EL TIEMPO DA LA RAZÓN A LE CORBUSIER

De Nueva York a Estocolmo, museos de todo el mundo reexaminan el legado del arquitecto.

La influencia de sus utópicas teorías cobra actualidad.
La pintura 'The poem of the Right Angle plates' (1955), de Le Corbusier.
Álex Vicente - Estocolmo 

Los suecos todavía no se han olvidado de Le Corbusier. En 1933, el arquitecto tuvo la ocurrencia de tirar abajo el centro de Estocolmo para crear una urbe moderna, con torres y rascacielos que permitieran responder al boom demográfico gracias a la verticalidad, así como grandes avenidas cerradas a la circulación para favorecer la calidad de vida. Pero ganó la piedra decimonónica y el proyecto no fue seleccionado. “Sabía que nunca le darían el encargo. Fue una provocación teórica, pero también una estrategia para venderse a sí mismo”, explica Jean-Louis Cohen, profesor de la New York University, uno de los mayores expertos en el arquitecto y comisario de Moment. El laboratorio secreto de Le Corbusier,la nueva exposición inaugurada en el Moderna Museet de Estocolmo, con el objetivo de inspeccionar el proceso creativo del arquitecto francosuizo.
Es la primera de las numerosas muestras que, a lo largo de este año, reexaminarán el legado de Le Corbusier, avanzándose a la próxima efeméride de envergadura, la conmemoración dentro de dos años del 50º aniversario de su muerte. El MoMA de Nueva York se anticipará al calendario con su primera muestra sobre el arquitecto, prevista para mayo y destinada a convertirse en su blockbuster estival, que se apoyará en numerosos documentos de su archivo personal, de las acuarelas pintadas durante sus viajes de juventud a los esbozos del paisaje indio que inspiraron la construcción de su ciudad utópica en Chandigarh, la capital del Punjab.
A finales de abril, se inaugurará en Bruselas una muestra sobre Le Corbusier y la fotografía, que abordará cómo se sirvió de la disciplina para documentar sus proyectos, pero también para publicitar su trabajo e incluso su persona, reclutando a artistas tan reputados como René Burri y Lucien Hervé. En Marsella, ciudad impregnada de su legado urbanístico, una exposición sobre Le Corbusier y la herencia del brutalismo abrirá sus puertas en octubre. Todo ello, mientras sigue abierta la muestra sobre sus proyectos italianos en el MAXXI de Roma, y al tiempo que ocupa un papel protagonista en otra exposición sobre la evolución del oficio de arquitecto que todavía puede visitarse en la Pinacoteca Moderna de Múnich.

Le Corbusier
Un retrato del arquitecto tomado en Estocolmo en 1962. / ahrenberg collection
Todas ellas insisten en sus múltiples facetas de arquitecto, urbanista, paisajista, diseñador de interiores, escritor y artista, dignas de un hombre renacentista. A través de sus 400 proyectos urbanísticos —una aplastante mayoría de los cuales nunca serían realizados— y de los 75 edificios que logró erigir en una docena de países, Le Corbusier ideó una nueva poética de la arquitectura, a medio camino entre la armonía clásica y la funcionalidad que requerían los tiempos modernos. Sus hallazgos formales procedieron, a menudo, de su experimentación en la pintura y la escultura. Cuentan que Le Corbusier, artista plástico de formación, visitaba su atelier cada mañana para trabajar en sus lienzos, antes de dirigirse a su estudio cada tarde para estudiar cómo aplicar las mismas composiciones en el plano arquitectónico.
Ese vivero de experimentación —al que llamaba su “laboratorio secreto”, como dejó dicho en 1948— protagoniza la muestra de Estocolmo, que hasta el 18 de abril se introduce en la mente de Le Corbusier a través de 200 pinturas, esculturas, esbozos arquitectónicos, naturalezas muertas, fotografías de época y hasta su colección personal de crustáceos marinos, cuyas cavidades misteriosas inspiraron las formas de sus edificios tardíos. Por ejemplo, con un poco de imaginación se logra entender cómo el caparazón de un cangrejo pudo inspirar la capilla de Ronchamp, construida en los cincuenta.

El plano que hizo Le Corbusier en 1933 para alterar el centro de la capital sueca.

