La historia dice
que esa noche, en sueños, se le apareció Jesús llevando puesta esa parte
del abrigo. La moraleja fue simple: siempre en la vida es más difícil
compartir que regalar.
Aquel gesto está reflejado en el monumento
dedicado a San Martín de Tours que se encuentra en una plazoleta en la
subida de la calle Junín, entre Posadas y avenida Alvear, en Recoleta.
Fue realizado en bronce por el escultor ítalo-argentino Armando Bucci y
se inauguró en 1981. Y la iglesia donde se lo venera en Buenos Aires
está justamente en el 2949 de la calle que lleva el nombre del santo, en
Palermo. Fue habilitada en 1931.
Después de esa acción, Martín
dejó el ejército, se sumó al catolicismo y llegó a ser obispo de la
ciudad de Tours, predicando y fundando conventos en Francia. Murió en
Candes en 397 y se lo evoca cada 11 de noviembre, fecha en la que en
España se solía faenar algún cerdo en cada chacra. Eso originó la frase
de que “a cada chancho le llega su San Martín”.
También cuentan
que la mitad de la capa que le quedó al santo fue guardada en una urna
en un pequeño santuario construido especialmente. A esa capa trunca se
la llama “capilla” y al encargado de cuidarla se lo conoce como “el
capellán”.
De ahí el origen de la palabra que designa a un pequeño
oratorio, un tema que merece tal vez una investigación más profunda.
Pero esa es otra historia.
Fuente: clarin.com
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