
Hasta hace unos años los encuentros sobre patrimonio arquitectónico tenían dos características: estaban limitados a la presencia de “especialistas” (arquitectos), y el motivo, casi siempre, era rasgarse las vestiduras por la permanente destrucción de inmuebles valiosos, pero sin hacer nada siquiera simbólico, para evitar su destrucción. Eso sí, terminaban con la distribución gratuita de libros que relevaban cientos de edificios patrimoniales, muchos de los cuales ya habían caído bajo la piqueta.
Por supuesto, es imprescindible y loable el estudio académico de la arquitectura patrimonial, pero de poco sirve, sobre todo cuando de políticas y fondos públicos se trata, si no está acompañado de medidas concretas de protección y de sanciones para quienes la destruyen e incentivos y compensaciones para los que la restauran y ponen en valor.
Estas últimas semanas fueron pródigas en encuentros y presentaciones vinculadas con el patrimonio arquitectónico, pero de otro tipo, más acorde con el signo de estos tiempos en los que el tema se ha incorporado definitivamente a la agenda política.

Estos nuevos debates en torno del patrimonio fueron inaugurados por la Comisión de Patrimonio Arquitectónico de la Legislatura porteña, entre los que destacaron uno en 2008 con la presencia de los representantes del sector público y el sector privado a cargo de la restauración de México DF, y otro en 2009, que consistió en una reunión de trabajo sobre la transferencia de la capacidad constructiva e incluyó, entre otros invitados, al presidente del Banco Ciudad.
En esta misma línea, la renovada Comisión de Preservación del Patrimonio Histórico Cultural de la ciudad de Buenos Aires promueve cada semana una tertulia en la confitería Ideal, en la que los ciudadanos, arquitectos, funcionarios, defensor del Pueblo y periodistas intercambian ideas sobre la preservación de este bien colectivo que es el patrimonio cultural.


Los nuevos debates sobre el patrimonio arquitectónico no abandonan la preocupación por la demolición de edificios valiosos, todo lo contrario, pero tienen algunas características diferentes, producto de la inclusión del tema en la agenda pública y por la consecuente incorporación de nuevos actores sociales.
Ya no reúnen solamente a especialistas y los debates se centran en cómo hacer para que efectivamente se preserve el patrimonio, para que su puesta en valor sea sustentable y, si hace falta, reclamar el cumplimiento de las obligaciones del Estado, más que en la celebración de la impotencia y del no se puede, como ocurría en otras épocas.

EL ESPLÉNDIDO VITREAUX QUE TENÍA LA CASA PARA ILUMNIAR SU INTERIOR.
Ahora, los arquitectos ya no están solos y se cruzan en los pasillos, pero también se sientan codo a codo en las mesas de debate con ciudadanos, diputados, funcionarios, jueces, periodistas, economistas, abogados, fiscalistas, asesores y hasta lúcidos representantes de inmobiliarias, que se preocupan y ocupan de la preservación del medio ambiente urbano.
La concurrida presentación del libro Buenos Aires. Ayer y Hoy en el Museo Sívori, una excelente publicación desde el punto de vista conceptual y estético, también mostró un cambio en materia editorial.
Este libro, publicado por la Fundación Urbe y Cultura, bajo la dirección de las arquitectas Laura Weber, Susana Mesquida y Carla Levin Rabey y editado con fondos aportados por la empresa Zurich a través del régimen de mecenazgo porteño, refleja en imágenes el –mal– estado de situación y el cambio rotundo y vertiginoso que se produjo en el paisaje urbano en algo menos de un siglo.
En cada página se contraponen imágenes antiguas y actuales de Buenos Aires, dejando en evidencia la pérdida irreparable de cientos de edificios valiosos, pero lo que es peor, la desaparición –en muchos casos– del perfil singular y distintivo de cuadras enteras de la ciudad, algo que podría evitarse con una planificación urbana coherente y sostenida que permita la coexistencia pacífica e incluso virtuosa entre patrimonio y arquitectura contemporánea.
No es extraño que se produzcan estos cambios de conductas, y tampoco que muchos de los responsables de la impotencia patrimonial se hayan llamado a silencio y ya no transiten por los pasillos de estos encuentros patrimoniales. Las cosas han cambiado.
Desde hace varias décadas el patrimonio arquitectónico y paisajístico ha dejado de ser sólo monumentos u obras singularísimas firmadas por un arquitecto de prestigio. Ahora incorpora las expresiones de un “pueblo que comprende las obras de sus artistas, arquitectos, músicos, escritores y sabios, así como las creaciones anónimas, surgidas del alma popular, y el conjunto de valores que dan sentido a la vida”, como definió la Conferencia General de la Unesco en 1982.

Pero para ello es imprescindible –y la delegación rosarina que participó del seminario internacional así lo demostró– que exista un compromiso desde las máximas autoridades del Estado, y que –con ese respaldo, y la consecuente asignación de recursos para encarar la tarea– se lleve adelante una política integral de planificación, protección y puesta en valor del patrimonio cultural.
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