La semejanza entre sus obras pictóricas y sus creaciones arquitectónicas del mismo periodo resulta todavía más flagrante. Las formas geométricas de sus residencias de la cercanía parisiense, con la Villa Savoye al frente, se parecen sospechosamente a las que figuran en uno de sus primeros cuadros, La chimenea (1918), cuando todavía utilizaba su auténtico apellido, Jeanneret, para firmar sus obras con caligrafía perfecta. Más tarde, salpicaría el blanco nuclear con algunas manchas de colores primarios, como resultado de su descubrimiento de la corriente holandesa De Stijl. A finales de los años veinte, las formas irregulares y las gamas cromáticas de sus bodegones poscubistas empezaron a aparecer en sus edificios. Las correspondencias entre arte y arquitectura se alargarán hasta el final de sus días. “Sus edificios de los años cuarenta, como la Cité Radieuse de Marsella, integran diferentes disciplinas y reproducen su interés por la síntesis de las artes”, explica Le Cohen junto a las numerosas maquetas de la exposición, preparadas para la ocasión por la Universitat Politècnica de Catalunya.
“Nos seguimos interesando por Le Corbusier al margen de los aniversarios porque es una figura seductora en la historia de la arquitectura, por su capacidad de invención y su reivindicación de libertad”, afirma el comisario. “Pero también porque el corbusianismo ha sido un lenguaje mal imitado, con el que seguimos conviviendo”. Así es en todo el mundo. También en Estocolmo. Su proyecto fue rechazado por escandaloso, pero acabaría dando lugar a otro mucho peor en los cincuenta. De entre todas sus ideas, solo se privilegió la del desarrollo vertical, lo que exigió demoler gran parte del centro histórico de Klara, recordado hoy con nostalgia por los autóctonos. En cambio, la circulación congestionada sigue ahí.


Fuente: elpais.es

LA ABSTRACCIÓN, SANTO GRIAL DEL ARTE MODERNO

En el MoMA, hasta el 15 de abril, se exhibe una enorme muestra sobre el modernismo.
EN EL MOMA. La muestra "Inventing Abstraction: 1910-1925" incluye "Columna infinita", de Constantin Brancusi (1918), y una pared con pinturas de Kazimir Malevich.

Por ROBERTA SMITH - The New York Times

En la segunda década del siglo XX, la abstracción se convirtió en el santo grial del arte moderno.
La abrazaron con febril pasión toda clase de figuras creativas en Europa, Rusia y otros países, reaccionando ante variados acicates: el cubismo y otras desviaciones del anticuado realismo, la bella blancura de la página en blanco, la comunión con la naturaleza, las aspiraciones espirituales, las máquinas modernas y el ruido cotidiano.
Los pintores, los escultores, los poetas, los compositores, los fotógrafos, los directores de cine y los coreógrafos por igual se aventuraron a este nuevo territorio, esforzándose por cortar el antiguo lazo del arte occidental con las imágenes legibles, la lógica narrativa, la estructura armónica y la rima.
Fue un proceso emocionante y aterrador y, desde el punto de vista de la historia del arte, es uno de los relatos más fascinantes jamás contados.
"Inventing Abstraction: 19101925", una magistral y vertiginosa cornucopia expuesta en el Museo de Arte Moderno de Nueva York (hasta el 15 de abril), capta parte de esa emoción y ese terror originales, en una colección de obras que muestran a los artistas abrazando lo terreno y, en algunos casos, retirándose a la pureza mística. La muestra aporta nueva amplitud y detalle y una nueva impresión de colectividad a un relato conocido que, para el museo, es tierra sagrada.
Las más de 350 obras exhibidas incluyen numerosas pinturas ­la mayoría de las importantes de fuera de la colección del Modernasí como vitraux, bordados sobre cañamazo, películas, esculturas y libros ilustrados. Organizadas libremente por nacionalidad, constituyen una proeza hercúlea de orquestación por parte de Leah Dickerman, curadora del departamento de pintura y escultura del Modern, y Masha Chlenova, asistente de curaduría.
Este es el tipo de estudio histórico abarcador de un importante período del modernismo por el cual con justicia se admira al Modern, y en muchos aspectos es la continuación de uno de los primeros y más famosos en su tipo, la muestra pionera "Cubism and Abstract Art" montada por Alfred H. Barr Jr., director fundador del museo, en 1936. El esfuerzo de Barr abarcó cincuenta años, de Cézanne al surrealismo. Dickerman fijó márgenes estilísticos y un marco temporal considerablemente más estrechos y, quizá conforme al actual énfasis del Modern en la performance, con habilidad introdujo antiguas películas de danza y grabaciones de poesía y música en las galerías.
También añadió a la mezcla artistas estadounidenses y aumentó la cantidad de artistas británicos e italianos y de mujeres. Como resultado de ello, la muestra es a la vez más focalizada y más abarcadora.
El primer artista que encontramos en la muestra es Picasso, representado por una austera pintura cubista de 1910 que ­desprovista de sus característicos detalles legibles­ coquetea con la abstracción total. Era una rareza para él, y es el único Picasso aquí.
Luego viene un momento clave de polinización cruzada: el concierto de Munich de la música de Arnold Schönberg, de enero de 1911, que llevó a Kandinsky a incorporar la abstracción tras meditarlo durante años. Hay aquí dos bosquejos cómicos del acontecimiento, con figuras e instrumentos claramente visibles (además de su música, tanto en forma escrita como reproducida en la sala), y también la pintura semiabstracta y algo thurberesca que resultó, "Impresión III (Concierto)".
A partir de allí, la exposición adquiere un ritmo urgente fijado por los constantes giros y cambios de escala, medios, lugar y estilo, así como por diferentes ideas de forma, espacio e incluso velocidad.
Telas impresionantemente grandes de Frantisek Kupka, Picabia, Morgan Russell y David Bomberg van puntuando el camino, demostrando que los expresionistas abstractos no fueron los primeros en aumentar el tamaño de la pintura abstracta: ella nació así.
Igualmente sorprendentes son los grupos de obras chicas, sobre todo una pequeña galería en la que once pinturas de Piet Mondrian lo muestran aplanando y magnificando progresivamente la cuadrícula cubista para llegar a la abstracción pura, y una pared con nueve pinturas suprematistas del maestro ruso Kasimir Malevich.
En una de las yuxtaposiciones más astutas de la exhibición, las geometrías fluidas e implícitamente espirituales de Malevich se enfrentan a tres pinturas relativamente atestadas y bochincheras del Oficial Alemán del estadounidense Marsden Hartley, un arribista canónico; actúa como árbitro de su confrontación la severidad terrenal de una versión temprana de casi dos metros de la "Columna infinita" de Constantin Brancusi.

La muestra tiene fallas y omisiones.

Paul Klee está ausente por culpa de una promesa de préstamo incumplida; también falta Joan Miró, que podría haber aportado un soplo caprichoso a su tono a veces serio.
Pero hay numerosas compensaciones, entre ellas el ver tantas obras de peso de mujeres. Vemos no sólo a Robert Delauney sino también a su formidable esposa, Delauney-Terk, representada por sus audaces ilustraciones de la poesía de Blaise Cendrars y un pequeño ejemplo luminoso del orfismo ­el nombre de Guillaume Apollinaire para un tipo de pintura saturada de color y agresivamente abstracta que reflejaba el cubismo­ que opaca a las cuatro obras de su marido.
Vemos las subversivas incursiones de Marcel Duchamp en el arte yuxtapuestas con la pinturacollage sutilmente rebelde de su hermana Suzanne "Embudo de soledad", de 1921. Está aquí Georgia O’Keefe, representada entre otras cosas por una misteriosa acuarela de remolinos azules de 1916.
Lamentablemente, las fichas técnicas no siempre iluminan las conexiones entre los artistas. Pero aminorar el paso y estudiar todo lo que nos rodea en determinado punto brinda enormes gratificaciones.
En uno de mis lugares favoritos de la muestra, se puede escuchar unos poemas leídos por Apollinaire, el primer defensor de la abstracción, mientras se hojea un raro ejemplar (en formato digital) del modesto libro en que se publicaron por primera vez.
Uno puede contemplar una pared de pinturas y dibujos de 1913-14 de Fernand Léger que convierten las delicadezas de la estructura cubista en el desplome de campos de líneas y arcos negros, que están agrupados por bruscos toques de blanco o de color.
Los Léger culminan en la "Primavera" de Picabia, de 1912, una abstracción grande y turbulenta, cuyas formas macizas y tonos terracota connotan una extensión sin figuras pero carnosa cuya intención parece ser la de responder a las angulares damas rosadas de "Las señoritas de Aviñón" de Picasso, de 1907.
Junto a ella hay dos pinturas más pequeñas llenas de formas astilladas ­más aniquilaciones del cubismo­ realizadas en Rusia en 1912 y 1913, una de Mikhail Larionov y la otra de su mujer, Natalia Gonchorova.
Si el visitante se da vuelta, se encontrará con el gigante amistoso de "Sincronía en Naranja: Hacia la forma", la escultura de tres metros de alto de Morgan Russell, de 1913-14.
A la derecha hay una galería dedicada a los futuristas italianos y sus pinturas ruidosas y frágiles y una pared cubierta de algunos de sus dibujos en lenguaje mágico.
En la esquina opuesta, un grupo de pequeños dibujos hechos con lápices de colores y una pintura de Giacomo Balla podrían haber sido ejecutados ayer.
"Inventing Modernism" es en sí una maravilla como diagrama, un circuito creativo que es visual, auditivo y cinético y cuyas líneas radiales ofrecen nuevas vistas y visiones a cada paso.


Fuente: Revista Ñ Clarín


LA CALLE DEL PECADO Y LOS FANTASMAS

Una plaza de toros y cabarets poblaban lo que hoy es 9 de Julio, entre Belgrano y Moreno.

Pasaje Aroma. Tributo a una batalla patriota en Bolivia. /JORGEALGORTA.BLOGSPOT.COM.AR

Por Eduardo Parise

En 1790, cuando Raimundo Mariño y otros vecinos propusieron que en la zona se construyera una plaza de toros, pensaron que aquello iba a mejorar el lugar. Se inauguró en 1791 con capacidad para 2.000 espectadores. Pero en 1799 se ordenó demolerla porque el resultado no era el que esperaban: los alrededores se habían llenado de pulperías y prostíbulos. Y el pasaje más famoso del lugar era aquel al que llamaban “la calle del pecado”.
La zona en cuestión es la que hoy rodea al edificio de 22 pisos del Ministerio de Salud y Desarrollo Social, en la avenida 9 de Julio, entre Moreno y avenida Belgrano. El área se completa con la calle Lima. En medio de esa manzana, paralelo al edificio, existió el pasaje Aroma, al que algunos conocieron también como “De la Fidelidad”, por la cercanía con el cuartel del regimiento de Pardos y Morenos, que habían peleado fielmente contra los invasores ingleses.
Dicen que el nombre Aroma era porque por allí andaban los toros que iban a la plaza y dejaban huella de su paso. Pero el origen era otro: evocaba la heroica batalla librada en la pampa de Aruhuma (conocida popularmente como Aroma) el 15 de noviembre de 1810. Esa vez, las fuerzas patriotas lideradas por Esteban Arze, derrotaron a los españoles. Fue una victoria importante y ocurrió una semana después de otra batalla clave: la de Suipacha, ambas en la actual Bolivia.
También se la conoció como “la calle embrujada”, por la proximidad de un camposanto que estaba en Lima y Belgrano, a metros de la Iglesia de Nuestra Señora de Monserrat, la parroquia que le da nombre al barrio. Cuentan que ese “embrujamiento” tenía que ver con algunas ánimas que rondaban el lugar. Los más escépticos, en cambio, lo asocian con los malandras que rondaban la zona y aprovechaban la mala fama de esa calle para cometer sus tropelías y achacárselas a los fantasmas.
Ministerio sin la 9 de Julio. El edificio ocupó el espacio del pasaje Aroma.
Claro que sobre los fantasmas había otra teoría. Decían que los espíritus correspondían a una joven que había sido novia de un torero andaluz y del propio torero. Recordaban que él quiso llevarla a España, pero como ella se negó y terminó la relación, él la asesinó y luego se ahorcó junto a una reja de la plaza de toros. En aquella plaza, en ocho años, hubo unas 120 corridas en las que se recaudaron más de 7.000 pesos. Buena parte de ese dinero se usó para obras de empedrado.
Más cerca en el tiempo, la zona cambió. Los terrenos fueron expropiados en 1900. Y en 1934 se empezó a construir el gran edificio que en su origen era para las entonces dispersas oficinas del Ministerio de Obras Públicas. Se lo inauguró en septiembre de 1936, a pesar de que ya estaba en ejecución el trazado de la 9 de Julio. Eso le otorgó al edificio que desde 2011 lleva la imagen de Evita una exclusividad: es el único de la Ciudad con domicilio sobre la ancha avenida.
En la actualidad, el nombre Aroma es para un pasaje que está en la zona de Flores Sur. Y de la cercanía de la plaza de toros sólo quedó el recuerdo de unos pocos. Lo mismo que ocurrió con otra plaza de toros porteña que reemplazó a la del barrio de Monserrat. Fue la que se construyó en Retiro en 1800 y se mantuvo hasta 1819. Pero esa es otra historia.

Fuente: clarín.com

EL MUSE DE ARTE DE TIGRE
FESTEJA SUS 100 AÑOS CON MUESTRA Y LIBRO


Estilo francés. El centenario edificio, en Paseo Victorica 950, Tigre.

Por Julia Villaro

Si las paredes del MAT hablaran contarían la historia de un edificio muy particular. Tuvo a Caruso, Lola Mora, Leopoldo Lugones y Rubén Darío entre sus visitantes, cuando a comienzos del 1900 era el Club Social de la alcurnia porteña. Pero pasaron los años de la Belle Epoque y el lugar fue abandonado. En el 2006 el edificio reabrió sus puertas como Museo de Artes Plásticas y en el 2012 comenzaron –y siguen en estos días – los festejos por su centenario. Cómo hacer para respetar el pomposo pasado sin que su recuerdo le haga sombra al museo pudo haber sido un desafío, pero el MAT cuenta con un muy feliz presente: muestras temporarias nacionales e internacionales, algunas pequeñas perlas en su colección de pintura y por sobre todo, identidad propia. De cómo transformar el desafío en meta alcanzada y de las celebraciones por el aniversario habla Diana Saiegh, su directora.
–¿Cómo fue que los festejos por el centenario del edificio del Museo devinieron libro y exposición?
–Este es nuestro tercer libro. El primero es un catálogo de la colección. Nos parecía importante empezar a hacer muestras temporarias de fotografía y con las primeras cuatro hicimos el segundo. Este tercer libro tenía que circunscribirse a la historia del edificio, paradigmático por su valor arquitectónico y patrimonial. Un edificio es un hecho fundante y en este caso traía de por sí incluida la historia de quienes lo habían proyectado, Pater y Dubois, pero nos fuimos dando cuenta de que la mano era de Pater. Nos encontramos con un conjunto de acuarelas suyas, una más linda que la otra, de las cuales un par forman parte de nuestra colección. Y cuando uno como gestor cultural se encuentra material tan valioso es una falta de responsabilidad no hacer algo: pedimos una sala al Museo Fernández Blanco para exponer las acuarelas, convocamos a Néstor Otero para que cure la muestra, quien sugirió llamar la muestra Del Tigre a Libertad, porque Pater se permitió la libertad de experimentar todos los estilos arquitectónicos. Para nosotros el festejo son el libro, lo que va a quedar, y la muestra, una forma de llevar el Tigre a Buenos Aires.
–¿Cuáles son los recursos para atraer un público que debe desplazarse para visitarlos?
–Sentimentalmente la gente viene y disfruta mucho del valor patrimonial del edificio. Más que nada el edificio te transporta a otra forma de vivir, porque hoy se pueden hacer clubes con mucho confort pero nunca con este tipo de lujo. Creo que acá lo que la gente no espera es que es tan valiosa la visita al edificio como la vista de las exposiciones: la gente viene a disfrutar por partida doble. A eso le hemos agregado las muestras temporarias, que funcionan como gancho para atraer al público. Nuestro desafío es que la gente vuelva. Hemos transformado las inauguraciones de las muestras temporarias en un evento festivo. Se hacen los sábados al mediodía entonces la gente viene en plan familiar. Ya se instaló: si hay inauguración en el MAT, el sábado el programa es ir a Tigre.

Un edificio esplendoroso

Ese edificio esplendoroso, ubicado a la vera del río Luján, donde funciona actualmente el Museo de Arte del Tigre (MAT), fue construido en 1902, para albergar al Tigre Club. Diseñado por el arquitecto francés Pablo Pater – talentoso, aventurero, casado con una argentina y autor, también, del Palacio Ortiz Basualdo, actual sede de la Embajada de Francia–, el club funcionaba como una dupla explosiva junto al Tigre Hotel que se encontraba al lado: juntos ofrecían, a principios del s. XX, un espacio de encuentro social y deportivo para los habitantes de Buenos Aires. Imaginemos: Mar del Plata todavía no se había establecido como lugar favorito de veraneo, por lo que era el Tigre la zona de recreación de la clase alta porteña (la llegada del tren ayudó a eso). Todavía se lo puede ver bello, intacto, al edificio, típico exponente de la arquitectura académica que se enseñaba en esa época en Paris. Estilo afrancesado y ecléctico, planta compacta, fachada simétrica, y galerías y terrazas para realizar actividades al aire libre. Esta es la construcción que acaba de cumplir cien años. Y el MAT lo festeja con una “Exposición homenaje al arquitecto francés Pablo Pater” –acuarelas y dibujos que se pueden ver en el Museo de Arte Hispanoamericano Isaac Fernández Blanco–, y la publicación de un interesante libro, “Mat, 1902- 1912”. ¡A soplar velitas, MAT, que no hay por acá muchos edificios de época y en pie!

Fuente: clarin.com


CÉSAR PELLI,
CANDIDATO AL "NOBEL" DE LA ARQUITECTURA


Prestigioso. El tucumano César Pelli, multipremiado. / g.rodriguez adami
El arquitecto tucumano César Pelli fue oficialmente presentado como candidato al Premio Pritzker 2013. Esta candidatura, el virtual “Nobel” de Arquitectura, fue presentada por la fundación Konex en noviembre del año pasado tras la obtención, en ese mismo mes, del Konex de Brillante a las Artes Visuales de la década (2002-2011), una distinción que por primera vez recibe un arquitecto.
Entre las figuras de la arquitectura mundial que recibieron el galardón máximo en la disciplina están el canadiense Frank Gehry (1989); el portugués Alvaro Siza (1992); el nipón Tadao Ando (1995); el británico Norman Foster (1999); el holandés Rem Koolhaas (2000); la angloiraquí Zaha Hadid (200) y el francés Jean Nouvel (2008).
Entre los arquitectos latinoamericanos ganadores del Pritzker se cuenta el recientemente fallecido Osca Niemeyer, quien fue en 2002 Premio Konex Mercosur a las Artes Visuales por Brasil.
Sin embargo, ya en 1988 había obtenido el máximo premio mundial a la excelencia arquitectónica.
Paulo Mendes da Rocha, también brasileño, obtuvo el suyo en 2006. Si Pelli ganara, sería el primer arquitecto argentino en obtener el galardón. Y el cuarto de América latina, considerando al mexicano Luis Barragán, quien se alzó con el Pritzker en 1980.
La lista de obras del arquitecto graduado en la Universidad Nacional de Tucumán en 1950 es extensa. Entre sus principales trabajos se cuenta el World Financial Center, en Nueva York; el Two International Finance Centre, en Hong Kong; la Torre de Cristal, de Madrid o las torres Repsol-YPF y Bankboston, en Buenos Aires. Su obra más famosa tiene lugar en Kuala Lumpur, capital de Malasia, donde erigió las Torres Petronas, el conjunto edilicio más alto del mundo hasta el año 2003. El último ganador del Pritzker fue el chino Wang Shu. Su sucesor se conocerá hacia fines de febrero.


Fuente: clarin.com

UNA ARGENTINA EN MÁRMOL DE CARRARA

“Canterina”, una obra de Mariela Martín, la artista tucumana “por adopción”, fue declarada Patrimonio de Toscana, Italia.

Por Jesús Rodríguez

“Canterina” es una escultura en mármol de Carrara que representa a la lluvia y la tierra. Fue concebida por la escultora argentina Mariela Martin, en el Studio di Scultura d’ arte in marmo e piedre, ubicado en Querceta Luca, en la Versalia italiana, entre Carrara y Pietrasanta. Esta obra, que mide 50 x 28 x 22 centímetros, fue declarada Patrimonio de la Región Toscana.
Mariela Martin nació en Santa Fe hace 46 años aunque se considera “tucumana por adopción”. En 2000 se volcó al arte. Doce años después, cumplió el objetivo de perfeccionar su estilo con Giorgio Angeli, dueño del Studio di Scultura, y del Museo a Cielo Abierto y Subterráneo que la gente puede visitar en Querceta Luca.
–¿Qué significa Canterina?
–En La Toscana, Italia, la lluvia representa a la mujer. Y en América, la tierra, a la Pachamama. “Canterina” es una mujer que muta dando lugar al agua que cae sobre la oquedad de la tierra que espera ser humedecida para continuar con el ciclo de la vida. Son dos poderosas fuerzas que se enlazan en maternal gestación.
–¿Desde cuándo está ligada a la plástica?
–Desde niña. Con mis abuelos maternos, en el Chaco, siempre tuve un espacio para desarrollar mi creatividad. A los 12 años, cuando comencé a estudiar en la secundaria en Buenos Aires, y las estudiaba en el libro de Ibáñez. Ahí supe que el arte era lo mío.
–¿Ahí se decidió por el arte?
–No. Soy la mayor de cinco hermanos. Ni se me ocurrió decirles a mis padres que quería ser artista. Me recibí de Licenciada en Publicidad, e hice en España una maestría en Comunicaciones Audiovisuales. Ya en la adultez, tomé la decisión, con el apoyo de mi esposo. En 2003 ingreso a la Escuelas de Bellas Artes de la Universidad Nacional de Tucumán, donde obtengo el título de licenciada Técnica en Escultura. Tuve de maestro al escultor de escultores Francisco “Pancho” Fernández, y metalistería estudié con el profesor José Carrizo. En el 2010, me inicio en la pintura de caballete con el prestigioso pintor tucumano Carlos Ignacio Legorburu Lanatti. Además, la escultora Norma D’Ippolito, me guía hacia el prestigioso maestro Orio Dal Porto, quien me acepta en su taller para enseñarme el oficio y fue quien me aconsejó que disponga de unos meses para viajar a Italia, al Studio di Scultura d’ arte in  marmo e piedre, donde adquirí la experiencia del destacado Giorgio Angeli y el maestro Kan Yasuda, con quienes entablamos una muy buena amistad. 
–¿Alguna herramienta nueva?
–En Italia, en una fábrica de martillos neumáticos, le pregunté al dueño qué herramientas nuevas había y  me dijo: “¿Nuevo? Nuevo es lo que hacen los escultores con estas herramientas”. Me sorprendió, cuando fui a estudiar a Gian Lorenzo Bernini en el Palazzo Borghese en Roma, saber que para restaurar a Apolo y Dafne, los investigadores y restauradores tuvieron que descubrir las herramientas que utilizó el artista en el 1600 y replicarlas para poder hacer su trabajo. ¡Genios!
–¿Cuál es su relación con Lola Mora?
–Cuando niña, solía ir desde Corrientes y Callao, donde vivía, con una amiguita a andar en bicicleta hasta la Costanera Sur para maravillarme con la Fuente de las Nereidas. Siempre me preguntaba por qué estaba allí tan sucia y olvidada. Con el tiempo se la redescubrió y se le dio el valor que tiene. En mi primera clase con el Maestro Orio Dal Porto le pregunté qué tarea me daba para cuando estuviera en Tucumán, y me dijo: “vos tenés suerte, de allí es Lola Mora”. Me empapé con toda su trayectoria. En Roma, mi esposo Andrés me llevó a una casona donde se dice, vivió Lola Mora. Fue una alegría enterarme de este dato.
–¿Sigue la línea de esta prestigiosa escultora?
–Comparto con ella la pasión por el mármol, el gusto por el movimiento, el placer por las luces y las sombras. Mi línea de trabajo no tiene nada que ver con su línea. Soy hija de mi época. El mundo cambió y me preocupan los monumentos que permiten interactuar, permanecer y disfrutar al hombre de hoy, aportándole tranquilidad, belleza y calidad de vida.

Fuente: Revista Ñ Clarín

UNA ATMÓSFERA DE FIN DE SIGLO

El Museo Castagnino de Rosario celebra sus 75 años con una muestra que recorre en 150 obras varias colecciones de arte argentino y europeo.

Hay obras que cuesta olvidar. Permanecen intactas en la retina porque son simbólicamente potentes, bellas. Eso es lo que uno siente ante “La madre muerta” de Leo Putz, una pintura de gran formato de la secesión vienesa con tema melodramático característico de fin de siglo XIX. La figura muerta envuelta en luz gélida y la tensión dramática de la escena recuerdan al hijo muerto de “El primer duelo” (1888), de William Adolphe Bouguereau, ese deslumbrante óleo del MNBA. Muy cerca está “La cuna vacía”, una joyita de Vincenzo Irolli. Esas son algunas de las 150 obras que integran Entresiglos. El impulso cosmopolita en Rosario , la muestra con la que el Museo Municipal de Bellas Artes Juan B. Castagnino de Rosario viene a celebrar su 75° aniversario.
Con curaduría de Laura Malosetti Costa, María de la Paz López Carvajal y Pablo Montini, la exposición presenta una nueva mirada sobre las colecciones de arte europeo y argentino del siglo XIX en el Museo Castagnino. Se exhiben también piezas de la colección del Museo Histórico Provincial Dr. Julio Marc. Hay obras de diferentes escuelas europeas del siglo XIX y pinturas de artistas argentinos y maestros rosarinos de fines de siglo XIX y principios del siglo XX, y una selección de la sección de Bellas Artes de la Exposición Provincial de Rosario de 1888 con eje en la industria.
Hay trabajos, entre otros, de Leo Putz, Joaquín Sorolla, Giovanni Fattori, Edoardo de Martino, Francesco Michetti, Camille Pisarro, Jules Dupré, Eugene Boudin, Alfred Sisley, Eduardo Sívori, Eduardo Schiaffino y Salvador Zaino. Hubo un gran trabajo de restauro y puesta en valor del patrimonio del museo: Rosario tiene una colección del siglo XIX que es un auténtico tesoro y que hasta ahora había estado escondido. Muchas de las obras que ahora ocupan las salas del Museo Castagnino habían permanecido en depósito durante años. “Mostramos el clima de fin de siglo en Rosario. Siempre se sostuvo que era ‘una ciudad comercial, fenicia’. Pero Rosario fue una ciudad de inmigrantes europeos de diversas nacionalidades que trajeron la semilla de su cultura y la vocación que siempre me parece maravillosa de la persona que colecciona”, dice Laura Malosetti Costa.
Contrariamente a lo que se sostenía en la época y a la historiografía de Rosario, hubo una burguesía pujante que ocupó un rol central: impulsó y cultivó el arte no sólo para sí misma sino también donando obras a la ciudad. 

DE PASEO POR OTRO TIEMPO. Una espectadora de la muestra rosarina
DE PASEO POR OTRO TIEMPO. Una espectadora de la muestra rosarina.

“El coleccionista –señala Malosetti Costa– aparece muchas veces como un ser un poco egoísta, adulándose a sí mismo. Pero aquí está en primer plano la donación al espacio público, que es algo que hoy falta: creer que es bueno donar para que la gente pueda ver arte gratis y educarse”. ¿Cómo fue mutando este modelo de coleccionista en nuestras pampas? “La tendencia actual –dice la curadora de la muestra– es que el coleccionista en lugar de confiar en el Estado, funda su propio museo”. 
La muestra reúne obras de la colección Antonio Cafferata, la de Carlos Carlés, Lisandro de la Torre y Enrique Astengo. Además hay distintas zonas en las que se puso en diálogo pinturas de artistas europeos y argentinos, agrupadas por géneros que van desde retratos hasta paisajes. Son obras de la misma época que pertenecen al patrimonio del Museo Castagnino y que evidencian un lenguaje común y ponen en cuestión el mito de que aquí el arte siempre iba “atrasado” respecto a lo que ocurría en otros países. Conviven, por dar un ejemplo, marinas grises de Edoardo de Martino con un óleo de Martín Malharro y un pastel de Sisley. O un retrato de Antonio Ciseri, maestro de Juan Manuel Blanes y Angel Della Valle, entre muchos otros artistas argentinos que estudiaron en Florencia, con un bellísimo, tardío y desconocido autorretrato de Sívori y otro de Schiaffino. La sala de naturalezas muertas incluye una pintura sobre seda de Domingo Fontana, tío de Lucio Fontana, y obras de Ernesto de la Cárcova y artistas europeos.
Recorriendo las salas uno se encuentra con distintos estilos de coleccionistas. Cafferata puso el foco en objetos históricos. Impulsó las primeras iniciativas museísticas de la ciudad. Se expone una colección de costosas medallas que llevan las firmas de los más importantes grabadores franceses del siglo XIX. 

EDUARDO SCHIAFINO. "Desnudo",1888. Oleo sobre tela, 50x 58 cm.
EDUARDO SCHIAFFINO. "Desnudo",1888. Oleo sobre tela, 50x 58 cm.

Carlos Carlés fue una rara avis: un coleccionista que jamás compró una obra. Logró reunir entre 1897 y 1898, entre pinturas, grabados y dibujos, unas trescientas obras de pequeño formato de expositores del Salón de París. Desde su cargo de director de Correos de la Argentina (su secretario fue Rubén Darío), invitó a distintos artistas a enviar una obra para el correo y les regaló a cambio prestigiosas publicaciones. Hubo cartas de invitación para Sorolla, Renoir, Pellizza da Volpedo. Y la lista sigue. Muchos quizás aceptaron con la esperanza de ver convertida su obra en estampilla o postal. En 1898 Carlés renunció al correo para asumir como diputado nacional. Donó toda su colección al Museo Municipal de Bellas Artes de Rosario, su ciudad natal.
La de Astengo es la colección más importante de Rosario. Ecléctica, va desde el arte pompier de los salones pasando por la escuela de Barbizon hasta el impresionismo. Hombre de gran fortuna, su colección incluye, obras de Díaz de la Peña, Isabey, Sánchez Barbudo, entre muchas otras firmas. De la colección de Lisandro de la Torre, se exhibe por ejemplo, “Cosquín” de Eduardo Sívori, una vista de la ciudad con el hospital de tuberculosos.
La muestra nos pone frente al coleccionismo de entre siglos. Desde un coleccionista tradicional como Astengo hasta uno atípico como Carlés, creían que una nación moderna necesitaba del arte para progresar. No había otra alternativa. Tenían devoción por coleccionar, por disfrutar de las obras en soledad. Pero tenían también ese gran deseo de compartir. Se agradece.

Ficha
Entresiglos. El impulso cosmopolita en Rosario.
Lugar: Museo Municipal de Bellas Artes Juan B. Castagnino. Av. Pellegrini 2202. Rosario. Santa Fe.
Fecha: Hasta el 6 de junio
Horario: Jueves a domingos de 17 a 21. Desde el 15 de febrero Lunes a viernes ,15 a 21. Sábados y domingos 14a 20.
Entrada: $5; menores de 12, gratis.


Fuente: Revista Ñ Clarín